суббота, 28 марта 2015 г.

Una infancia en Ucrania


Al final de la primavera yo y mi hermano esperábamos muy con ansiedad el momento cuando podríamos subir en un tren para ir al pueblo a casa de mis abuelos y mis tíos.
Allí había animales domésticos,  cerdos, vacas, gallinas, patos, gansos y además aprendíamos a montar en bici, a nadar y también a cuidar a los animales.  Montábamos en  bici alrededor del pueblo, entre campos de trigo y de maíz, de remolacha  de azúcar. Recogíamos hierba o vegetales para dar de comer a los animales, especialmente para la vaca, que comía muchísimo, pero daba una leche muy sabrosa. Aprendí cómo hacer requesón, queso y mantequilla.
También había algunos huertos, donde cultivaban patatas, tomates, pepinos y otras verduras.
Allí el aíre era más limpio que en la ciudad y teníamos más libertad. Pescábamos casi cada día y en cualquier momento del día. Todo el tiempo jugábamos en la calle, volvíamos a casa solo para comer, o cuando pasaba algo insólito.
La abuela era muy buena y siempre cocinaba muy sabroso, y horneaba unos pastelillos muy ricos.
Mi tío me enseñaba muchas cosas, por ejemplo, como segar la hierba, conducir un autobús, un tren, una moto. Siempre respondía cuando tenía preguntas y me ayudaba. Pero nosotros éramos traviesos, y frecuentemente nos castigaban.
Cada fin del verano observábamos como las cosechadoras recogían la cosecha y la gente recogía el heno. Pero el final del verano también acercaba el tiempo cuando debíamos volver a la ciudad, a la escuela.
Ahora, cuando recuerdo ese tiempo, me pongo un poco triste, por que no puedo volverla pasado. Pero sin dudas esos momentos fueron los más felices de mi vida.


Mis vacaciones infantiles


Cuando era niña, en mi infancia, cada verano lo pasaba en la casa de mi abuela que estaba situada en el campo no lejos de Moscú. También allí descansaban conmigo durante dos meses mis primos Alex y Ana.
Nuestra abuela era muy amable y buena con nosotros, pero un día elaboró un régimen para mejorar nuestra educación, porque antes de su jubilación ella había trabajado en una escuela. ¡Fue una sorpresa!
Primero no le creímos y todo el día sentimos un choque porque habíamos llegado para descansar y divertirnos y no para vivir siguiendo un régimen y para cumplir sus órdenes.
Pero la abuela tenía un carácter firma y no pensaba cambiar su decisión. Nos dijo que nos deseaba lo mejor y que después de las vacaciones le estaríamos agradecidos por esa nueva experiencia que sería como una aventura.
En aquel momento no teníamos otra elección, por eso que aceptamos. Así empezaron nuestras vacaciones...
Todos los días nos levantábamos a las ocho de la mañana, desayunábamos pronto y después del desayuno debíamos trabajar un poco en el huerto y en el jardín ayudando a la abuela.
Para nuestra sorpresa,  estábamos muy contentos de que la abuela nos enseñara a reconocer las plantas y cómo cuidarlas. Ella nos aconsejaba que hiciéramos el trabajo bien y sin errores.
Sus consejos eran muy útiles. Nos alegrábamos de que todas las plantas crecieran rápidamente y de que la abuela se asombrara de nuestros éxitos.
Ese trabajo fue para mí una experiencia muy buena. Entonces vivía en Moscú y antes de aquellas vacaciones no sabía casi nada de las plantas, las frutas, las verduras ni de cómo cultivarlas y cuidarlas.
Trabajábamos hasta la hora de almuerzo y después de comer teníamos tiempo libre para los juegos y las diversiones. La abuela nos permitió que fuéramos al río con los muchachos vecinos. Allí cada día tomábamos el sol y nos bañábamos.
El tiempo pasaba rápidamente. Pero era necesario que volviéramos a casa a tiempo y no llegáramos tarde para la cena. Esa fue la condición del régimen, no llegar tarde. Si llegáramos tarde sin ninguna causa, la abuela se enfadaría. A nuestra abuela le gustaba el orden y nosotros lo sabíamos, la amábamos mucho y no queríamos disgustarla.
Al final del verano resultó que las vacaciones con el horario y los conocimientos nuevos resultaron muy interesantes.
Recuerdo bien aquellas vacaciones porque ahora aplico los consejos de mi abuela en mi propio jardín.

пятница, 13 марта 2015 г.

Cuando era pequeña...





Cuando era pequeña, cada año en verano visitaba la casa del campo de mis abuelos. Estaba en un lugar cerca de un bosque con pinos y un lago.
Mis abuelos tenían una huerta donde crecían verduras, frutas y flores diferentes. Cada día ayudaba a mis abuelos en la huerta. Me gustaba regar las plantas y recoger verduras y frutas.  
Tengo recuerdos del sabor de las bayas y  las verduras cuando las comía directamente de la huerta. Eran muy frescas y sabrosas. Me gustaban mucho las flores muy coloridas que había y sus olores que eran muy dulces y agradables.
Por las mañanas mi abuelo y yo íbamos en el bosque para recoger hongos. Me gustaba mucho cuando mi abuela cocinaba patatas fritas con hongos. Recuerdo el sabor y el aroma de esta comida tan sabrosa.
Recuerdo también los sonidos del bosque donde los pájaros cantaban de manera fascinante y añoro el lago donde nadábamos y donde reinaba la tranquilidad.
Tengo recuerdos buenos de las imágenes del bosque y del campo. Cuando era pequeña me parecía que ambos eran infinitos. Me gustaba pacear allí y viajar en bicicleta a otros pueblos para descubrir lugares nuevos. 

