суббота, 8 декабря 2012 г.

Historia de amor de mi hermano.


Quería contar la historia de amor de mi hermano mayor.  Esta historia ocurrió hace muchos años.  Entonces mi hermano servía en el ejército y en Moscú le esperaba su novia. Durante medio año se cartearon y se hablaron por teléfono cuando era posible. Por fin llegó el día del encuentro. Pero contrariamente a lo esperado ese día fue muy difícil para ellos porque la novia de mi hermano le dijo que tenían que separarse.
En aquel tiempo nuestra madre trabajaba en una empreza que estaba cerca de nuestra casa. Allí ella conoció a una chica que le pareció muy simpática y alegre. Ellas empezaron a comunicarse y esa chica le contó una vez a mi madre sobre sus problemas. Resultó que su novio, con el que había estado saliendo durante 2 años, la dejó recientemente. Entonces mi madre tuvo una idea.  Ella le propuso a esa chica escribir una carta a mi hermano que aún estaba sirviendo en el ejército y ella aceptó.
Al principio a mi hermano le sorprendió mucho que una chica le enviara una carta pero un poco tiempo después comenzaron a cartearse. Resultó que tenían muchas cosas en común y se cayeron muy bien. Un año más tarde mi hermano volvió a Moscú y por fin se vieron. Unas semanas más tarde empezaron a salir juntos y se hicieron  novios. Los primeros meses todo fue bien pero una vez a mi hermano le llamó por teléfono su ex novia y le dijo que tenía que hablar con él. Mi hermano  decidió  encontrarse con ella pero le contó todo a su novia actual.  Aquel  día yo estaba en casa con ella y vi que se puso muy nerviosa y triste. Yo no sabía cómo se  ayudarla pero intenté calmar su agitación. Poco tiempo después mi hermano volvió a casa. Nos contó que su ex le dijo que quería reanudar la relación pero mi hermano lo rechazó.
Unos años después se casaron y ahora tienen dos hijos. Es realmente una familia feliz que es muy raro en nuestro tiempo. Pienso que esta historia nos muestra que hasta en nuestro tiempo, cuando muchas tradiciones son olvidadas y las familias no se ponen de acuerdo sobre el matrimonio entre sus hijos, a veces los padres pueden hacer una elección más correcta. Pero tengo que decir que en esa época mi madre no podía pensar que había  presentado a su hijo la mujer de su vida.
Ekaterina Frolova

пятница, 30 ноября 2012 г.

La desolación.


Habían pasado dos meses después del naufragio. El tiempo sí parecía curar las heridas en el cuerpo de Narciso, pero él se sentía más y más desesperado con el paso de los días. Ni un recuerdo de quién era él había retrasado a Narciso, y así que le parecían ajenos no solo el país donde estaba y la gente de la que estaba rodeado, sino él mismo.
Se sabía que el barco con el que había llegado Narciso - o, para ser más precisos, el que había sufrido aquel tremendo naufragio - provenía de España. Sin embargo, como era el único quien sobrevivió el desastre, nadie le podía decir por qué había llegado Narciso, y él no podía regresar a España sin pagar por el viaje. Y encima, era demasiado débil para viajar.
Así se pasaba Narciso los días, en la agonía intolerable, muriendo del anhelo de volver a la vida normal. Albergándose en un desmán de una familia indígena muy pobre, sufriendo de hambre, Narciso encontraba el único remedio en los periódicos españoles: en los viejos que él descubría de vez en cuando por todas partes de la ciudad, y en los nuevos que llegaban de España con un retraso inmenso. Creía que iba a encontrar algo, un pequeñito articulo que echara luz sobre su origen, su nombre, su vida anterior… Le encantaba que a veces hubiese textos graciosos que le hacían olvidar por un rato su situación, pero también había una columna muy especial, escrita por un incógnito quien solo ponía ‘María’ debajo de sus textos.  Los sueltos de María eran tan finos, tan profundos y sinceros, que una vez le hicieron llorar a Narciso. A veces trataban de las observaciones cotidianas de la autora, o de sus viajes y emociones, y cada vez Narciso los leía de principio a fin y esperaba con impaciencia la llegada de los nuevos. 
Un día Narciso estaba ayudando a un pescador en el puerto de Buenos Aires, cuando de repente notó a un hombre leyendo el periódico en el que publicaba sus textos María. Al mirar más de cerca, Narciso vio el título sobre la esperada columna: 'El ultimo suelto de María', que casi le hizo desmayarse. Narciso se puso fuera de sí, cogió el periódico de las manos del desconocido y se fue corriendo a su desmán. Supo precisamente que tenía que hacer. Una hoja de papel marrón del tiempo. Un trozo de carbón. Una carta muy corta: 'No me dejes, María. Hace dos meses sobreviví un naufragio, y hace aquel día he vivido como un ratón en este desmán pequeño sin saber quién soy, sin nada mas que tus palabras escritas que me consuelan en mi desesperanza, que me parecen tan íntimos y a pesar de todo me dan razón para vivir. Te amo locamente, profundamente. No me dejes, María. No me dejes. El innombrable. Buenos Aires, 10 de marzo de 1799'. Después corrió al puerto, le dio a un marinero del barco que estaba a punto de salir a España la carta y la página del periódico con la dirección de la edición. Y se puso a esperar. 

Pronto Narciso perdió la cuenta de los días. Casi no dormía, pero cuando dormía soñaba que María se estaba bajando de un barco en el puerto de Buenos Aires. La mujer en su sueño tenía la cara cubierta con velo negro, pero el sabía que era hermosa. Claramente, sabía que ella había llegado por él. 

Y de verdad llegaron por él. Un día a principios de mayo él estaba en el puerto, mirando los barcos. No le podía parecer: una mujer con la cara cubierta se estaba bajando al amarradero. Narciso no podía moverse de la conmoción y solo miraba como la mujer se dirigía a los transeúntes enseñándoles una hoja de papel… No lo podía creer: un chico enseñó a Narciso y la mujer se estaba acercando rápidamente a el… La mujer con ojos grises muy largos, como los de Narciso, pero rodeados de arrugas profundas. '¡Narciso! - gritó la mujer abrazándole. ¡Cariño, qué suerte! ¡Pensábamos que estabas muerto! ¡Que alivio nos dieron tus compañeros de la edición al mostrar tu carta! No importa que no me recuerdes, he traído tu cuaderno con todos tus textos, pensamientos y dibujos. ¡Seguro que nos va a ayudar!' 
En el instante siguiente apareció de la bolsa de la mujer un cuaderno enorme con la tapa hecha de piel fina, en la que estaba grabado el nombre: Narciso María Pelayo.     


Valerya Ivasikh

суббота, 24 ноября 2012 г.

A primera vista.


Un vídeo que me encanta justo sobre el mismo tema que trata Elena, se lo recomiendo a todos...

Una historia que me contó mi amigo.


