суббота, 31 декабря 2011 г.

Por amor al arte.



Por Verónica Pérez Konina
Yo nací en una familia de escritores, más bien de escritoras. Mi abuela por parte de padre, Carmen Lovelle, había escrito en 1961 una novela corta que se publicó en Lunes de Revolución. Se llamaba Diario de una mujer. Tuvo mucho éxito; mi abuela se hizo famosa de la noche a la mañana, por lo menos en Oriente, donde vivía. Incluso la llamaron desde La Habana y le propusieron que escribiera guiones de radio para una emisora. Pero mi abuela no se atrevió a dejar aquel pequeño pueblo cerca de Palma Soriano, Palmarito de Cauto, donde vivía. Hubiera tenido que cambiar completamente su vida. Ella era de origen gallego, y siempre había tenido los pies bien firmes sobre la tierra. Estaba casada, tenía cuatro hijos que seguían necesitando su atención, y ya en esa época tenía también varios nietos. No había podido hacer ninguna carrera universitaria, y a pesar de hablar bastante bien en inglés y haberse leído toda la literatura que estaba a su alcance, sólo había estudiado inglés y mecanografía y no tenía ningún diploma. Era una ama de casa, nunca había trabajado fuera del hogar, y creo por eso se quedó en su pueblo. Siguió escribiendo, pero no eran relatos de su vida, sino cuentos costumbristas, sobre guajiros, a los cuales conocía más bien de lejos. Influenciada por Samuel Feijóo, hizo un libro entero de relatos costumbristas. Sus padres habían sido dueños de tierras y bodegas, nunca trabajaron la tierra; se hicieron pobres con el paso del tiempo, pero nunca cultivaron ni un huerto. Cuando llegó a terminar aquel libro, ya nadie se acordaba de su novela en Lunes de Revolución, y a nadie le interesaban los relatos sobre guajiros ocurrentes y graciosos.
Mi madre, rusa, vivió más de 20 años en Cuba. Al volver a Rusia estuvo 10 años escribiendo un libro de memorias sobre su vida en Cuba, que tampoco llegó a terminar. Es por eso que mi padre decía, a veces con tristeza, que sus mujeres más cercanas eran escritoras, pero escritoras de un solo libro (yo misma había publicado un libro, Adolesciendo, a los 18 años, y luego durante más de 10 años no había vuelto a escribir nada en español). Por cierto, en el mismo concurso literario donde obtuve el primer lugar, mi abuela ganó una mención así que competí con mi propia abuela sin saberlo, y para colmo ¡le gané! Así de irreverente era yo de joven.
Como se puede ver, soy de una familia que aprecia mucho la literatura, una familia potencialmente literaria, por lo menos en su parte femenina. Lo de potencialmente lo digo porque muchas mujeres no llegan a ser escritoras, aunque podrían serlo, pues prefieren vivir la vida real a describirla, y en la vida de una mujer casada hay tantas preocupaciones y tantas cosas que hacer que no queda mucho espacio para escribir.
Pero a los 15 años yo no pensaba para nada en la vida matrimonial, creía más bien que no me casaría nunca. Sin embargo, la literatura me parecía lo más importante del mundo, más importante que la vida misma, porque la vida la conocía sólo a través de los libros y me pasaba todo el tiempo leyendo. La única profesión posible para mí en aquel entonces era la de escritora, pero nadie podía decirme qué debía hacer para llegar a serlo. Qué escribir y cómo —el cómo suele ser la parte más difícil. Así fue como empecé a escribir un diario donde apuntaba todo lo que me venía a la mente, sin preocuparme por el estilo ni por el contenido. Era algo que escribía sólo para mí misma. Años más tarde conservaba aún aquel cuaderno sin carátula y con varias fotos de novios que había tenido, flores disecadas (tal vez regaladas por ellos, ya no podía recordar esos detalles), poemas de Rilke, citas de Pasternak y de Marina Tsvetaieva. Casi todo lo que escribía allí eran relatos de cómo había conocido a algún muchacho de turno, todo muy romántico hasta el momento en que mi precipitado enamoramiento daba paso al más completo desencanto. Daba la impresión de que en aquel entonces estaba constantemente inmersa en un proceso continuo, primero de enamoramiento y luego, irremediablemente, de desencanto. Yo tuve la oportunidad de releer aquel diario años más tarde y no me explico cómo tenía tiempo además para ir a la universidad, estudiar, leer libros y comentar de paso mis impresiones.
Como futura escritora había decidido ingresar en la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana, creía que lo más importante era escribir algo, no importa qué, y así ir perfeccionando poco a poco el oficio. Pero muy pronto comprendí que aquello que nos enseñaban en la universidad no tenía nada que ver con la literatura —ni con la vida en general. Recuerdo que cuando estaba en el primer curso, el único primer curso que había en la Facultad de Periodismo, leí una entrevista en un periódico muy importante (nada menos que en el Granma) con un estudiante que supuestamente debería estudiar con nosotros, pero que nunca estudió en él (aparecían su nombre y apellidos). Era un estudiante inventado, que nunca estudió en nuestro grupo (que era el único que existía en la facultad). O sea, era una entrevista inventada, completamente falsa. Aquello era una prueba más que suficiente de la veracidad de nuestro periodismo.
Con el tiempo descubrí que mis estudios me habían provocado una fuerte alergia hacia cualquier prensa escrita, que hasta el día de hoy no he podido superar. Soy incapaz de leer un periódico, en cualquier idioma, de cualquier país, sin sentir que me están engañando de la forma más vil. A veces puedo leer algún periódico viejo, que ya no importa si es veraz o no, porque forma parte de una versión de los sucesos pasados que puede catalogarse como un fenómeno literario. Y en la literatura, a diferencia del la prensa, la ficción sí está permitida.
Escribir me parecía tan importante que seguí buscando cómo aprender a hacerlo. Creo que mi primer matrimonio fue parte de aquella búsqueda. Desde entonces aprendí a mirar todo lo que me sucedía como material para escribir un cuento o una novela y empecé a observar mi propia vida como desde fuera. Esto le quitaba y le sigue quitando intensidad a lo que me sucede, pero también me ayuda a distanciarme de los sufrimientos; cuando me pongo a pensar en cómo describir un momento desagradable al mismo tiempo que lo estoy viviendo ya lo vivo a medias, como desde fuera.
