понедельник, 25 июля 2011 г.

Mi primer libro, escrito a los 18 años, con el que gané el premio "David" a escritores inéditos.

"La isla portatil", un libro donde aparece mi ensayo "Moriré en París con aguacero".

POR AMOR AL ARTE




Yo nací en una familia de escritores, más bien de escritoras. Mi abuela por parte de padre, Carmen Lovelle, había escrito en 1961 una novela corta que se publicó en “Lunes de Revolución”, una revista muy famosa en esa época. La novela se  llamaba “Diario de una mujer”, creo. Tuvo mucho éxito,  mi abuela se hizo famosa de la noche a la mañana, por lo menos en la provincia Santiago de Cuba, donde vivía. Incluso la llamaron desde La Habana y le propusieron que escribiera guiones de radio para una emisora. Pero mi abuela  no se atrevió a dejar aquel pequeño pueblo cerca de Palma Soriano; Palmarito de Cauto, donde vivía. Hubiera tenido que cambiar completamente su vida. Ella era de origen gallego, y siempre había tenido los pies bien firmes sobre la tierra. Estaba casada, tenía cuatro hijos. Todos ya estaban grandes, pero  seguían necesitando de su atención, y ya en esa época tenía varios nietos. No había podido hacer ninguna carrera universitaria, y a pesar de hablar bastante bien en inglés y haberse leído toda la literatura que estaba a su alcance, sólo había estudiado hasta el bachillerato y no tenía ningún diploma. Era una ama de casa, nunca había trabajado fuera del hogar, y creo por eso se quedó en su pueblo. Siguió escribiendo, pero no eran relatos de su vida, sino cuentos costumbristas, sobre guajiros, a los cuales conocía más bien de lejos, influenciada por Manuel Feijoo. Sus padres habían sido  dueños de tierras y bodegas,  nunca trabajaron en la tierra, se hicieron pobres con el pasar del tiempo, pero nunca cultivaron ni una huerta. Cuando llegó a terminar aquel libro, ya nadie se acordaba de su novela en «Lunes de Revolución”, y a nadie le interesaban los relatos costumbristas.
Mi madre, rusa, vivió más de 20 años en Cuba. Al volver a Rusia, estuvo  10 años escribiendo un libro de memorias sobre su vida en Cuba, que tampoco llegó a terminar. Es por eso que mi padre decía a veces con tristeza que todas las mujeres más cercanas a él eran escritoras, pero escritoras de un solo libro (yo misma había publicado un libro, «Adolesciendo», a los 18 años, y luego durante más de 10 años no había vuelto a escribir nada en español, por cierto, gané un premio, el David, y mi abuela en ese mismo año ganó una mención, así que de cierto modo había competido con mi propia abuela sin saberlo.) Como se puede ver, soy de  una familia que aprecia mucho la literatura,  de una familia potencialmente literaria, por lo menos en su parte femenina, lo de potencialmente lo digo porque muchas mujeres no llegan a ser escritoras, aunque podrían serlo, pues prefieren vivir la vida a describirla, y en la vida de una mujer casada hay tantas preocupaciones y tantas cosas que hacer que no queda espacio para escribir.
Pero a los 15 años yo no pensaba para nada en la vida matrimonial, pensaba más bien que no me casaría nunca, sin embargo la literatura me parecía lo más importante, más importante que la vida misma, porque la vida la conocía sólo a través de los libros y me pasaba todo el tiempo leyendo. La única profesión posible para mí en aquel entonces era la de escritora, pero nadie podía decirme qué debía hacer para llegar a serlo. Qué escribir y cómo, el cómo suele ser la parte más difícil, y así fue como empecé a escribir un diario donde apuntaba todo lo que me venía a la mente, sin preocuparme por el estilo ni por el contenido. Era algo que escribía sólo para mí misma. Años más tarde conservaba aún aquel cuaderno sin carátula y con varias fotos de novios que había tenido, flores disecadas (tal vez regaladas por ellos, ya no podía recordar esos detalles), poemas de Rilke, citas de Pasternak y de Tsvetayeva . Casi todo lo que escribía  allí eran relatos de cómo había conocido a algún muchacho de turno, todo muy romántico hasta el momento en que mi precipitado enamoramiento daba paso al más completo desencanto. Daba la impresión de que en aquel entonces  estaba constantemente inmersa en un proceso continuo, primero de enamoramiento y luego, irremediablemente, de desencanto. Yo tuve la oportunidad de releer aquel diario años más tarde y no me explico  cómo tenía   tiempo además para ir a la escuela o a la universidad, estudiar, leer libros y comentar de paso mis impresiones.