Una mañana como otra cualquiera un hombre mayor de 80 años llegó al hospital para quitarse  las costuras del pulgar de su mano. Era evidente que tenía  prisa y me dijo con voz temblorosa por la emoción que tenía un asunto importante  a las 9 am.
Le pedí que se sentara sabiendo que todos los médicos estaban ocupados  y no podrían ayudarle en más de una  hora.
Sin embargo, mirando qué tristeza tenía en sus ojos, mientras no dejaba de mirar al reloj, se me oprimió el corazón y yo decidí que no lo haría esperar tanto. Ningún paciente puede eliminar las costuras de su mano por sí  mismo. Nosotros empezamos a charlar y yo no podía evitar preguntarle.
      -    Debe tener una cita con el médico, ¿por eso tiene tanta prisa?
      -   No, en realidad, no. Es necesario disponer de tiempo en el hospital para alimentar a mi esposa enferma.
Entonces le pregunte que pasó con ella y el viejo respondió que, por desgracia, se le descubrió la enfermedad de Alzheimer.
Mientras hablábamos, yo fui  capaz de quitarle los puntos de sutura y termine de curar sus heridas.
Eché una ojeada al reloj, me pregunté si no era ya un poco tarde. Para mi sorpresa, mi compañero dijo que, desgraciadamente, no lo reconocía a él en los últimos cinco años.
-   Ella ni siquiera sabe quien soy. -  Sacudiendo la cabeza añadió.
Asombrado, exclamé:
-   ¿Y todavía hace una visita a hospital cada mañana, aun cuando ella no sabe quién es  usted?
Él sonrió paternalmente  y me dio una palmada en el hombro y dijo:
-   Ella no sabe quien soy, ¡pero yo sé quien es ella!
Yo apenas contuve las lágrimas y tan pronto como se fue, un escalofrío recorrió mis manos y pensé: «Bueno, este es el amor que yo había soñado toda mi vida» !

Elena Rudnova

четверг, 22 ноября 2012 г.

Un relato de amor.


Un día tres amigas estaban en un bar italiano, no muy grande y por eso muy cómodo. Las chicas hablaban, bebían  vino y discutían sobre un tema interesante: que en nuestro tiempo es muy difícil encontrar un hombre bueno. Ellas tres no tenían relaciones con hombres hace unos años, a pesar de que todas eran guapas y alegres, tenían un trabajo interesante y muchas aficiones.
            En este bar, cerca de la mesa de las chicas, estaba una compañía de chicos. Ellos charlaban también, quizás hablaran sobre temas parecidos al de las chicas. Dos de ellos eran pelirrojos y otro chico era moreno, con ojos oscuros y voz agradable. “Este chico es el hombre que me gusta, es mi futuro” – pensó una de ellas.
            Un tiempo después uno de los chicos pelirrojos se acercó a ella misma y la invitó a bailar, pero ella lo rechazó. Poco tiempo después ella decidió ir a casa, se despidió de sus amigas y salió del bar. Ella entró en el metro, llegó a la estación dónde vivía, salió del tren y, cuando subía por la escalera mecánica, de pronto alguien le tocó  la espalda. Al volverse vio al otro chico pelirrojo de este bar. Él sonrió tímidamente y le pidió  volver al bar con él. Pero ella lo rechazó también. Y cuando iba a su casa, ella lamentaba mucho el chico moreno no se había acercado a ella.
            Dos o tres semanas más tarde las chicas decidieron encontrarse en el bar italiano otra vez. Y cuando entraron en el bar, vieron a los mismos tres chicos. Y el chico moreno estaba allí. Él y ella se cruzaron sus miradas, sonrieron uno a otro y desde ese día no se han  separado nunca.



María Vasileva

среда, 21 ноября 2012 г.

Un mundo por delante.



Si un día tienes que elegir entre el mundo y el amor, Recuerda:
Si eliges el mundo quedarás sin amor,
 pero si eliges el amor, con él conquistarás al mundo"
Albert Einstein
En cada familia hay muchas historias que relatan en las fiestas.
Esto es la pequeña historia de como se conocieron mis abuelos.
La oí en mi infancia muchas, muchas veces y no soportaba que la relataran, pero ahora la encuentro bastante insólita aunque un poco trivial.
Era un día soleado. Aquel día mi abuelo asistió а las clases con sus amigos. Ellos hablaban mucho y molestaban а los demás. El profesor se enfadó y los echó de la clase. Al salir los chicos decidieron ir a tomar un café. Cuando subían por la escalera vieron una chica muy guapa. Tenía los ojos grandes, era morena con el pelo rizado. Llevaba un vestido rojo y largo. De repente ella tropezó y los amigos de mi abuelo atraparon su bolso y paraguas y mi abuelo la atrapó a ella. Por supuesto, los amigos invitaron a la chica al café, donde se conocieron mejor. Eso fue un amor a primera vista. Ellos vivieron juntos más de 60 años.
Creo que el amor todo lo puede, el amor es imprevisible, el amor es ciego y puede surgir en cualquier lugar y en el momento menos esperado, en el amor no se puede ser escéptico.

Anastasia

Gira por La Habana al estilo ruso.



Realmente no recuerdo algún viaje de mi vida muy malo, pero durante mis viajes habitualmente hago giras pequeñas que pueden ser bastante tensas. De una de estas giras yo quería contar ahora.
Al principio del año 2011 mi novio y yo emprendimos un viaje a Cuba. Una vez decidimos ir de excurción por dos días a La Habana.
Como la excurción empezaba a las 6 de la mañana, tuvimos que despertarnos a las 5. Pero el día anterior nosotros nos habíamos acostado muy tarde, por eso para levantarnos  nos vimos obligados a hacer muchos  esfuerzos. Lo único que nos alegraba en ese momento era el desayuno que nos habían prometido. Sin embargo, al subir al restaurante de nuestro hotel, lo encontramos cerrado. Estábamos hambrientos y soñolentos, y así viajamos  medio  día.
Hay que decir que el programa de la excurción fue un poco raro. Pasamos una hora cerca de Mural de la Prehistoria de Leovigildo González, y durante esa hora nos dijeron dos frases sobre la obra; el resto del tiempo estuvimos paseando cerca de una montaña. Pero cerca del cementerio de La Habana pasamos un minuto, mientras estábamos parados delante del semáforo; todo lo que oí de ese lugar fue: “Lo que podéis ver en la ventana izquierda  es el cementerio de La Habana. Es muy grande y muy famoso”, y nosotros seguimos de largo  en el autobus. Visitamos la fábrica de tabaco; pero nuestro guía nos prohibió comprar algo allí, diciendo que podríamos hacerlo en un buen comercio más tarde. Ese “buen comercio” era una habitación pequeñita con un montón de gente. Allí se vendían puros, ron y café. Hacía mucho calor, los turistas rusos estaban gritando, daban empujones, temiendo que los artículos pudieran terminarse, aunque estaba claro que muchos guías traían a la  gente a ese lugar y por eso tenían reservas suficientes. Además descubrimos que los precios eran iguales a los que teníamos en nuestro hotel.

