пятница, 30 ноября 2012 г.

La desolación.


Habían pasado dos meses después del naufragio. El tiempo sí parecía curar las heridas en el cuerpo de Narciso, pero él se sentía más y más desesperado con el paso de los días. Ni un recuerdo de quién era él había retrasado a Narciso, y así que le parecían ajenos no solo el país donde estaba y la gente de la que estaba rodeado, sino él mismo.
Se sabía que el barco con el que había llegado Narciso - o, para ser más precisos, el que había sufrido aquel tremendo naufragio - provenía de España. Sin embargo, como era el único quien sobrevivió el desastre, nadie le podía decir por qué había llegado Narciso, y él no podía regresar a España sin pagar por el viaje. Y encima, era demasiado débil para viajar.
Así se pasaba Narciso los días, en la agonía intolerable, muriendo del anhelo de volver a la vida normal. Albergándose en un desmán de una familia indígena muy pobre, sufriendo de hambre, Narciso encontraba el único remedio en los periódicos españoles: en los viejos que él descubría de vez en cuando por todas partes de la ciudad, y en los nuevos que llegaban de España con un retraso inmenso. Creía que iba a encontrar algo, un pequeñito articulo que echara luz sobre su origen, su nombre, su vida anterior… Le encantaba que a veces hubiese textos graciosos que le hacían olvidar por un rato su situación, pero también había una columna muy especial, escrita por un incógnito quien solo ponía ‘María’ debajo de sus textos.  Los sueltos de María eran tan finos, tan profundos y sinceros, que una vez le hicieron llorar a Narciso. A veces trataban de las observaciones cotidianas de la autora, o de sus viajes y emociones, y cada vez Narciso los leía de principio a fin y esperaba con impaciencia la llegada de los nuevos. 
Un día Narciso estaba ayudando a un pescador en el puerto de Buenos Aires, cuando de repente notó a un hombre leyendo el periódico en el que publicaba sus textos María. Al mirar más de cerca, Narciso vio el título sobre la esperada columna: 'El ultimo suelto de María', que casi le hizo desmayarse. Narciso se puso fuera de sí, cogió el periódico de las manos del desconocido y se fue corriendo a su desmán. Supo precisamente que tenía que hacer. Una hoja de papel marrón del tiempo. Un trozo de carbón. Una carta muy corta: 'No me dejes, María. Hace dos meses sobreviví un naufragio, y hace aquel día he vivido como un ratón en este desmán pequeño sin saber quién soy, sin nada mas que tus palabras escritas que me consuelan en mi desesperanza, que me parecen tan íntimos y a pesar de todo me dan razón para vivir. Te amo locamente, profundamente. No me dejes, María. No me dejes. El innombrable. Buenos Aires, 10 de marzo de 1799'. Después corrió al puerto, le dio a un marinero del barco que estaba a punto de salir a España la carta y la página del periódico con la dirección de la edición. Y se puso a esperar. 

Pronto Narciso perdió la cuenta de los días. Casi no dormía, pero cuando dormía soñaba que María se estaba bajando de un barco en el puerto de Buenos Aires. La mujer en su sueño tenía la cara cubierta con velo negro, pero el sabía que era hermosa. Claramente, sabía que ella había llegado por él. 

Y de verdad llegaron por él. Un día a principios de mayo él estaba en el puerto, mirando los barcos. No le podía parecer: una mujer con la cara cubierta se estaba bajando al amarradero. Narciso no podía moverse de la conmoción y solo miraba como la mujer se dirigía a los transeúntes enseñándoles una hoja de papel… No lo podía creer: un chico enseñó a Narciso y la mujer se estaba acercando rápidamente a el… La mujer con ojos grises muy largos, como los de Narciso, pero rodeados de arrugas profundas. '¡Narciso! - gritó la mujer abrazándole. ¡Cariño, qué suerte! ¡Pensábamos que estabas muerto! ¡Que alivio nos dieron tus compañeros de la edición al mostrar tu carta! No importa que no me recuerdes, he traído tu cuaderno con todos tus textos, pensamientos y dibujos. ¡Seguro que nos va a ayudar!' 
En el instante siguiente apareció de la bolsa de la mujer un cuaderno enorme con la tapa hecha de piel fina, en la que estaba grabado el nombre: Narciso María Pelayo.     


Valerya Ivasikh

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