En aquella época había muchos talleres literarios, en cada municipio, en la Universidad, en cada pueblo. La mayoría de quienes asistían a los talleres eran hombres, recuerdo que durante mucho tiempo fui la única mujer que escribía prosa en mi taller municipal. La poesía era más popular entre las mujeres, pero aún así había muy pocas mujeres escritoras. Precisamente por eso, el taller me parecía el lugar ideal para conocer al “hombre de mi vida”, ese ser atractivo, joven, alto y escritor, por supuesto. Primero había conocido a Raúl, que era muy abierto y simpático, pero al poco tiempo descubrí que toda su intelectualidad radicaba en unas gafas doradas “montadas al aire” que llevaba siempre. Estas gafas estaban tan de moda por aquel entonces que las llevaban incluso quienes no tenían problemas de la vista. Usar gafas y tomar té en la famosa “Casa del té” que estaba enfrente de la Facultad de Periodismo, era la receta universal para hacerse pasar por intelectual. Raúl era precisamente de ese club; no sé, por cierto, si tomaba té o no, nunca me lo dijo, pero me confesó que nunca en su vida había leído una novela, le parecían todas demasiado largas y aburridas. Fue así como perdí todo mi interés por él. El hecho de no haberse leído nada más largo de diez páginas no le impedía escribir versos, muy románticos, puro almíbar, y estudiar una carrera universitaria (creo que algo técnico).
En general, en esa época había una cantidad enorme de gente que escribía, lo que escaseaban eran los lectores, o los oyentes, si se trataba de las lecturas en los talleres de turno.
Casi nadie estaba dispuesto a escuchar algo tan largo como un cuento; la poesía, en ese sentido, llevaba ventaja porque era siempre más corta. Raúl tampoco estaba dispuesto a convertirse en la víctima de mis experimentos literarios, y decidió presentarme a su amigo, que a diferencia de él, sí era capaz de leerse mis cuentos (y eso que escribo cuentos bastante cortos, casi nunca sobrepasan las 10 páginas), y había leído algunos libros. Conocía la obra completa de Martí, y eso provocó mi curiosidad. Se llamaba Vladimir, y bastó que me recitara de memoria algunos versos de nuestro poeta nacional para que se ganara mi simpatía. Era muy moreno y callado, y tenía un aire sombrío y serio, así que me parecía tener a mi lado a un verdadero hombre. Su silencio misterioso produjo en mí el mismo efecto embelesador que antes habían producido las gafas de Raúl. Creo que en general permanecer callado es la mejor táctica de un hombre, aunque muchos de mis coterráneos piensen justamente lo contrario. Estaba enamorada, sin duda, pero mi amor puramente espiritual, literario. Nos veíamos una vez a la semana, en el taller, y me parecía tan superior intelectualmente y tan distante, que no me atrevía a hablarle, así que decidí escribirle cartas. Me parecía la forma más adecuada de dialogar entre dos personas dedicadas a la literatura, y tenía además el ejemplo de tantas mujeres famosas que escribieron cartas a sus enamorados (para no ir muy lejos, las cartas de Tsvetaieva a Pasternak). A pesar de no haber tenido respuesta a ninguna de mis misivas, escribí más de diez. Me inspiraba el Diario de amor de la Avellaneda, que le había escrito cientos de cartas a un hombre que nunca la había amado y, para colmo, se había casado con otra. Me parecía demasiado atrevido entregarle estas cartas personalmente, además, alguien podía darse cuenta, así que se las enviaba por correo. Eran muy largas, estaban llenas de citas, poemas ajenos, ideas que había sacado de algún libro, eran como un suplemento postal de mi diario. Vladimir nunca me las devolvió, y es una lástima porque sería divertido leerlas ahora. Sólo sé que las había recibido y las había leído, nada más. Nunca me hizo ningún comentario sobre ellas.
Como no lograba que Vladimir me contestara, decidí invitarlo a mi casa. No hay nada mejor para conocer a una persona que visitar el lugar donde vive, y el cuarto donde yo vivía era bastante original. Tenía bueno libros, muchos discos y otras cosas que podían interesarle (en mi opinión). En una de las paredes de mi habitación estaba escrito a mano un poema de un poeta cubano caído en desgracia, y aquello me parecía el mayor atrevimiento del mundo. Era un poema bastante provocativo. Además, las iniciales de ese poeta eran HP, lo cual le daba a todo aquello un aire de doble sentido. Se trataba del poema de Heberto Padilla “Di la verdad.”
Siempre había pensado que aquel silencio de Vladimir escondía verdaderas revelaciones, y sólo esperaba el momento de hacerlo hablar. Pero lo primero que noté cuando entró era que no le había gustado para nada ni el cuarto, típico para una muchacha de 17 años educada dentro de la cultura hippie, ni el poema, firmado por HP. Tal vez era contrario al hábito de escribir en las paredes, conozco a muchas personas que lo son, pero yo siempre había creído que uno puede disponer al menos de las paredes de su propio cuarto (o de su celda, en caso extremo) para plasmar sus talentos de diseñador o de literato).
En fin, su severidad no disminuyó en lo más mínimo, y me dijo que tenía prisa y debía irse pronto. Empecé a contarle de los libros que me parecían más interesantes en mi biblioteca, quería prestarle algo para luego poder intercambiar opiniones, pero esto no provocó en Vladimir el más mínimo interés: seguía igual de sombrío y huraño. Sólo rompió el silencio para decirme que tenía una novia, sin que viniera al caso. Mantenían relaciones desde hacía años, lo cual me pareció magnífico, pero no entendí qué tenía que ver la novia con todo aquello. Callé por unos instantes, y sin ninguna relación lógica con la información que acababa de darme, Vladimir intentó abrazarme y besarme. Eso me asombró más todavía, pues contradecía completamente lo que había dicho sobre la novia. Yo lo había invitado a mi casa sin ninguna otra intención que hablar de literatura, y sin darme cuanta (ingenuidad de los 17 años) de que él podía verlo todo de otra manera. No entraba en mis planes tener una relación con un hombre que ni siquiera era capaz de hablar conmigo de nada serio, así que lo rechacé decididamente. Vladimir intentó un par de veces más abrazarme, parece que él no podía tampoco creerse que lo hubieran invitado simplemente para hablar de literatura, y era lo que menos estaba dispuesto a hacer, por lo visto. Por fin, cuando quedó claro que podía contar sólo con un vaso de té y algún libro para llevarse prestado, se ofendió muchísimo y se marchó sin despedirse.
Desde aquel día dejé de ir a aquel taller donde lo había conocido; me sentía avergonzada, como una tonta, (¡y en realidad lo era!) pero no me sentía culpable de lo que había pasado. Lo más curioso es que cuando vi por casualidad a Raúl y a Vladimir en el Festival de Cine Latinoamericano (estaban haciendo la cola para comprar las entradas) no quisieron ni saludarme ni comprarme una entrada. En el fondo creo que su amor por la literatura no era verdadero, a diferencia del mío.