Lo que no me gustó en las calles de La Habana fueron los pintores (las calles de La Habana para mí son dos plazas mayores y tres calles que nos mostró nuestro guía, y mi opinión se refiere a éstas). En cuanto salimos del autobús, nos rodearon unos pintores, y uno de ellos me eligió como su victima. Durante dos minutos siguió detras de mí y me dibujó. Al finalizar me demostró su obra y pidió 1 dólar. Si ese retrato fuera un poco parecido a mí o siquiera intentara serlo, le pagaría. Pero esa vez no lo hice. Entonces él bruscamente arrugó el papel, lo tiró al suelo y se fue, echando tacos.
Pero esos no fueron los únicos tacos que oí durante esa gira, es que los participantes de la excurción eran rusos. Nosotros ya habíamos visto a  dos mujeres del grupo en nuestro hotel  el primer día, cuando ellas se mostraban muy sorprendidas de que en Cuba no hablaran con ellas en ruso. Por la noche fuimos a un Cabaret. Como para los turistas rusos era imposible salir del hotel a tiempo, llegamos cinco minutos antes del inicio del espectáculo, cuando todos ya estaban sentados. Allí nos ofrecieron ron, tapas y coca-cola, que estaban incluidos en el coste de las entradas. En cuanto los turistas se sentaron, ellas empezaron a hacer preguntas al guía que tenía que traducirlas a los comareros. Luego, cuando el show empezó, dos mujeres mencionadas comenzaron a pedir que les cambiaran su coca-cola por agua mineral. Había pasado mucho tiempo antes de que recibimos la posibilidad de gozar del espectáculo.
El día siguiente fuimos a la finca de Hemingwey. Pero durante todo el camino en lugar de descansar escuchamos los gritos de una mujer del grupo: “¿Por qué tenemos que ir a ver a ese Hemingwey? ¡Vamos a nadar en océano!”…
Al final de nuestro viaje el guía nos dijo que le molestaba que en la esfera de servicios en Cuba pidieran propina, y añadió que según la tradición estaba colocada una caja para propina y que si queríamos podíamos meter algo allí.
Ahora no puedo decir que fue una gira mala. Me gustaron muchos lugares que había visitado y paisajes que había visto. Sin embargo, nunca he viajado con guías ni con grupos de gente después.

Svetlana Litvinova

Amor de tango.

 

 

Esta historia de amor comenzó con un colapso, el colapso de todas las esperanzas. Ana, una chica rusa muy guapa  en su 32 cumpleaños se dio cuenta de que su casamiento ya se derrumbó. En esa situación difícil ella no lloró mucho tiempo pero hizo algo muy paradójico -  empezó a aprender a bailar Tango Argentino. Después, un año más tarde, Ana ya volaba a Buenos Aires con ansias  nuevas y vagas.

En su segundo día en Buenos Aires un conocido fortuito la invitó a la Plaza Dorega. En  día en ese lugar todos bailaban gratis todo el día antes de que cayera la noche. Cuando el primer hombre  invitó a Anna la primera vez, en ese  mismo momento, Ana se dio cuenta que quería bailar con ese hombre toda su vida. Su nombre era Oscar, tenía ojos oscuros y pelo negro y rizado. Pasaron juntos todos los días de sus vacaciones.

Cuando Ana volvió a Moscú vendió su coche, alquiló su piso, cogió sus dos hijos y se trasladó a Buenos Aires para vivir conjunto con Oscar. Ahora ellos tienen dos hijos más.


Lubov Yakubovskaya

вторник, 20 ноября 2012 г.

Un encuentro al azar.


¿Usted cree que la fuerza del pensamiento puede cambiar toda su vida?
Un día mi amiga, una persona muy apasionada, decidió que no podría vivir sin un hombre ni un día más. Ella compró un solo billete para un concierto al azar en San Petersburgo y salió de casa con un sentimiento que ese día  conocería a su marido futuro. El concierto duró por dos horas y pasó muy aburrido: nadie prestó atención a ella. Después del evento fueron ofrecidos algunos refrescos y champaña. Ella tomó una copa y otra en busca del  hombre de su sueño, pero nadie estaba hecho para ella. Excepto… excepto un hombre torpe que tuvo el desaire de cruzársele en el camino varias veces, y ella pisó su pie tres veces en una hora. No hace falta decir que este hombre llegó a ser su marido.
Fue buena suerte o un encuentro previsto por el cielo, el caso es que estas dos personas tienen una familia durante más de 7 años. Y mi amiga, gracias a su pensamiento positivo, sigue probando y perfeccionando su técnica psicológica para atraer las cosas que quiere en su vida.

Aliyeva Dina.

четверг, 15 ноября 2012 г.

Encuentro en el desierto.



Quería contar la historia de corazón de mis padres. La oí en mi infancia, y hasta ahora la encuentro bastante insólita.
         Se conocieron en el desierto de Asia Central durante una expedición arqueológica. Es necesario mencionar que en ese tiempo ellos no tenían muchas cosas de común: habían estudiado en diferentes universidades, trabajaban en distintas esferas, no tenían  aficiones iguales y sus padres no hacían las mismas cosas. Incluso en sus vacaciones mi madre visitaba las repúblicas orientales de la URSS y mi padre, las occidentales.
         A mi madre le gustaban mucho las tiendas de campaña, las hogueras y canciones con guitarras. Y a mi padre en esa expedición le gustaba más lo  el asunto arqueológico, que podía encontrar algo que no había visto nadie durante centenas de años. Y después de esa expedición sólo una vez más ha participado en otra. Por eso se puede decir que ese desierto y ese mes de la primavera de 1986 fueron la única coincidencia de las circunstancias que podía dar  vida a una buena familia.
         En la expedición participó mucha gente que trabajaba cada día  desde el amanecer hasta la noche. Allí mi madre trabajaba como cocinera. Según la tradición, la persona que preparaba la comida primeramente tenía que  dársela a todos y al final podía comer ella misma.  Un día mi padre llegó de las excavaciones un poco  tarde, cuando todos ya estaban comiendo, incluso mi madre que había tomado la última porción, la porción de mi padre. Y esa fue la tarde cuando descubrieron uno a otro y después  empezaron a comunicarse.
         Pero cómo se sorprendieron ellos al enterarse que toda la infancia habían vivido en  barrios vecinos, que al mismo tiempo se habían trasladado de una parte de Moscú a  otra y que en aquel entonces estaban viviendo en calles vecinas.
         Se casaron un año y medio después. Este septiembre celebramos 25 años de su matrimonio.
         Pienso que la vida es una cosa muy interesante, y a veces tienes que cruzar la mitad del país y quedarte sin la cena para encontrar tu verdadero amor que está viviendo en la calle vecina.
Svetlana Litvinova

пятница, 26 октября 2012 г.

Receta de cocina para preparar Pan de Muerto

 


Ingredientes
  • 2 Tazas de harina de trigo(280 g.)
  • 1 1/4 tazas de azúcar (300 g. aprox.)
  • 1/2 taza de margarina o 125g. de mantequilla
  • 1/3 de taza (100g) de manteca vegetal
  • 3 huevos y 7 yemas de huevo
  • 8 cucharadas soperas de agua tibia, (1/3 de taza)
  • 3 cucharadas soperas de té de azhar (ya preparado)
  • 2 cucharadas de té de anís ( ya preparado)
  • 3 cucharadas soperas de manteca vegetal (para engrasar el pan y la charola)
  • 20g. de levadura en polvo(dos cucharadas soperas aprox.) Búsquelo en tiedas de materias primas
  • La ralladura de la cáscara de una naranja
  • 1/4 de cucharada cafetera de sal
Procedimiento Paso No. 1 En el recipiente de plástico disuelva la levadura en el agua tibia y agregue la harina necesaria para formar una pasta de aproximadamente 15 cucharadas soperas. Haga una bola con la pasta y deje fermentar cerca del calor hasta que duplique su tamaño( más o menos entre media hora y una hora y media). Paso No. 2 Sobre una superficie plana, cierne la harina con la ayuda del colador, apartando una cucharada sopera, Haga una fuente en el centro y poco a poco añada 15 cucharadas de azúcar, la sal, 2 huevos enteros, las 7 yemas, el té de azahar, té de anis, la ralladura de naranja, la manteca y la margarina. Paso No. 3 Con las manos limpias, amase durante 20 minutos, tomándo la masa de los extremos y llevándola al centro. A esta masa añada la masa fermentada del primer paso y siga amasando (forme una bola alargada y tome unos de sus extremos y azote el otros sobre la tabla como si fuera un martillo; luego junte el extremo que se azotó con el que tenga en la mano y vuelva a azotar. Repita este proceso cuatro veces hasta que se formen burbujas, la masa se sienta como si fuera plástico y se desprenda fácilmente de la mesa). Paso No. 4 Forme una bola con la masa, úntela con un poco de manteca vegetal y colóquela dentro de la cacerola, luego cubra con un trapo húmedo y deje reposar en un lugar tibio hasta que duplique su volumen (dos horas y media aprox.) expóngala al sol o sobre la estufa apagada. Paso No. 5 Ya que ha pasado el tiempo, vuelva a amasar ligeramente y aparte 2 tazas de la masa para formar los huesitos y la bola de arriba. Paso No. 6 Coloque la masa sobre la charola engrasada con manteca vegetal y dele la forma de un óvalo. Durante 30 minutos, déjela reposar al lado de los huesito y la bola. Paso No. 7 Ya que ha pasado la media hora, bata el huevo restante con el tenedor y con éste pegue la bola y los huesitos; meta al horno precalentado a 200 C por 15 minutos, deje hornear durante 15 minutos a la misma temperatura, después reduzca a 170C y deje en el horno hasta su cocción total (aprox. 10 minutos más). Paso No.8 Para barnizar mezcle en un pocillo, la cucharada de harina que se reservó en el paso No. 1 junto con una cucharada sopera de aúcar y dos tazas de agua; ponga al fuego para formar un jarabe. Una vez qu este frío, barnice el pan y espolvoree con azúcar.