Como futura escritora había decidido ingresar en la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana, creía que lo más importante era escribir algo, no importa qué, y así irme perfeccionando en el oficio.  Pero muy pronto comprendí que aquello que nos enseñaban en la facultad no tenía nada que ver con la literatura y con la vida en general. Recuerdo  que cuando estaba en el primer curso, el único primer curso que había en la facultad de periodismo, leí una entrevista en un periódico muy importante (Nada menos que en el Granma) con un estudiante que supuestamente debería estudiar en mi propio grupo, pero que nunca estudió en él (aparecían su nombre y apellidos). Era un estudiante inventado, que nunca estudió en nuestro grupo (que era el único que existía en la facultad). O sea, era una entrevista inventada, falsa.
Con el tiempo descubrí que mis  estudios me habían provocado una fuerte alergia hacia cualquier prensa escrita, que aún no he podido superar  hasta el día de hoy. Soy incapaz de leer un periódico, en cualquier idioma, de cualquier país, sin sentir que me están engañando de la forma más vil. A veces puedo leer algún periódico viejo, que ya no importaba, si es veraz o no, porque forma parte de una versión de los sucesos pasados que puede catalogarse ya como un fenómeno literario. Y en la literatura, a diferencia del la prensa, cualquier invento está permitido.
Escribir me parecía tan importante que seguí buscando cómo aprender a hacerlo. Creo que mi primer matrimonio fue parte de aquella búsqueda. Desde entonces fue que  aprendí a mirar todo lo que me sucedía como material para escribir un cuento o una novela y  empecé a mirar mi propia vida como desde fuera. Esto le quitaba y le sigue quitando intensidad a lo que me sucede, pero también me ayuda a distanciarme de los sufrimientos, cuando me pongo a pensar cómo describiría un momento desagradable al mismo tiempo que lo estoy viviendo, ya lo vivo a medias, como desde fuera.
En aquella época había muchos talleres literarios, había talleres en cada municipio, en la Universidad, en cada pueblo. La mayoría de quienes asistían a los talleres eran hombres, recuerdo que durante mucho tiempo fui  la única mujer que escribía prosa en mí  taller municipal, la poesía era más popular entre las mujeres, pero aún así había muy pocas mujeres-escritoras. Precisamente por eso el taller me parecía el lugar ideal para conocer al “hombre de mi vida”, ese ser atractivo, joven, alto y escritor, por supuesto, o, por lo menos, poeta. Primero había conocido a Raúl, que era muy abierto y simpático, pero al poco tiempo descubrí que toda su intelectualidad radicaba en unas gafas doradas “montadas al aire” que llevaba siempre. Estas gafas estaban tan de moda por aquel entonces, que las llevaban incluso quienes no tenían problemas de la vista. Usar gafas y tomar té en lugar de café,  en la famosa ¨Casa del té¨ que estaba enfrente de la Facultad de Periodismo, era la receta universal para hacerse pasar por intelectual. Raúl era precisamente de ese club, no sé, por cierto, si tomaba té o no, nunca me lo dijo, pero me confesó  que  nunca en su vida había leído una novela, le parecían todas demasiado largas y aburridas. Fue así como perdí todo mi interés por él. El hecho de no haberse leído nada más largo de diez páginas no le impedía escribir versos,  muy románticos, y estudiar una carrera universitaria (creo que estudiaba algo técnico).En general, en esa época había una cantidad enorme de gente que escribía algo, lo que escaseaban eran los lectores, o los oyentes, si se trataba de las lecturas en el taller.
Casi nadie estaba dispuesto a escuchar algo tan largo como un cuento, la poesía tenía más ventajas, era siempre más corta. Raúl tampoco estaba dispuesto a hacerse víctima de mis experimentos literarios, y decidió presentarme a su amigo, que a diferencia de él, era capaz de leerse mis cuentos (y eso que escribo cuentos bastante cortos, casi nunca sobrepasan las 10 páginas), y había leído algunos libros. Conocía la obra completa de José Martí, y eso provocó mi curiosidad. Creo que estudiaban juntos en la CUJAE. Este amigo se llamaba Vladimir, y cuando me recitó  algunos versos de memoria de nuestro poeta nacional, esto fue más que suficiente para conquistar mi simpatía. Era muy moreno y callado, y tenía un aire  sombrío y  serio, así que me parecía tener a mi lado a un verdadero hombre. Su silencio misterioso produjo en mí el mismo efecto