понедельник, 19 декабря 2011 г.

Receta fácil de ponche navideño de naranjas.



Ingredientes: 8 tazas de jugo de naranja,  8 tazas de jugo de toronja,  1 litro de ron blanco,  3 naranjas cortadas en rodajas finas y que estén maduras.

Preparación: En un recipiente grande, adecuado para preparar bebidas, mezclamos los jugos  y el ron. Colocamos nuestra mezcla en la nevera para que enfríe,  durante al menos dos horas. Para servirla, colocamos en una ponchera con un bloque de hielo, rodajas de naranja y vasos de ponche. 

Villancico para pedir posada (o Cantos para pedir posada) Canción de Navidad



Los Peregrinos…
En el nombre del cielo,
yo os pido posada,
pues no puede andar,
mi esposa amada.

Los Hosteleros… 
Aquí no es mesón,
sigan adelante,
no les puedo abrir,
no vaya a ser un tunante.

Los Peregrinos…
No sean inhumanos
Dennos caridad
Que el dios de los cielos
Se lo premiará

Los Hosteleros… 
Ya se pueden ir,
y no molestar
Porque si me enfado
Los voy a apalear

Los Peregrinos…
Venimos rendidos
Desde Nazaret
Yo soy carpintero
De nombre José

Los Hosteleros… 
No me importa el nombre
Déjenme dormir
Pues yo ya les digo
Que no hemos de abrir

Los Peregrinos…
Posada le pido,
amado casero,
pues madre va a ser,
la reina del cielo

Los Hosteleros… 
Pues si es una reina,
quien lo solicita,
¿cómo es que de noche
anda tan solita?