вторник, 23 октября 2012 г.



27 de octubre – 12 de noviembre
Ciclo “Una mirada a través del océano: México”
Exposición “El Altar del Día de Muertos”.

Salón de Actos del Instituto Cervantes.
De lunes a viernes de 10.00 a 19.00, sábado y domingo de 10:00 a 17:00.
Entrada libre.
El Día de Muertos en México es una de las tradiciones más arraigadas. Una vez al año en este país conviven los vivos con los muertos. Inspirados en la creencia de que la muerte es una transición de una vida a la otra, los mexicanos celebran durante los últimos días de octubre y los primeros días de noviembre el reencuentro con el recuerdo de sus seres queridos. Así, cada mes de noviembre revive la tradición de decorar tumbas con velas y flores de cempasúchil y dedicar ofrendas, también llamadas “Altar de muertos”, en honor de los difuntos. En el IC la comunidad mexicana organiza el típico altar que permanecerá abierto al público hasta el 21 de noviembre, el altar estará acompañado con un texto en ruso con la explicación de la tradición y de todos sus elementos.
7 noviembre (miércoles), 19:00
Ciclo “Una mirada a través del océano: México”
Coloquio "Tradiciones vivas de México: Día de Muertos" con la participación de Hilda Guzmán Montelongo, Adriana Domínguez Vega, Manuel Ramos Limón y Juan Cristóbal Espinosa Hudtler.

Salón de Actos del Instituto Cervantes. Con traducción simultánea.
Entrada libre.

суббота, 22 сентября 2012 г.

El final del cuento de hadas.


[El Chojin]
Sé que no le gusto a tus padres, pero ellos que saben,
no eres tan pequeña y yo no soy tan grande,
te he demostrado que te quiero durante este tiempo,
acepta mi anillo, cásate conmigo.
[Lydia]Es precioso, claro que acepto mi vida.
[El Chojin]Oh Me haces tan feliz, sé que eres mía,
estabas destinada a mí lo supe desde el primer día,
abrázame, comparte mi alegría.
Así comenzó el cuento de hadas,
ramos de flores, bombones, paseos y dulces miradas,
lo que opinen los demás no vale nada,
un hombre bueno mantiene a una mujer enamorada,
Los días pasan como en una fábula,
vestidos de novia, lista de boda, planes, nueva casa,
ella es la reina, ella es el ama,
ella le ama, ella le aguanta...
[Lydia] Quizás no deberías beber tanto...
[El Chojin] ¿Me estas llamando borracho?
[Lydia] No, no, claro
[El Chojin] Pues cállate mujer ¿eh?,
que yo sé bien lo que hago,
anda sube al coche y borra esa cara de inmediato.
[Lydia] Claro...
[El Chojin] Ella y él se casan,
el tiempo pasa, una llamada...
[Lydia] Mamá, ¡estoy embarazada!
[El Chojin] No hay mayor motivo para ser feliz que un niño,
él lo celebra saliendo con sus amigos.

[Lydia] Dónde has estado? Me tenias muy preocupada
[El Chojin] No empieces...
[Lydia] Porque no coges mis llamadas?
[El Chojin] No empieces!
[Lydia] Es que siempre me dejas sola en casa
y vuelves a las tantas, además,
hueles a colonia barata?
[El Chojin] ¡Calla!

[El Chojin]
El primer golpe fue el peor,
no tanto por el dolor como por el shock de la situación,
esa noche él duerme en el sofá, ella no duerme nada,
sueños rotos, lagrimas en la almohada...

[El Chojin y Lydia]
Quien iba a decir que sería así... El final del cuento de hadas
Todo iba bien hasta que llegó... El final del cuento de hadas
Nunca penso que podría pasar... El final del cuento de hadas
A otra ella le tocó vivir... El final del cuento de hadas

[El Chojin]
Perdóname por lo de ayer, no sé que paso,
Es que... no se, es el estrés del trabajo,
el cansancio, estaba un poco borracho,
perdóname, lo siento, sabes que te amo...
tras unos días ella recuerda el tema,
como si fuera una lejana pesadilla,
pensó en contarlo a sus amigas, pero no lo entenderían,
además, son cosas de familia.

[Lydia] Él me quiere, esas cosas pasan,
y es verdad que a veces soy un poco bocazas...
[El Chojin] Nace el bebe, una pequeña preciosa,
pero él quería un niño y echa la culpa a su esposa...
[El Chojin] Lo haces todo mal, y estas gorda,
como pretendes que no me vaya con otras
[Lydia] Pero...
[El Chojin] Pero nada! Todo el día en casa acumulando grasas
y no eres capaz de tener la cena preparada?
[Lydia] Pero...
[El Chojin] Calla!
[Lydia] Pero...
[El Chojin] Calla! Mira ¡no me obligues a que lo haga!
[Lydia] Pero...
[El Chojin] Calla! Te avise! Ahora habla! halba! habla! habla...

[EL Chojin]
Esta vez no se supo controlar,
ella acaba en el hospital,
tras tres días por fin escucha a sus amigas,
y denuncia a la policía su tortura.
La vida vuelve a sonreírle poco a poco,
ella y la niña rehacen sus vidas casi del todo,
un nuevo chico, un nuevo trabajo,
un nuevo futuro, en un nuevo barrio.
Pero el papel de un juez no es suficiente para detenerle a él,
y un día de vuelta al portal,
él la espera con un puñal, y le acuchilla, doce veces.

Fué el final del cuento de hadas,
un cuento real que se cuenta en cada ciudad, cada semana,
es la nueva plaga,
es el final del cuento de hadas...

[Lydia]
Quien iba a decir que sería así, el final del cuento de hadas
Todo iba bien hasta que llegó, el final del cuento de hadas
Nunca penso que podría pasar, el final del cuento de hadas
A otra ella le tocó vivir, el final del cuento de hadas.

воскресенье, 15 июля 2012 г.