embelesador que antes habían producido las gafas de Raúl. Estaba enamorada, sin duda alguna, pero mi amor era un amor puramente espiritual, literario. Nos veíamos una vez a la semana, en el taller, y me  parecía tan superior  intelectualmente y tan distante, que no me atrevía a hablarle, por eso decidí escribirle cartas. Me parecía la forma más adecuada de dialogar entre dos personas dedicadas a la literatura, y tenía además el ejemplo de tantas mujeres famosas que escribieron cartas a sus enamorados, ( para no ir muy lejos,  las cartas de Tsvetayeva a Pasternak). A pesar de no haber tenido respuesta a ninguna de mis mensajes, escribí más de diez  y dejé de hacerlo por razones que estaban fuera de mi alcance. Me inspiraba el “Diario de amor” de la Avellaneda, que le había escrito cientos de cartas a un hombre que nunca la había   amado y, para colmo, se había casado con otra. Me parecía demasiado atrevido entregarle estas cartas personalmente, además, alguien podía darse cuenta, así que se las enviaba por correo. Eran muy largas, estaban llenas de citas, poemas ajenos, ideas que había sacado de algún libro, eran como un suplemento de mi diario. Vladimir nunca me las devolvió, es una lástima, sería divertido leerlas ahora, sólo sé que las había recibido y las había leído, nada más.
Como no lograba que Vladimir me contestara y no existía un verdadero diálogo, decidí invitarlo a mi casa. No hay nada mejor para conocer a una persona que visitar el lugar donde vive, y el cuarto donde vivía yo era bastante original. Tenía libros verdaderamente únicos, muchos discos y otras cosas que podían interesarle a Vladimir. En una de las paredes de mi habitación estaba escrito a mano un poema de un poeta cubano caído en desgracia, y aquello me parecía el mayor atrevimiento del mundo. Era un poema bastante provocativo. Además, las iniciales de ese poeta eran HP, lo cual le daba a todo aquello un aire de doble sentido. Se trataba del poema de Heberto Padilla “Di la verdad.”
Siempre había pensado que aquel silencio de Vladimir guardaba verdaderasrevelaciones, y sólo esperaba el momento de poder hacerlo hablar. Pero lo primero que noté cuando entró era que no le había gustado para nada ni el cuarto, típico para una muchacha de 17 años educada dentro de la cultura hippie, ni el poema, firmado por HP. Tal vez era en general contrario al hábito de escribir en las paredes, conozco a muchas personas que lo son, pero yo siempre había  creído que uno puede disponer al menos de las paredes de su propio cuarto (o de su celda) para plasmar sus talentos de diseñador o de literato.
En fin, su severidad no disminuyó en lo más mínimo, y me dijo que tenía mucha prisa y debía irse muy pronto. Yo empecé a contarle de los libros que me parecían más interesantes en mi biblioteca, quería prestarle algo para luego poder intercambiar opiniones, pero esto no provocó en Vladimir el más mínimo interés, seguía igual de sombrío y huraño. Sólo rompió el silencio para decirme que tenía una novia, sin que viniera para nada al tema. Mantenían relaciones desde hacía muchos años, lo cual me pareció magnífico, pero no entendí  qué tenía que ver la novia con todo aquello, ni siquiera sentí celos ni nada parecido. Callé por unos instantes, y sin ninguna relación lógica con la información que acababa de darme, Vladimir intentó abrazarme y besarme. Eso me asombró más todavía, pues lo había invitado a mi casa sin ninguna otra intención que la de hablar de literatura. No entraba en mis planes tener una relación con un hombre que ni siquiera era capaz de hablar conmigo de nada serio, así que lo rechacé decididamente. Vladimir intentó un par de veces más abrazarme, parece que él no podía tampoco creerse que lo hubieran invitado simplemente para hablar, y era lo que menos estaba dispuesto a hacer. Por fin, cuando quedó claro que podía contar sólo con un vaso de té y algún libro para llevarse prestado, se ofendió muchísimo y se marchó sin despedirse.
Desde aquel día dejé de ir a aquel taller, me sentía avergonzada, no quería ver más a Raúl y a Vladimir, me sentía como una tonta, (¡y en realidad lo era!) pero no me sentía culpable de lo que había pasado. Pero lo más curioso es que cuando vi por casualidad a los dos en el Festival de Cine Latinoamericano, estaban haciendo la cola para comprar las entradas, ellos no quisieron ni saludarme, ni comprarme una entrada. Nunca pude entender qué fue lo que los había ofendido tanto.
Verónica Pérez Konina