Los Peregrinos…
Mi esposa es María
Reina del cielo
Y madre va a ser
Del divino verbo

Los Hosteleros… 
Eres tú José
Tu esposa es María
Entren peregrinos
No los conocía

Los Peregrinos…
Dios pague señores
Nuestra caridad
Y os colme el cielo
De felicidad

TODOS…
Dichosa la casa
Que abriga este día
A la virgen pura
La hermosa María.
Entren Santos Peregrinos,
Reciban este rincón,
que aunque es pobre la morada,
os la doy de corazón.

воскресенье, 18 декабря 2011 г.

Las posadas navideñas en México.




Las posadas navideñas son una celebración tradicional de México, recordando la búsqueda de posada por parde de José y María en Belén, que nacen de la fusión entre las constumbres indígenas con las de los misioneros cristianos, que buscaron ir reemplazando gradualmente las creencias y ritos de la zona con elementos propios del catolicismo.

En México, en diciembre se celebraba el nacimiento del dios Huizilopochtli, y se aprovecho esta tradición para inculcar el cristianismo: Fray Diego de Soria del convento de San Agustín de Acolman, se consiguió un permiso papal para celebrar las "misas de aguinaldo", 9 misas (representando los meses de embarazo de María) que permitían ganarse la indulgencia plenaria si se cumplía con la asistencia a las misas, que se llevaban a cabo entre el 16 y 24 del mes de diciembre (por este motivo en México la cena del 24 es más importante que la del 25).

En estas misas tenían importante papel las imágenes de María y José, en recuerdo de su recorrido por Belén mientras buscaban una posada (de ahí el nombre de las "posadas navideñas"). Con el tiempo la tradición salió de las iglesias, y hoy en día se celebra con voluntarios que recorren el pueblo, de puerta en puerta solicitando posada, la que se debe negar un par de veces hasta llegar al lugar de "hospedaje" donde se celebra su llegada con los tradicionales villancicos.

Una de las tradiciones relacionadas con las posadas está el rompimiento de la piñata, que simboliza eliminar el mal que se encuentra dentro del hombre; las puntas de la piñata representan los pecados capitales, y el estar vendado representa la fe. Otros elementos de la celebración de las posadas son las velas, las frutas, las luces, el ponche y la cena.





Las posadas navideñas en México.




Las posadas navideñas son una celebración tradicional de México, recordando la búsqueda de posada por parde de José y María en Belén, que nacen de la fusión entre las constumbres indígenas con las de los misioneros cristianos, que buscaron ir reemplazando gradualmente las creencias y ritos de la zona con elementos propios del catolicismo.

En México, en diciembre se celebraba el nacimiento del dios Huizilopochtli, y se aprovecho esta tradición para inculcar el cristianismo: Fray Diego de Soria del convento de San Agustín de Acolman, se consiguió un permiso papal para celebrar las "misas de aguinaldo", 9 misas (representando los meses de embarazo de María) que permitían ganarse la indulgencia plenaria si se cumplía con la asistencia a las misas, que se llevaban a cabo entre el 16 y 24 del mes de diciembre (por este motivo en México la cena del 24 es más importante que la del 25).

En estas misas tenían importante papel las imágenes de María y José, en recuerdo de su recorrido por Belén mientras buscaban una posada (de ahí el nombre de las "posadas navideñas"). Con el tiempo la tradición salió de las iglesias, y hoy en día se celebra con voluntarios que recorren el pueblo, de puerta en puerta solicitando posada, la que se debe negar un par de veces hasta llegar al lugar de "hospedaje" donde se celebra su llegada con los tradicionales villancicos.

Una de las tradiciones relacionadas con las posadas está el rompimiento de la piñata, que simboliza eliminar el mal que se encuentra dentro del hombre; las puntas de la piñata representan los pecados capitales, y el estar vendado representa la fe. Otros elementos de la celebración de las posadas son las velas, las frutas, las luces, el ponche y la cena.





Las posadas navideñas en México.




Las posadas navideñas son una celebración tradicional de México, recordando la búsqueda de posada por parde de José y María en Belén, que nacen de la fusión entre las constumbres indígenas con las de los misioneros cristianos, que buscaron ir reemplazando gradualmente las creencias y ritos de la zona con elementos propios del catolicismo.

En México, en diciembre se celebraba el nacimiento del dios Huizilopochtli, y se aprovecho esta tradición para inculcar el cristianismo: Fray Diego de Soria del convento de San Agustín de Acolman, se consiguió un permiso papal para celebrar las "misas de aguinaldo", 9 misas (representando los meses de embarazo de María) que permitían ganarse la indulgencia plenaria si se cumplía con la asistencia a las misas, que se llevaban a cabo entre el 16 y 24 del mes de diciembre (por este motivo en México la cena del 24 es más importante que la del 25).

En estas misas tenían importante papel las imágenes de María y José, en recuerdo de su recorrido por Belén mientras buscaban una posada (de ahí el nombre de las "posadas navideñas"). Con el tiempo la tradición salió de las iglesias, y hoy en día se celebra con voluntarios que recorren el pueblo, de puerta en puerta solicitando posada, la que se debe negar un par de veces hasta llegar al lugar de "hospedaje" donde se celebra su llegada con los tradicionales villancicos.