VERA KONINA

 Traducción de Fernando Gimeno



                                                                     EL LÍDER






                               Se celebra la convocatoria de acceso para los candidatos al curso especial de traducción simultánea. Hay muchos pretendientes, mas el examen es difícil. Pues ya unas cuantas personas, con autodesconfianza, han abandonado el auditorio sin haber concluido la prueba. Y él permanece sentado y escribe. En estos diez años que han transcurrido desde aquel memorable momento yo lo veo por vez primera, aunque en ocasiones me habían ido llegando rumores acerca de la mareante carrera que le tenía proyectado el destino. No obstante, yo misma sé con certeza que aquí el destino no ha tenido nada que ver. Inmediatamente tras finalizar la Universidad se coloca de intérprete en el Consejo de Estado y en el Consejo de Ministros (y ésto con semejantes conocimientos, mejor dicho, desconocimientos, de la lengua rusa), viajes frecuentes al extranjero, y literalmente al cabo de dos años ya es diplomático, Primer Secretario de la Embajada de Cuba en Yugoslavia. Ahora tiene ya sus treinta, pero su rostro es todavía infantil, sólo que gordo. Gordo, nutrido rostro de mulato, los cuales no envejecen nada, ó bien envejecen muy lentamente. Parece muy seguro de sí mismo, ni por un segundo se detiene la marcha de su lapicero por el papel, solamente en contadas ocasiones frunce levemente el ceño y mira de reojo condescendiente a los circundantes. Él conoce su valía, pues sabe de seguro que ya ha sido admitido también a este curso. En vano se han acicalado con ocasión del examen estos muchachos presentes. Él – por el contrario – ha llegado con su peor camisa, más bien con lo que llamamos “blusón de trabajo”, y con parejos pantalones. Y la camisa esta la luce desabotonada casi hasta la cintura. Una imagen de desidia, de hacerse el simplón, el “campechanote”. Probablemente, dirigiéndose a las recepciones y cenas protocolarias en Belgrado ó en Moscú, se engalanaba con mayor esmero. En diez años puede aprenderse mucho, y él, por supuesto, había pasado por buena escuela, pues de afán no carecía y además era diestro de entendederas. Literatura rusa ó soviética no le hacían falta, ¿qué vas a encontrar, en esas literaturas? Pero los exámenes los aprobaba. Ahí tú nada más has de saber las respuestas. Especialmente aquéllas que precisa el examinador. Y si al examinador alguna cosa no le convence, pues también al examinador puede impugnarse. Y de hecho hubo impugnaciones. Se dieron esos tiempos. Ahora, claro, se liberaliza mucho, se ha urdido una democracia, ahí en la biblioteca “José Martí” imparten un curso especial de literatura de la perestroika. No se comprende únicamente álgo: ¿quién lo ha permitido? Mas el ponente es un literato soviético, no hay nada que hacer. De entre toda la gente, él bien que sabe que en breve sa va a terminar todo. Regresan sus tiempos, cuando decididamente joven, inculto e ignorante, casi del lumpen, de pronto se convirtió en un líder y encabezó en esta facultad uno de los “gloriosos movimientos” en la historia de la Revolución, al cual bautizaron de la algo compleja manera “profundización de la conciencia ideológica”. Ninguno de los aquí sentados se imagina a qué velocidad transcurrió el proceso de su evolución, de qué modo el muchacho campesino de ayer en el transcurso de un año se transformó en delator, acusador, “agitador, vocinglero, cabecilla”. Sí, ésto es lo único que pudo retener de Mayakovsky. Y aquellos otros, ¿de dónde y qué es lo que habían sacado? Recitaban de memoria a Pushkin y a Blok, analizaban el estilo de Tolstói, discutían acerca de Dostoyevski. ¡Cómo los odiaba! Éso sí que es de verdad odio clasista. Odiaba su piel blanca, sus ojos azules, el cabello suave y dócil. Contemplaba envidioso con qué facilidad se les daba el ruso, la desenvoltura con que se comunicaban con los profesores soviéticos, siempre haciendo preguntas, ansiando conocerlo todo. Y he aquí que la curiosidad los arruinó. Él es que ni siquiera el nombre había oído, “Solzhenitsyn”, y en que lo hubo oído, de inmediato lo olvidó. Menos mal que Jorge trajo precisamente este libro al auditorio, “La espiral de la traición de Solzhenitsyn”. Y en este punto él lo atrapó, aun ignorando todavía de qué iba el asunto. En alguna parte había oído algo, “disidente”, “deportado”, “traidor”. Y ésos ya lo habían leído y ya mismo se dirigían a la profesora soviética demandando aclaraciones. Aquélla, como si nada más estuviera aguardando las consultas, tras la lección se quedó con ellos, de tal modo era crucial, evidentemente, contarles acerca de Solzhenitsyn y de no sé qué archipiélago. Lamentablemente, más de la mitad de lo enunciado por ella resultó ininteligible y no había sido capaz de retenerlo en la memoria, de otra manera no estaría ahora ella sentada en la mesa de examinador manifiestamente ignorándolo ó haciendo ver que no lo reconoce. Sí, se le había atrancado bien esta lengua rusa, y sin embargo luego permaneció largo tiempo en Moscú, y la aprendió. En aquel momento se percataron rápido, pillaron a todos en flagrante delito: interceptaron una carta de uno de ellos – y si tú citas fragmentos de cualquier carta pero con los comentarios precisos, entonces sí que se puede realizar una acusación en toda la regla –. Así que la historia con esta espiral de la traición salió a pedir de boca: “se interesan por los disidentes, leen a disidentes, mientras la gran potencia nos está proporcionando ayuda fraternal, a ella – puede decirse – le debemos todo, y ellos van y leen literatura de traidores, de renegados.¡Largo de la Universidad! ¡Expulsar sin derecho a restablecimiento!”. Los expulsaron, y para siempre, en la asamblea general. Aquél, el de los ojos azules, bien orgulloso, levantose en silencio y abandonó la asamblea, ni siquiera deseó escuchar lo que iban a contar sobre él los camaradas. Y éste, poeta “extraño”, ni podía dar crédito a sus oídos. “¿Pero qué os pasa, muchachos? ¿De qué tengo yo la culpa? ¿Pero cómo podéis hablar así?”. Con lágrimas en los ojos. Menos mal que de antemano estaba ya todo dispuesto e incluso ensayado, y todos los que – cumpliendo su cometido – intervinieron, acusaron; hubo aun así algún instante, se notó, en que a alguno le tembló el corazón, pero nadie se lanzó... ¡Toma ésa! Sí que aún con todo la profesora soviética ésa desbarató algo, se entrometió, muy sabionda ella, pero y quién le mandó importunar: “Muchachos, ¿qué hacéis? ¡Reconsideradlo! Él es un chico intelectual... ¡Poeta! Y qué poemas compone...”. ¡¿Y qué nos han de importar sus poemas?! Nos ha sido encomendado: ¡echar a los calzonazos! ¡Todos los deficientes, largo de la Universidad! Y además sus nombres habían sido ya de antemano debatidos y aprobados. Allí donde ésto se resolvía. Con el tercero, dijeron, actuar según las circunstancias, para no crear una imagen de extremismo e impiedad, y así realzar el humanitarismo de la Revolución. Si se arrepiente, perdonarle. Y ya lo creo que se rajó, se arrepintió, que ya ni vas a acordarte de qué se retractaba, de seguro que habría de qué. Lloraba de tal modo que ni él mismo se percataba de sus lágrimas, quieras que no quinto curso, dos meses le quedaban para graduarse. El propio era también mulatico, así, flacucho, debilucho, creció sin padre, la madre fregaba la vajilla en el comedor para mantenerlo, lo perdonaron. Se libró con una reprimenda, por haber bajado la guardia. Aunque – puestos a recordar –, volvió a meterse en intelectualidades, reflexionando sobre arte, traduciendo al español a Pasternak, que hasta el día de hoy te lamentas... Habría que haberlo expulsado también.