четверг, 14 июля 2011 г.

Estilos y lengua: Un video para razonar,se llama: El Empleo

Estilos y lengua: Un video para razonar,se llama: El Empleo

LA MUJER Y LA CASA

José Lezama Lima

Hervías la leche
y seguías las aromosas costumbres del café.
Recorrías la casa
con una medida sin desperdicios.
Cada minucia un sacramento,
como una ofrenda al peso de la noche.
Todas tus horas están justificadas
al pasar del comedor a la sala,
donde están los retratos
que gustan de tus comentarios.
Fijas la ley de todos los días
y el ave dominical se entreabre
con los colores del fuego
y las espumas del puchero.
Cuando se rompe un vaso,
es tu risa la que tintinea.
El centro de la casa
vuela como el punto en la línea.
En tus pesadillas
llueve interminablemente
sobre la colección de matas
enanas y el flamboyán subterráneo.
Si te atolondraras,
el firmamento roto
en lanzas de mármol,
se echaría sobre nosotros.
Un curioso poema que leímos en el taller.

среда, 13 июля 2011 г.

Mi Entorno Personal de Aprendizaje.


Cuando en el año 2002 por fin me conecté a Internet y me abrí un correo electrónico, mi padre fue el primero en enviarme un mensaje para felicitarme por ¡"haber entrado por fin en el siglo XXI"!. Debo reconocer que mi padre tenía razón, y él sí que había iniciado la época del PC mucho antes. Así que tardé por lo menos un año en entrar en la nueva era de las tecnologías, y desde entonces estoy tratando de alcanzar un tren que toma cada vez mayor velocidad.

Me da vergüenza reconocerlo, pero en el remoto ya año 2000 Internet me resultaba ajeno y hasta peligroso. Pero desde entonces ha llovido mucho, y las nuevas tecnologías me han mostrado las posibilidades increíbles que están ahora al alcance de la mano de cualquiera. Ahora cada cual puede ser corresponsal, periodista, columnista. Cualquiera puede transmitir la información que quiera. Si en la antigua Unión Soviética para que la gente pudiera leer algún libro censurado, como "El Archipiélago Gulag" de Solzhenitsin", por poner un ejemplo, había que copiarlo en una máquina de escribir, (un trabajo titánico teniendo en cuenta el volumen del libro) que sólo permitía hacer 3 ejemplares (¡recuerdan el papel-carbón que manchaba las manos!), ahora podemor escanear y enviar cualquier libro a donde queramos. ¡Si hubieran existido estas posibilidades en aquel entonces!

En mi opinión, estamos ante un nuevo tipo transmisión de la información, en el que no existe un sólo emitente sino cada emitente es a la vez receptor de la información. Estar al día es sólo un problema de tiempo (cada vez tenemos menos) y de interés. En la red aparecen hasta aquellas noticias que oficialmente se han decidido silenciar, y las verdades a medias pueden leerse completas. Yo pienso que todo esto tiene un carácter positivo, pues resulta cada vez más difícil engañar a la gente. ´La democratización avanza cada vez más.

En mi experiencia como profesora de español las TIC también han jugado un papel importante, pues utilizo muchos vídeos de Youtube, busco letras de canciones en internet, llevo a clase textos auténticos de blogs y webs. A veces son los propios alumnos que me hablan de un nuevo vídeo, un clip, etc. Eso me sucedió, por ejemplo, con la canción "La mujer del pelotero"; que hace poco publiqué en este blog. Una alumna me preguntó qué significaba "pelotero" y me habló de esa canción. Para una persona de Cuba "pelotero" es una palabra muy común, pues la "pelota" es para nosotros el beisbol, pero resulta extraña para un español, para quien el deporte nacional es el fútbol. Así que "la mujer del pelotero" es simplemente la mujer del jugador de beisbol. Esa alumna era además aficionada a la salsa (en Rusia está muy de moda), y en su club de baile ponían mucho esa canción. Cuando yo encon´tré este video-clip en Youtubem descubrí que en la canción aparecen muchas palabras más típicamente cubanasm como "babalao", "paticruza'o", "jeva", etc, y decidí llevarla a la clase como muestra del vocabulario coloquial cubano. Como este ejemplo tengo muchos más, pues entre los jóvenes el intercambio de vídeos, música, textos se ha vuelto una práctica común. Además, he descubierto que los materiales que encuentro con ayuda de mis alumnos resultan más interesantes para otros alumnos de esa misma edad, porque tratan temas que les son más cercanos o un tipo de música que les gusta más. Mis gustos difieren mucho de los gustos de la nueva generación.