Una de las tradiciones relacionadas con las posadas está el rompimiento de la piñata, que simboliza eliminar el mal que se encuentra dentro del hombre; las puntas de la piñata representan los pecados capitales, y el estar vendado representa la fe. Otros elementos de la celebración de las posadas son las velas, las frutas, las luces, el ponche y la cena.





Las posadas navideñas en México.




Las posadas navideñas son una celebración tradicional de México, recordando la búsqueda de posada por parde de José y María en Belén, que nacen de la fusión entre las constumbres indígenas con las de los misioneros cristianos, que buscaron ir reemplazando gradualmente las creencias y ritos de la zona con elementos propios del catolicismo.

En México, en diciembre se celebraba el nacimiento del dios Huizilopochtli, y se aprovecho esta tradición para inculcar el cristianismo: Fray Diego de Soria del convento de San Agustín de Acolman, se consiguió un permiso papal para celebrar las "misas de aguinaldo", 9 misas (representando los meses de embarazo de María) que permitían ganarse la indulgencia plenaria si se cumplía con la asistencia a las misas, que se llevaban a cabo entre el 16 y 24 del mes de diciembre (por este motivo en México la cena del 24 es más importante que la del 25).

En estas misas tenían importante papel las imágenes de María y José, en recuerdo de su recorrido por Belén mientras buscaban una posada (de ahí el nombre de las "posadas navideñas"). Con el tiempo la tradición salió de las iglesias, y hoy en día se celebra con voluntarios que recorren el pueblo, de puerta en puerta solicitando posada, la que se debe negar un par de veces hasta llegar al lugar de "hospedaje" donde se celebra su llegada con los tradicionales villancicos.

Una de las tradiciones relacionadas con las posadas está el rompimiento de la piñata, que simboliza eliminar el mal que se encuentra dentro del hombre; las puntas de la piñata representan los pecados capitales, y el estar vendado representa la fe. Otros elementos de la celebración de las posadas son las velas, las frutas, las luces, el ponche y la cena.





понедельник, 12 декабря 2011 г.

¡Un villancico de Juanes!


Con mi burrito sabanero
voy camino de Belén
Con mi burrito sabanero
voy camino de Belén
si me ven si me ven
voy camino de Belén
si me ven si me ven
voy camino de Belén

El lucerito mañanero
ilumina mi sendero
El lucerito mañanero
ilumina mi sendero
si me ven si me ven
voy camino de Belén
si me ven si me ven
voy camino de Belén

Con mi cuatrico voy cantando
mi burrito va trotando
con mi cuatrico voy cantando
mi burrito va trotando
si me ven si me ven
voy camino de Belén
si me ven si me ven
voy camino de Belén

Tuqui Tuqui Tuquituqui
Tuquituqui Tu qui Tu
Apúrate mi burrito
que ya vamos a llegar
Tuqui Tuqui Tuquituqui
Tuquituqui Tu qui Tu
apúrate mi burrito
vamos a ver a Jesús
(coro)

Mi villancico preferido.


De ésto nos privaron en mi niñez.

Navidad en Cuba.


Para todos mis alumnos y especialmente para Asya.
¡Feliz Navidad!

суббота, 10 декабря 2011 г.

Por unos pantalones vaqueros.


Yo no creo que un evento puede cambiar la vida. Puedo explicarlo. La gente prefiere cambiar el mundo, porque cambiarlo es más dificil. Por ejemplo, mi marido trabajo con Dima, un chico muy simpático y tiene un sólo problema. Dima pesa 150-160 kg. Dima quiere pesar menos pero él no hace nada que quiere. Desde hace  años Dima ha quierido hacer algo pero no es possible. Mejorar y reformarse es muy difícil aunque de eso dependa la salud.
Puede ser, hay muchos ocasiónes cuando la gente ha sido bienafortunada y ha cambiado sus vidas. (Yo no conozco  nadie personalmante pero eso no significa nada porque hay muchas cosas en el mundo que yo no conoceré nunca).
Yo soy realista y creo que si nosotros queremos los cambios en nuestors vidas tenemos que trabajar mucho. Pero toda la vida es un cambio. Cada día hay cambios. Un torrente de cambios que nosotros no controlamos.
¿Por qué se ha de temer a los cambios? Vivir es cambiar.
Mi historia de cambios es muy cándida. Hace treinta años un chico de buena família tomó una carrera. Él quería ser  marinero. Un carrera muy romántica para un chico de 15 años. Sus parientes están en contra. No, ¡con un padre  académico de química y una madre profesora de musica! La vida era una guerra. Los padres decían de los beneficios de  la education y los demostraban. Pero el chico era  terco. El tiempo pasó y los padres dejaron de combatir. La abuela que se había distraído con esa situación dijo: “Cariño, si fuera tú, me gustaría también ser  marinero. Sólo, ¡qué pena que no podrás llevar vaqueros durante tres años!” Esas palabras cambiaron la vida de ese hombre. La vida sin vaqueros, ¡qué horror!
Ahora ese chico es dueño de fábricas químicas y  millionario. Si su abuela no le hubiera dicho nada, todo habría resultado de otra forma.