                             Su cálculo había resultado exacto: el rubiales se marchará por sí mismo, al poeta echarlo, y al mulatico dejarlo, pero con una amonestación; así en la asignación de puestos, él mismo, Alberto, quedará situado en el primer lugar y le tocará el mejor destino. Hasta la fecha en las universidades se emplea el mismo sistema: para asignar los destinos se elabora una lista en la cual figura en primer lugar aquél que posea los mejores resultados y haya destacado en labores públicas y de las Juventudes del Partido, con esta lista es como se asigna, y – desde luego – no es lo mismo estar en el 1-er lugar que en el 4º ó ya en el 5º. Con mucha antelación a la asamblea él se había garantizado el apoyo de Juanita, una mulatica graciosa con un lunar sobre el labio superior, su sustituta en la Unión de Jóvenes Comunistas. Ella estaba dispuesta a cualquier cosa por él. Enamorada. Y él, aun habiendo mantenido relaciones íntimas con ella, nunca se había franqueado, únicamente le decía qué es lo que había que hacer, qué decir, dónde y cómo actuar. Pues nunca él llegó a enterarse de si ella estaba al corriente del espectáculo que habían representado. De hecho, hay que ver lo cándidos que resultaron ser esos tres, en verdad los atraparon – como suele decirse – “con las manos desnudas”. Seguro estaba de que y del archipiélago ese también habían leído, precisamente se había impreso en Argentina en español, pero ¿cómo obligarles a reconocerlo? – no vas a torturarlos, ¿no? –. Aunque a él se le antojó incluso, mas no lo permitieron, dijeron “nada de violencia física”. Así que, aparte de la carta (y ésto en verdad es una infracción de la ley de privacidad postal, ¡él bien que lo sabía!) y de las reflexiones escuchadas acerca de la disidencia de Solzhenitsyn, ellos no contaban con ninguna prueba de la “divergencia” de los acusados. Además de que la carta no contenía razonamiento sedicioso alguno, siendo leída de principio a fin. Llamaba la atención la inusual (al menos para él) forma: la carta incluía un epígrafe, y como epígrafe se esgrimía un extracto de la famosa carta a Fidel, escrita por Che Guevara antes de su partida a Bolivia.

                         Él consideró todas sus posibilidades, y de todo sacó provecho: “¡qué cinismo, qué insolencia, estos ideológicamente inestables, discrepantes renegados, han osado citar al Che! Indudablemente con el propósito de ridiculizar. ¡Blasfemia! ¡Irreverencia!” Y en la asamblea recitaba pasajes de la carta, que de inmediato interpretaba. Por supuesto que a él solo no se le hubiera ocurrido, le asistieron el decano y el secretario de organización del Partido. Que a ellos también les era preciso rendir cuentas ante la jefatura superior y demostrar con hechos su celo y lealtad. El propio estaba asombrado de la facilidad con que se puede destruir a una persona, no en sentido directo, por supuesto. Y en alguna parte, en lo más profundo del alma, centelleaba entonces una idea, ni siquiera idea, tan sólo un esbozo de la misma: “y en sentido directo también...”, pero él no permitió a esta idea desarrollarse y configurarse, la reprimió al instante. Esta su sorpresa por la simplicidad del mecanismo participativo fue un descubrimiento, una especie de revelación para él. Había “desenmascarado” a estos tres, le había parecido que aquéllos pensaban de modo distinto a lo obligado, al resto, receló de ellos, elaboró una acusación en su contra, y demostró que eran culpables, es decir, que ellos no eran como los demás, y que pensaban de otra manera. Y ellos, cual cachorrillos, ni siquiera se defendieron, fueron incapaces de concebir nada. “¡Vaya necios! Por éso es que hay que aplastaros, ¡por ser unos flojos!”. Luego ya fue avezandose en estas cuestiones, dejó de admirarse y en cada ocasión aguardaba sereno el resultado de sus “acciones”. ¡Siempre en el blanco! Así es. Qué se puede decir, aquel año resultó memorable, decisivo, aquella asamblea marcó el inicio de su encumbramiento. En aquel momento comprendió que lo fundamental consiste en ser incondicional y expeditivo, cauteloso y siempre dispuesto – a qué, no importa: importa la propia disposición a mostrarse inflexible en el momento oportuno –, discernir cómo identificar y neutralizar, delatar, tomar medidas. Lealtad y diligencia, he aquí su credo. ¡Todo okey! ¡Ante ti luz verde! Está haciendo el examen para este curso especial por cubrir las formalidades, pues mismamente ayer el Superior había anunciado: “Es necesario posibilitar el desarrollo de jóvenes y capacitados diplomáticos que hayan demostrado sus buenas aptitudes”. Ya se conoce a dónde irá, ahora es preciso estudiar una nueva lengua, pero ésto ya no le preocupa, ya le proporcionarán tiempo y le encontrarán un profesor. No conoce el país – tampoco le preocupa –. Él tiene sus objetivos. Los conocimientos ya se los proporcionarán otros como Jorge, dispondrá de diversos de esos jorges.

                            Alberto deja el manuscrito examen sobre la mesa uno de los primeros, y yo, enfrascada en la lectura de la revista “Ogonyok”, sin levantar la mirada hacia él, lo sitúo sobre el montoncillo de hojas escritas. Llega otro examinador y entonces puedo salir al pasillo a fumar. Pero en el pasillo me espera una no grata sorpresa: resulta que Alberto no se ha marchado, sino que, arrellanado con desenvoltura en el único sillón del lugar, conversa con cierta muchacha erguida junto a él. “Muy buenas, profesora”, – de inmediato me saluda, sin hacer siquiera intención de incorporarse, – ¿Me recuerda? Han pasado diez años... Pero usted no ha cambiado nada...”. ¡Menuda desfachatez! Mas sin embargo no merece la pena desperdiciar en él cualesquiera emociones. “Tú tampoco has cambiado nada”.

                    A última hora de la tarde, camino de casa, conduciendo en dirección a la Plaza de la Revolución, de nuevo me evado mentalmente a los acontecimientos de aquel año. Ante mis pupilas emergen dos jóvenes rostros, sonrientes, de ojos atentos, prácticamente todas mis lecciones las leía dirigiéndome hacia estos dos pares de ojos, y asímismo en algún lugar del pupitre de atrás deja entrever la memoria la cabeza gacha de Jorge, que todo lo anotaba.