He descubierto además que muchos alumnos han decidido estudiar español motivados por cosas que para mí resultan muy extrañas, por ejemplo, por los seriales latinoamericanos que ponían en la tele rusa en los años 90. Más de una alumna me confezó que había empezado a estudiar español después de ver "Los ricos también lloran" o "Simplemente María" o alguna otra cosa por el estilo... Otros decidieron estudiar español porque su equipo de fútbol preferido era el Barça o el Real Madrid (¡entre éstos se encuentran además algunas chicas!) y querían poder entender las transmisiones directas de los partidos en versión original.

Creo que el interés por otro idioma y por otra cultura, aunque haya empezado por un "culebrón" o un partido de fútbol acalorado, es positivo y puede llevarlos a conocer muchas cosas más del mundo hispano, siempre que el profesor no sea demasiado aburrido :-). Es muy importante fomentar este interés y cultivarlo,
ampliarlo. No sólo enseñar gramática y frases hechas, sino mostrarle al alumno que hay otros mundos, diferentes al suyo, y otras culturas, tan ricas como su propia cultura, otras costumbres, ni mejores, ni peores, pero diferentes. Y aquí creo que es muy importante el uso de las TIC, sobre todo cuando se enseña una lengua fuera del país donde se habla. El alumno no tiene porque hacer fe de nuestras palabras, debemos enseñarle esta nueva realidad, a través de textos auténticos, vídeos, clips, etc.

Quisiera agregar además que desde hace unos cinco años soy tutora de AVE, y cada semestre tengo uno o dos grupos semipresenciales con los que utilizo el chat, los foros y el correo electrónico. Este semestre se le ha agregado el blog, pero pienso empezar a usarlo con los estudiates en esptiembre (¡después de este curso ya es pan comido!). Cada vez hay más alumnos que tienen interés por un curso totalmente on-line o con algunos encuentros con el tutor.

Las nuevas tecnologías son el futuro, y abren nuevas posibilidades ante personas que tiempos atrás estaban fuera del proceso de aprendizaje, los discapacitados, por ejemplo, o personas que viven en otra ciudad, donde no hay ningún centro den enseñanza, pero hay Internet.

Quisiera poder empezar a utilizar todas esas maravillosas tecnologías que hemos visto en este curso y poder hacer mis clases cada vez más interesantes y útiles, pues ese creo que es el objetivo final de todo profesor.

Verónica.

пятница, 8 июля 2011 г.

La muralla.

Poema de Nicolás Guillén.




Para hacer esta muralla,
tráiganme todas las manos:
Los negros, su manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Ay,
una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte.

¡Tun, tun!
¿Quién es?
Una rosa y un clavel...
¡Abre la muralla!
¡Tun, tun!
¿Quién es?
El sable del coronel...
¡Cierra la muralla!
¡Tun, tun!
¿Quién es?
La paloma y el laurel...
¡Abre la muralla!
¡Tun, tun!
¿Quién es?
El alacrán y el ciempiés...
¡Cierra la muralla!

Al corazón del amigo,
abre la muralla;
al veneno y al puñal,
cierra la muralla;
al mirto y la yerbabuena,
abre la muralla;
al diente de la serpiente,
cierra la muralla;
al ruiseñor en la flor,
abre la muralla...

Alcemos una muralla
juntando todas las manos;
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte...
 


Y una nueva versión de este poema, hecha en nuestro taller literario:


La cortina
(“La muralla”)

Para correr esta cortina
siempre tengo mis manos:
a veces las tengo muy sucias,
a veces las tengo lavadas.

Una cortina pantalla,
una cortina que vaya
desde los chum de Chukotka
hasta los palacios de Rubliovka
allá por el horizonte.

Pum, pum, ¿quién es?
un oligarca cortés – 
abro la cortina.
Pum, pum, ¿quién es?
un policía tal vez –
cierro la cortina.
Pum, pum, ¿quién es?
un presidente veraz – 
abro la cortina.
Pum, no aguanto más –
cierro la cortina.

A la música pop –
cierro la cortina.
A la música rock – 
abro la cortina.
A esa pantalla –
cierro la cortina.
A esa canalla – 
abro la cortina...

De tanto trabajo me canso,
me pongo idiota y manso.

Vladimir Kardail