 Irina Fomenko

Una pareja feliz.

Hace muchos años yo estudiaba en un Instituto. Eso fue en el segundo curso, mi amiga y yo recibimos una habitación en la residencia de estudiantes. Las dos éramos de Kazajstán, es posible por eso nos hicimos amigas rápidamente y quisimos vivir juntas. Yo esperaba mi pasaporte de mis padres. Su compañero fue a Moscú y tomó mi pasaporte. El era muy simpático y muy agradable, estaba haciendo el doctorado en la cátedra de mis padres. Para entregarme mi pasaporte él fue a nuestro apartamento. Mi amiga y el compañero de mis padres se conocieron. Mi amiga era muy simpática y agradable, me pienso que ellos se enamoraron enseguida, pero mi amiga durante cuatro años escondía la cabeza debajo de la almohada cuando él entraba a nuestro apartamento. Pero el muchacho era no sólo simpático sino también persistente y continuaba visitándonos. Por fin en el quinto curso tuvo lugar la boda. Yo era la amiga de la novia. Después de derrumbarse  la Unión Soviética cuando no había trabajo y calentaban los pisos con “burjuyki” nos encontramos en Moscú y mi amiga me dijo: “ ¡Si no hubiera sido por tu pasaporte yo no habría estado nunca con tu Amangeldy y en tu Temirtau!”. Ahora mismo ellos viven en Astana, tienen dos hijos y están muy felices. La semana pasada el amigo del novio llegó a Astana (él es gobernador de un distrito – “akim”) y dijo a ellos: “Vamos a llamar a María, nosotros debemos decir que buena  pareja hemos casado”.
Yo pienso: “Si no hubiera sido por mi pasaporte no habrían sido tan felices”.
 María Vinnik

Una historia que cambió la vida de Inés.


Esta historia pasó con Inés durante su vacaciones en América Latina. Inés y su amiga querían hacer un gran viaje, visitar muchos lugares famosos y no muy conocidos. En el ultimo momento la amiga de Inés no pudo ir. Ines tenía muchas ganas de dejar el viaje. Fue una decision muy difícil. Pero por fin decidió ir.
Durante este viaje Ines pasó mucho tiempo en los aviones y autobuses, visitó muchos lugares, encontró a mucha gente. Un día Inés llegó a un pequeño hotel en las montañas y allí recibió una nota de un chico desconocido de su ciudad quien había pasado el día anterior en este hotel. El le dio una descripcion de su viaje y ofreció verse después.
Dos días más tarde ellos se encontraron en la estación de autobuses en otro pueblo, porque tenían  billetes para el mismo autobus.
Al final ellos siguieron juntos, porque tienen los mismos intereses, gustos y ahora además planes.

Irina Korneva

Una historia que cambió la vida de mi abuela.

Voy a contar la historia de mi abuela que cambió su vida.
Como yo sé en los años soviéticos muchos estudiantes de países diferentes podían estudiar en las universidades de Moscú, San Petesburgo y otras ciudades sin problemas.
En aquel tiempo mi abuela vivía en San Petesburgo con sus padres.
Es que desde su infancia le gustaba mucho pintar, construir e imaginar algunas cosas.
En consecuencia le matriculó a la universidad técnica de construcción de barcos.
Ella es una persona muy abierta, alegre y toda su vida le gusta tener muchos amigos y también conocer a gente nuevo.
Y claro que tenía muchos amigos durante sus estudios en la universidad con quienes pasaba su tiempo libre.
Y como dije antes, en su universidad había muchos estudiantes extranjeros.
Entre ellos era un chico de la Chequia. No sé su nombre pero mi abuela me dijo que era muy guapo y alegre. Cuando ellos  se conocieron, fue un amor a primera vista. Y ellos empezaron a pasar el tiempo juntos después de los estudios.
En aquel tiempo era normal no estar juntos y por eso él le hizo la proposición de casarle. Ella  aceptó.
Pero estos años eran años soviéticos. Y los rusos que estuvieron en el partido no podían tener relaciones cercanas con  extranjeros, salir de país ni tampoco casarse con un extranjero.
Por eso mi abuela recibió una advertencia que si se casaba con este hombre sería excluida de la universidad.
Claro que no pudo hacer esto. Y mi abuela decidió a negarle su mano. Ellos se separaron.
Pronto cuando estaba pasando por la calle  conoció a un chico ruso y muy guapo. El tomó su teléfono y le pidió  una cita.
Dos semanas después llegó a casa de los padres de mi abuela y pidió a su mano.
Ellos se casaron. Este hombre es mi abuelo.
Nunca se sabe que podía haber ocurrido con mi vida si las cosas fueran de otro modo.
Ana Dolina

Una nueva vida de Anastasia.