                             En general, en la Universidad de La Habana se estila apuntar las lecciones casi palabra por palabra. Algunos profesores literalmente dictan. Por supuesto, ésto crea inconvenientes. Procuras hablar más pausadamente que de costumbre, y aun así a menudo se hace necesario repetir la misma frase. Aquí no se enseña a nadie a compendiar, se estimula el empollar. Estos dos, el rubio Manuel y el poeta Julio, anotaban lo más imprescindible, en esencia escuchaban, hacían muchas preguntas. Recuerdo claramente cómo ellos inquirían sobre Solzhenitsyn, y sus comentarios acerca del libro “La espiral de la traición de Solzhenitsyn”. El libro había sido escrito por cierto checo al que en la Unión Soviética proporcionaron archivos, cartas, fotografías, y ayudaron con todos los medios posibles tanto la Unión de Escritores de la URSS como la Unión de Periodistas como la Agencia de Prensa Nóvosti en el proceso de redacción de dicho “retrato biográfico”. Este checo habría sido supuestamente amigo de Solzhenitsyn, pero “habiendo detectado en él a un traidor, a un renegado” y etc. y etc., se había apartado de él, y compuso dicha obra. El libelo es hasta tal punto infame, que produce náuseas en el sentido literal de la palabra, mas al fin y al cabo, si se llega a leer todo hasta el final, produce un efecto contrario. Cuanto más cubre de barro el autor a Solzhenitsyn, más abominable y ruin luce su propia facha, y el título del susodicho panfletucho puede atribuirse referente al autor: “La espiral de la traición de Tomáš Řezáč”. Por cierto, que este Řezáč, que en aquellos años vivía en el extranjero, bien que se forró con este “pseudorretrato”, dado que el interés hacia Solzhenitsyn en el mundo era (y es) enorme, el autor apresuradamente tradujo el libro a varias lenguas extranjeras, y en verdad se agotó el mismo de inmediato. Muchos lectores después se asquearon, pero la divisa fuerte yacía ya en las cuentas bancarias del “afortunado creador”.

                            Había salido el día nebuloso, desacostumbrado para los trópicos. Juanita regresaba a casa con el pequeño Albertico. El chiquillo se encaprichaba, quería pasear, pero Juana tenía miedo de que se pusiera a llover y los empapara, y de que el niño pudiera constiparse. Hoy recibió ella por vez primera carta desde China. Ésta era muy breve. Le escribía Alberto que todo le iba bien, que había sido ascendido en la misión diplomática y en corto plazo llegaría de vacaciones. Y lo demás – todas con Albertico de móvil – nada más que preguntas: qué tal habla, a qué juega, aprende a leer y a escribir, y demás. No había tenido suerte Alberto en su matrimonio: Lourdes no puede tener hijos, por ésto desde que nació Albertico Juanita tiene mucho miedo de que él arrebate su hijo a ella. “¡Señor, te lo ruego, no lo consientas! Auxiliame, Señor” – de pronto inopinadamente para ella misma invocó de pensamiento a Dios –, “y  es que éste es capaz de cualquier cosa, ¡espantosa persona este Alberto!”. Abrió la puerta del apartamento, a donde hacía nada se había mudado desde provincias, encendió la luz pues le dio la impresión de que estaba muy oscuro. Pasó a la cocina y puso a hervir café. Albertico al instante empezó a dedicarse a los juguetes, los cuales ya el día de la mudanza estaban aguardandole en su cuarto. El café hirvió. Se sirvió una gran taza hasta arriba y prendió un cigarrillo. ¿Por qué esta carta originaba en ella una sensación de temor? Juanita se quedó mirando por la ventana con la mirada perdida. Sí, desde el primer momento, en cuanto inesperadamente le propusieron trabajar en La Habana y le concedieron este alojamiento (¡hacía ya tantos años que en La Habana no concedían a nadie alojamiento!), el temor la persigue. Le da en ocasiones la impresión, ¿y no podría ser que se le esté originando una paranoia? ¿Pues no estará enferma? No, ahora ella sabe de seguro: en todo este “éxito” suyo se ve la mano de él. A él le hace falta agarrarse tenazmente a ella, ó sea, al hijo. Es preciso que ella viva allí donde él la colocó, que ella trabaje allí donde él la colocó. Para que no pueda esconderse de él. Él necesita al hijo. Si a él se le antoja arrebatarle el hijo, se lo arrebatará, y ningún tribunal va a poder ayudarla. Él puede comprar testigos y con ayuda de los mismos demostrar lo que haga falta con tal de privarla de su patria potestad. ¿Y qué puedo hacer? Escapar, perderse, pero la isla no es grande. Y además es necesario trabajar, aunque regularmente, cada mes, le hayan asignado una suma considerable en nombre de él – para el sustento del hijo –. Aun no habiéndose casado con ella, sí se mostró dispuesto a reconocer a su hijo y le puso su apellido. Y ahora ella estaba en sus manos, ya va a llegar en breve de vacaciones y le quitará al hijo, y nadie podrá impedirlo. Nadie. Albertico va a vivir con él. ¿Y qué hacer? Anegada en espontáneo llanto. El sentimiento de impotencia le hizo desear morir, de inmediato, arrojarse desde la última planta del edificio, rociarse de queroseno (en cierta ocasión había sido testigo de tal horrorosa muerte), abrirse las venas con una cuchilla ó quizás envenenarse. Corrió al cuarto de baño y abrió el pequeño armarito sobre el lavabo: medios para el envenenamiento había suficientes. Desde el espejo la contemplaba un moreno-oscuro rostro, al que el lunar sobre el labio superior daba un aspecto trivial. Juana examinó atentamente su cara, se aseó y salió del baño. No, ella no podía suicidarse, porque estaba Albertico, incluso en el caso de que el padre se lo llevara consigo. ¡Y – desde luego – no lo quiera Dios, morirse! ¡Ella no hará nada, no conoce, no sabe, ¿y hasta puede ser que en absoluto sea capaz?! Antes, hace muchos años, se había doblegado a una voluntad ajena. Lo amaba. No obstante, la razón no había sido únicamente aquélla. La razón yacía en que así resultaba más sencillo, dejar que todo siguiera su curso natural. Por supuesto que ella no era tan estúpida como para no darse cuenta de que Alberto había arruinado entonces a tres chiquillos, pues contaban aquéllos con poco más de veinte. Ella comprendía que todo había resultado horriblemente vil, amañado aposta por él, mas desconocía de qué manera se hubiera podido alterar todo el curso de los acontecimientos. “¿Disputar? ¿Para qué? De todos modos no voy a conseguir nada. Van a echarme de este estupendo piso, van a despedirme del trabajo... No, yo debo encajar todo, en el nombre de Albertico. Cuando crezca ya sabrá entenderlo. Nos reuniremos cuando se haga mayor”. Juana penetró en el cuarto del niño y abrazó al hijo: “¡Ya se ha hecho muy tarde, cariño mío! Venga, a dormir, que ya pronto va a venir tu papá”.