Yulia Bilan
 

пятница, 6 марта 2015 г.

Una verdadera joya




Mi padre era joyero y como era joven, en verdad estaba de aprendiz de joyero, pero en cuanto él me hizo yo estuve segura que un día mi padre sería el joyero más famoso del mundo. Pude decirlo sin falsa modestia – yo era su primera obra (porque antes de hacerme mi padre solo le ayudaba a su maestro), y ya era perfecta.
Mi madre... bueno, aquí es donde todo se vuelve un poco difícil. Es que cada joya necesita dos seres humanos para llegar a existir de verdad: uno que la crea y otro que la lleva puesta. Y yo, al principio, solo tenía padre, que me hizo de unas piezas de alambre cobrizo y de unos pedazos bonitos de cristal de color verde oscuro.
Cuando me vi a mi misma en el espejo por primera vez, estuve encantada. ¡Qué bella yo era! ¡Cómo brillaba en la luz de las lámparas! “¡Que le guste a ella!” mi padre exclamó, y yo entendí que habló de mi madre. ¡Yo tenía muchas ganas de conocerla! Esperaba cada día que mi padre me presentara a ella.
Al final, el día más importante de mi vida llegó. Mi padre me frotó con un tejido y me dijo que era muy hermosa. Después me colocó en un estuche muy estrecho, oscuro y mal ventilado. Era poco agradable pero yo no me ofendí; sabía que eso no era por mucho tiempo, que yo iba a conocer a mi bella madre muy pronto. De hecho, estaba tan ansiosa que me quedé dormida.
Yo me desperté cuando oí a mi padre decir, en una voz temblorosa, “¡Feliz cumpleaños! Eso es para ti. Lo he hecho yo mismo...”
¡Ay, gracias!” mi madre dijo. “Eres el aprendiz del joyero, ¿no?”
Ella abrió mi estuche y me miró. Era muy linda, con ojos oscuros y pelo rubio y largo. Mi madre me sacó del estuche y sonrió.
¡Qué bonita pulsera! ¿Son esmeraldas?” le preguntó a mi padre.
Yo me sentí muy orgullosa y brillé más fuerte.
No, simplemente son cristales de color”, mi padre respondió.
Ah”, mi madre suspiró – y desde luego me metió en mi estuche otra vez y lo puso sobre la mesa.
Como no cerró la tapa, yo podía respirar y ver un poco a mí alrededor. Pero no quería ver nada. Mi madre me abandonó – ni siquiera probó cómo le quedaba… Y mi padre probablemente se fue. Yo estaba totalmente sola en mi estuche oscuro en medio de cajones de varias colores y tamaños, una joya inútil y fea. Nunca me sentí tan desgraciada. Quizá mi padre y yo nos equivocábamos, y yo no era la pulsera más hermosa del mundo...
¡Qué bonita pulsera!” alguien dijo otra vez. No miré hacia arriba. Estaba segura que esa nueva chica quiso burlarse de mí.
Tómala para ti si quieres”, mi madre le dijo a ella. “No voy a ponérmela de todos modos”.
Pero yo la hice para...” mi padre comenzó. Al oír su voz me dieron ganas de llorar.
¿Tú la has hecho, tú mismo?” la chica exclamó y, sacándome del estuche, se acercó a mi padre. “¡Es genial!”
No son esmeraldas”, él le advirtió tristemente.
Pensé que la chica me iba a poner otra vez en la mesa, pero no lo hizo.
¿Y qué? Es una cosa muy hermosa”, ella dijo.
En ese momento me dio curiosidad, y miré hacia arriba.
La chica tenía los ojos tan verdes como mis cristales, y su pelo era de color cobre. Ella estaba sonriendo a mi padre. Al final, él le devolvió la sonrisa y le ayudó a sujetarme en su muñeca.
Entonces comprendí que ella era mi verdadera madre – ella, a quien no le importaba si yo era de esmeraldas o de cristales. Y a mí misma ya no me importaba si mi padre llegaba a ser un joyero famoso o no. Solo esperaba que me fuera a hacer muchos más hermanos y hermanas.
 Ekaterina Ryakhina

Una infancia feliz





Cuando era pequeña me gustaba visitar  la casa de verano de mis padres, un lugar situado en una zona verde. Tengo recuerdos buenos sobre mi infancia y este lugar. Yo recuerdo el sabor de las fresas que sembraban mis padres en la huerta, eran muy dulces y frescas, las comí en grandes cantidades en esa ápoca.
 No existía el problema de la contaminación, todas las frutas y verduras las cultivábamos nosotros mismos y las comíamos todo el año.
Tengo recuerdos de los olores – el olor de pincho moruno y de sauna. Cada tarde mis padres cocinaban pincho moruno y se bañaban en la sauna rusa. Mis abuelos, mis padres, yo y mis hermanos comíamos juntos y hablábamos de las noticias y de nuestras vidas. Después nos sentábamos al aire libre y escuchábamos el canto de los grillos, mirábamos el cielo estrellado y discutíamos de la vida en otros planetas. Mi hermano y yo nos imaginábamos que en otro planeta había una civilización diferente, donde ese mismo momento también la gente estaba sentada mirando el cielo.
En la noche mamá me acostaba a dormir, me cubría con la manta, me abrazaba y yo me dormía feliz. En la infancia no tuve ningún problema y fui feliz con mi mamá, la fresa, la sauna rusa y algún que otro pincho moruno.



Eugenia Tkacheva