Me gusta el cine y la vida de los actores con sus éxitos y cambios es muy interesante. Quería contar una historia sobre la vida de una actriz rusa popular. Se llama Anastasia Nemolyaeva. Su familia es muy famosa en el mundo del cine, y la más popular es su tía, Svetlana, que es una actriz del teatro.
En los 80, Anastasia se apareció en su primera película que la volvió famosa inmediatamente. Era una chica amable, alta y delgada, tenía el pelo largo y liso y los ojos azules. Luego hizo  otras películas, y su vida en el cine era bastante clara y felix. Pero los 90 cambiaron todo. No había dinero y los directores de cine no pudieron crear nuevas películas. Los actores no tenían ningunos papeles. Anastasia se había casado y tuvo una hija. Le daba pena que los directores no le ofrecieran nada en el cine. Pero la mujer era creativa y emprendedora. Anastasia decidió terminar su carrera y empezar una nueva actividad. Tenía un raro talento de reparar  muebles antiguos. Con mucho gusto y paciencia trabajaba sobre cada mesa o armario, y finalmente sus amigos le encargaban reparar sus muebles por  dinero. Anastasia hizo todo muy bien y su segunda profesión le daba un buen sueldo. Pero recientemente he visto Anastasia como actriz en algunas películas nuevas.Y como siempre ha sido estupende y atractiva. ¡Que tenga suerte! Creo que una persona tan imaginaria y creativa siempre podrá tener una actividad en la que conseguirá  éxito. Lo importante es no esperar que alguien te traiga todo en un plato. Es necesario cambiar y ajustarse a los cambios de la vida. Anastasia Nemolyaeva es un excelente ejemplo de eso.

Natalia Voziyanova

A veces no hacen falta palabras.


Mis amigos Alex y María se conocieron en la universidad. Estudiaron juntos hacía muchos años. Se comunicaban, pero no tenían amistad o una relación romántica. Después del final de los estudios se perdieron de  vista. María se fue a Suiza y se casó allí. Su marido era profesor de la universidad de Ginebra. Alex tenía la intención de hacer una carrera y consiguió éxito. El trabajaba en un banco grande y famoso. Su vida era tranquila, sin problemas. El conocía a mucha gente, salía con chicas diferentes, aprovechaba el tiempo divertidamente, viajaba mucho y no pensaba sobre tener familia, ni mujer, ni niños. Su vida le parecía buena. Sin embargo, a veces sentía aburrimiento, tenía mal humor, sentía  depresión. Alex no encontraba su amor y creía que era normal. El año pasado Alex fue al Museo Pushkin, donde estaba la exposición de Picasso. A Alex le había gustado Picasso siempre. La exposición fue maravillosa. Él disfrutó de los cuadros largamente, luego sintió alguna mirada. Como comprendisteis, esa era María. Después él la invitó a cenar. Charlaron mucho y no podían detenerse. María había vuelto a Moscú hacía dos años, su marido había muerto en un accidente de trafico. La vida le dio muchos golpes, pero María se quedó con su gran sentido del humor. Cuando hablaban, a Alex le parecía que María había estado en su vida siempre. Al final, él no pudo imaginar como viviría sin ella. Después de verse dos semanas Alex le regaló a María un anillo maravilloso con un diamante azul. Ella estaba emocionada y callada, pero a veces no hacen faltan palabras... Ahora tienen una nueva etapa de su vida. No tienen ningunos planes. Son felices solamente. A veces un encuentro puede cambiar la vida.
Olga S.

Los ojos hermosos.

Esta historia pasó en la infancia con mi tío, cuando tenía 7 años.
Una vez cuando sus padres llegaron después del trabajo y lo miraron  y no pudieron comprender lo que no andaba bien en él. Lo miraron mucho tiempo y comprendieron en resumen que el niño no tenía pestañas. Él se las cortó simplemente con unas tijeras. Claro que quisieron conocer porqué él lo había hecho. A esto mi tío dijo que cuando él estaba en la clase  no hizo  los deberes para ese día, y la maestra se acercó  a él y dijo: ¿piensas que las notas buenas para ti te las pondrán por tus ojos hermosos? Toda la clase se echó a reír, y  mi tío se había ofendido y  decidió que era por sus ojos hermosos  que no recibiría una nota buena.

Kholina Ksenia

пятница, 9 декабря 2011 г.