                            En cierta ocasión me telefoneó Juanita: “Profesora, ¿sabe que Alberto está en La Habana? ¿De dónde ha llegado? No sé. Todavía no nos ha visitado. No lo ha tenido a bien”. “¡Resiste!” – fue mi respuesta. ¿Desde qué parajes y desde qué morada se estaba él apresurando en esta radiante por el sol y bañada por la nocturna lluvia mañana de sábado hacia la Plaza de la Universidad – a donde algunos de nosotros, profesores universitarios, habíamos sido convocados de urgencia para festejo incógnito – ? Reynaldo se sentó al volante del recién lavado automóvil, y yo en un vestido de seda azul y chaqueta blanca (se había exigido comparecer en atuendo de gala) me acomodé junto a él. Mi marido todo el camino fue bromeando y regodeandose de mi aspecto serio: “Seguramente os van a exponer en una subasta, yo estoy decidido a obtener por ti una pingüe suma, ¡tenlo en cuenta!”. “Pero si yo soy la docente más modesta de todos los docentes”, – le seguía yo el juego. “La modestia embellece. ¿Quién gustaba de decir éso? Correcto. Lavrenti Pávlovich Beria”, – Reynaldo no se quedaba atrás. Cuando llegamos a la Colina Universitaria, en derredor ya estaba todo cubierto de coches, y con dificultad hallamos un lugar para aparcar. De inmediato comencé a buscar con los ojos a los “míos” y, abriéndome paso hacia ellos, distinguí de reojo algo desagradable, un cierto estorbo, pero me olvidé de ello al instante. Fue solicitado a nuestro pequeño grupo (de unas quince personas) que nos colocásemos más parejos. Mi colega ya había tenido ocasión de susurrarme que íbamos a ser condecorados. Se impuso un silencio solemne. Justo frente a nosotros se había alineado toda una comitiva, compuesta enteramente por altos cargos, a muchos de los cuales conocía yo de cerca, con algunos incluso tenía relación grata. Y fue entonces cuando comprendí cuál era el “estorbo” que se había apoderado de mi visión lateral. Un alto y esbelto hombre en elegante traje estival (que resultó ser él) con lindo peinado, con estricta raya, cabello sobre cabello. Cien por cien europeo, pareciera que hasta la piel se le había emblanquecido. Sin embargo, todavía el mismo rostro abultado, la misma traza pueril. Pronuncianse palabras solemnes, felicitaciones, hincan los galardones en el pecho, obsequian flores, estrechan manos, se dan besos. Va llegando mi turno. “¡Nunca de sus manos! No voy a aceptarlo” – decido yo repentinamente. Él, cual si hubiera sentido algo, me lanzó una breve y alarmada mirada, pausa breve, y he aquí que hacia mí se dirige ya el rector en persona: “¡Profesora Vera! ¡Felicidades!...”. Una voz de alguien enumera mis méritos. Cubro mi cara con las flores, siempre igual de burlona, ay, que me echo a llorar... Más tarde un pequeño ágape, champán, estallidos ocasionales de risas, voces anónimas interrumpiendo unas a otras; en fin, agitación, e inusitadamente a través de esta agitación y zumbido llega hasta mí una voz familiar: “¡Sí, sí! ¡Tal honor! Personalmente con él. Conversamos nada menos que diez minutos.Yo le relaté cómo nosotros en aquel entonces aquí, en La Habana, leíamos sus libros: “Archipiélago GULAG”, también “Pabellón de cáncer”  – ¡y los esfuerzos que ésto nos conllevaba! Se conmovió tanto... en realidad ya es mayor, bastante mayor. Por cierto, que elogió mi ruso. Mucho lo elogió. Sí, dice, será usted mi intérprete de español”.

                                    Ya en el coche me desenganché el galardón de la solapa de la chaqueta. Reynaldo me miró con desconcierto: “Tú te lo mereces. Llévalo. Es un gran honor”. “Para mí, demasiado grande”... Yo miraba derecho ante mí, y el automóvil saltó a la despoblada a estas horas carretera, convexa cual si fuera un costado del globo terrestre, y la línea del horizonte separara por el medio cielo y tierra.

вторник, 3 июля 2012 г.

Clarividente




Maya Kucherskaya.
Traducción de Мари Мартнер

Lyonya Andreev se había vuelto drogadícto.
Se  convirtió sin darse cuenta y durante mucho tiempo no sabía que era un verdadero narcómano. Se pinchaba heroína pero más a menudo “el tornillo”. Su amigo íntimo lo preparaba muy bien y poco a poco enseñó a Lyonya cómo hacerlo. ¿Y a quién le importaba que él se metiera algo? Todo el mundo lo hace. De todos  modos a veces Lyonya pasaba por su universidad químico-tecnológica, pasaba los exámenes, volvía a examenarse y solo una vez a la semana iba a ver a su amigo. Pero pronto su amigo se fue a otra ciudad a resolver algún problema.
En aquel momento Lyonya entendió que estaba enganchado y no podía esperar ni un momento. Enseguida llamó al amigo del amigo y ese chico le ayudó.
Juntos se compraron todo lo que nececitaban y prepararon “el tornillo”. Después su mejor amigo volvió y todo fue como antes.
Pero Lyonya empezó a visitar a su amigo más y más a menudo. De todos modos era dragodicto, entonces podía hacerlo y no mentirse.
Una vez, cuando Lyonya se drogó mucho y se desvaneció, tuvo una visión. La visión era tan escalofriante que incluso gritó, lloró y pidió que lo dejaran en paz. Nunca contaba a nadie lo qué había visto aquel día pero cuando volvió en sí, cambió de cara y por primera vez en toda su vida fue a la iglesia.
Allí le explicaron que las drogas eran un asunto perdido y que las dejara.
Pero dejarlas, ¿cómo? Tener síndrome de obstinencia – vale, pero tendría que buscar algún objetivo en la vida...¿dónde? Es que Lyonya no podía vivir sin objetivo.
Le explicaron en el grupo de drogadictos en la iglesia que frecuentaba ahora que el objetivo de la vida era la salvación del alma. Pero eso tampoco le ayudaba. ¿Qué salvación? ¿de qué alma? Pues significaba acercarse a Diós, limpiar su alma, librarla de pasiones. Y eso tampoco le ayudaba.
Ya pensaba dejar ese “taller de manitas”, y sus nuevos conocidos del grupo de drogadictos le dijeron también: “claro, déjalo! Pero antes vete a ver al padre Vladimir, es un hombre que mola, te caerá bien.” “No quiero ir a ver a ningún padre Vladimir, yo quiero “el tornillo” de nuevo.” Pero apenas lo dijo, recordó la visión que había tenido y fue a ver al cura.
El padre Vladimir le escuchó un momento y de repente empezó a contarle su visión. Lyonya quedó estupefacto. El padre Vladimir relató todo de su visión, sólo sin entrar en detalles.
Lyonya, estremecido, le preguntó: “¿Cómo lo sabe Vd.?”
El padre le dijo: es que lo que tú habías visto era el enfierno.
Y desde entonces el padre Vladimir cautivó a Lyonya, tal vez por su clarividencia, tal vez por su erudición. Ahora él se había convertido en el guía espiritual de Lyonya. El chico no pensaba ni en su objetivo en la vida, ni en nada más. Ayudaba al padre con sus asuntos de la parroquia. Después se licenció y organizó una empresa de construcción. Prosperó tanto que de pronto en la iglesia del padre Vladimir se terminaron las obras, adornaron el suelo con el mármol, compraron en subasta unos íconos antiguos...¿Y con qué había empezado todo esto? Con “el tornillo”.
10 años más tarde Lyonya se mudó con su familia a Noruega, y allí conoció a un empresario ruso, también  dueño de una empresa rusa grande. Empezaron a charlar y después se hicieron buenos vecinos. En su casa Lyonya reconoció en una de las fotos a su nuevo amigo con el padre Vladimir. Pero este último sin barba. Se sorprendió muchísimo.
Se puso en claro que mucho tiempo atrás este empresario había estudiado en la misma universidad que el padre Vladimir. Y los chicos solían meterse “el tornillo” de vez en cuando... Pero eso no duró mucho tiempo.
“Una vez Vovik tuvo una alucinación horrible que le hizo gritar y llorar, - dijo el empresario a Lyonya. – Y después contó que había visto muchos diablos vivos que se burlaban de él. Y ahora, como ves, ha dejado todo eso, e incluso se hizo cura...Hay que enviarle una invitación para que venga... Vamos a recordar nuestra juventud...”
“Eso sí que estaría bien”, - aceptó Lyonya con facilidad.