Un huésped del Cáucaso


Cuando era pequeño mis padres me enviaban todos los veranos al Cáucaso, donde me quedaba en casa de mi primo y su familia. Vivían allí y mi primo conocía todos los lugares interesantes de la región de Mineralnye Vody y me llevaba con él a hacer travesuras. Mi primo es sólo seis meses mayor que yo y nosotros siempre teníamos intereses recíprocos. Después de pasar un tiempo en el Cáucaso solíamos venir a Moscú y pasábamos el resto del verano aquí juntos.
Una vez estábamos caminando por el Jardín Botánico de Moscú con mi primo, mi madre y mi abuela. Recuerdo que mi abuela me pasaba la mano por la cabeza cuando  tocó algo extraño. Esta cosa crecía en mi cabeza. Todos comenzaron a estudiar lo que era. ¡Pronto se dieron cuenta de que la cosa tenía pequeñas patas! La cosa no se movía, pero mi madre y mi abuela estaban aterrorizadas porque entendían que ¡era una garrapata!
Rápidamente me llevaron al hospital para los niños. Allí los médicos miraron la garrapata y dijeron que estaba muerta. “Estos tipos de garrapatas” – dijeron – “no se encuentran  en la región de Moscú ni en Rusia Central”. Mi madre les dijo que los dos niños habían regresado del Cáucaso. Estaba claro  que la garrapata era del Cáucaso. Los dos mujeres se estuvieron aún más aterrorizadas cuando los médicos les dijeron que las garrapatas en el Cáucaso podían ser muy peligrosas. Causan una terrible enfermedad conocida como encefalitis.
Durante dos horas los médicos estuvieron operándome algo. Fue muy divertido porque yo no sentía dolor (ellos congelaron parte de mi cabeza), pero los días siguientes fueron muy nerviosos para mis padres porque estaban esperando el resultado del análisis del tipo de garrapata.
Todos estaban muy contentos cuando el análisis mostró que la garrapata no era peligrosa. Estaba claro que la garrapata se pegó a mí cuando estábamos caminando con mi primo en el bosque de montaña no muy lejos de la ciudad donde vivía mi primo. Yo tenía el pelo bastante largo y no noté nada hasta que mi abuela encontró la garrapata muerta en mi cabeza.
¡Yo era el héroe de aquel verano!

Eugenio Chernikov

четверг, 8 декабря 2011 г.

Las leyendas de Moscú.


Moscú... Esta palabra me inspira muchos recuerdos y pensamientos. Para cada uno es suyo y diferente.
Mi Moscú proviene de la infancia y vive en el distrito de Ostankino. Tuve la ocasión de vivir junto con mis abuelos la mayor parte de mi infancia allí.
Recuerdo que era una mañana de invierno muy fría y nevada. Estuvo  nevando mucho. La nieve  crujía bajo  nuestros pies. Sus copos cubrían  mi abrigo de pieles sin derretirse. Los caminos estaban desiertos y la nieve sobre ellos era blanca y brillante.
Yo no me estaba helando (de frío), llevaba válenki, gorra y abrigo de moutón, aunque hacía un frío que pela. Junto a mi estaba  mi abuelo. Era un señor de edad, de estatura alta, tenía el pelo  y la perilla canosos. Iba con un abrigo de color azúl oscuro con un cuello de caracul gris y llevaba papalina también de esta piel. Su vestimenta destacaba su increíble apostura y el porte militar.
Nosotros estábamos paseando. La ruta de nuestro paseo era habitual. Habíamos salido de casa en la calle Argunovskaya, estábamos paseando hasta la torre de  televisión. En el perímetro de la torre crecía el espino albar, habíamos cogido unas uvas, las habñiamos puesto en la boca y las estábamos masticando. Luego la ruta nos conducía  al estonque cerca del centro de televisión. Allí  dábamos a comer migajas de pan a los cisnes, a un cisne negro y a algunos blancos. Ellos estaban nadando de forma muy graciosa. Estábamos admirándolos algunos minutos y después continuábamos nuestro camino al parque de Dzerzhinski, que ahora se llama Ostankinski.

Durante nuestro camino mi abuelo me estuvo contando cuentos populares rusos y también  historias divertidas de su vida. Estábamos alegres y nos reímos mucho. En el parque hacíamos algunos rondas alrededor del estanque, dando a comer a los patos, cogiendo las plumas que estubian en la nieve. Yo tenia un sueño de recoger muchas plumas para hacer una almohada con mis propias manos. Después nosotros íbamos a un pabellón, donde yo podía jugar "Batalla de mar" en la máquina automática. Allí nuestro camino se terminaba y nosotros íbamos de vuelta a casa. Un poco helados y cansados nos habíamos parado junto al puesto con un letrero de "Buñuelos". La gente estaba comiendo buñuelos y tomando café bajo el cielo libre. Las mesas redondas y altas con solo una pata me parecían  gigantes. De puntillas, yo estaba rozando parte de arriba de la mesa. Mi abuelo había comprado buñuelos para nosotros. Los estábamos comiendo con apetito, tomando café "soviético". Era la comida mas sabrosa que había comido en mi vida. Después regresamos a casa, mi abuela nos recibió a nosotros en el umbral refunfuñando porque era peligroso  pasear largamente cuando hacía un  frío tan crudo. Ella nos sirvió té con confitura de casis.

Ha pasado mucho tiempo. Hasta ahora recuerdo el aroma del café "soviético" y el sabor de aquellos buñuelos. ¡Nunca he comido algo más rico en mi vida! Hace muchísimo tiempo de todo esto. Y los recuerdos de estos días felices los tengo muy frescos, como sí fuera ayer. Mi abuelo ya abandonó este mundo, lo mismo que los cisnes en el estanque. Las carreteras están llenas de coches y la nieve sobre está sucia. El quiosco de buñuelos  está en la misma esquina hasta ahora, y puedo comeros ahora también. ¡Pero no son tan sabrosos ya!