воскресенье, 15 июля 2012 г.

VERA KONINA

 Traducción de Fernando Gimeno



                                                                     EL LÍDER






                               Se celebra la convocatoria de acceso para los candidatos al curso especial de traducción simultánea. Hay muchos pretendientes, mas el examen es difícil. Pues ya unas cuantas personas, con autodesconfianza, han abandonado el auditorio sin haber concluido la prueba. Y él permanece sentado y escribe. En estos diez años que han transcurrido desde aquel memorable momento yo lo veo por vez primera, aunque en ocasiones me habían ido llegando rumores acerca de la mareante carrera que le tenía proyectado el destino. No obstante, yo misma sé con certeza que aquí el destino no ha tenido nada que ver. Inmediatamente tras finalizar la Universidad se coloca de intérprete en el Consejo de Estado y en el Consejo de Ministros (y ésto con semejantes conocimientos, mejor dicho, desconocimientos, de la lengua rusa), viajes frecuentes al extranjero, y literalmente al cabo de dos años ya es diplomático, Primer Secretario de la Embajada de Cuba en Yugoslavia. Ahora tiene ya sus treinta, pero su rostro es todavía infantil, sólo que gordo. Gordo, nutrido rostro de mulato, los cuales no envejecen nada, ó bien envejecen muy lentamente. Parece muy seguro de sí mismo, ni por un segundo se detiene la marcha de su lapicero por el papel, solamente en contadas ocasiones frunce levemente el ceño y mira de reojo condescendiente a los circundantes. Él conoce su valía, pues sabe de seguro que ya ha sido admitido también a este curso. En vano se han acicalado con ocasión del examen estos muchachos presentes. Él – por el contrario – ha llegado con su peor camisa, más bien con lo que llamamos “blusón de trabajo”, y con parejos pantalones. Y la camisa esta la luce desabotonada casi hasta la cintura. Una imagen de desidia, de hacerse el simplón, el “campechanote”. Probablemente, dirigiéndose a las recepciones y cenas protocolarias en Belgrado ó en Moscú, se engalanaba con mayor esmero. En diez años puede aprenderse mucho, y él, por supuesto, había pasado por buena escuela, pues de afán no carecía y además era diestro de entendederas. Literatura rusa ó soviética no le hacían falta, ¿qué vas a encontrar, en esas literaturas? Pero los exámenes los aprobaba. Ahí tú nada más has de saber las respuestas. Especialmente aquéllas que precisa el examinador. Y si al examinador alguna cosa no le convence, pues también al examinador puede impugnarse. Y de hecho hubo impugnaciones. Se dieron esos tiempos. Ahora, claro, se liberaliza mucho, se ha urdido una democracia, ahí en la biblioteca “José Martí” imparten un curso especial de literatura de la perestroika. No se comprende únicamente álgo: ¿quién lo ha permitido? Mas el ponente es un literato soviético, no hay nada que hacer. De entre toda la gente, él bien que sabe que en breve sa va a terminar todo. Regresan sus tiempos, cuando decididamente joven, inculto e ignorante, casi del lumpen, de pronto se convirtió en un líder y encabezó en esta facultad uno de los “gloriosos movimientos” en la historia de la Revolución, al cual bautizaron de la algo compleja manera “profundización de la conciencia ideológica”. Ninguno de los aquí sentados se imagina a qué velocidad transcurrió el proceso de su evolución, de qué modo el muchacho campesino de ayer en el transcurso de un año se transformó en delator, acusador, “agitador, vocinglero, cabecilla”. Sí, ésto es lo único que pudo retener de Mayakovsky. Y aquellos otros, ¿de dónde y qué es lo que habían sacado? Recitaban de memoria a Pushkin y a Blok, analizaban el estilo de Tolstói, discutían acerca de Dostoyevski. ¡Cómo los odiaba! Éso sí que es de verdad odio clasista. Odiaba su piel blanca, sus ojos azules, el cabello suave y dócil. Contemplaba envidioso con qué facilidad se les daba el ruso, la desenvoltura con que se comunicaban con los profesores soviéticos, siempre haciendo preguntas, ansiando conocerlo todo. Y he aquí que la curiosidad los arruinó. Él es que ni siquiera el nombre había oído, “Solzhenitsyn”, y en que lo hubo oído, de inmediato lo olvidó. Menos mal que Jorge trajo precisamente este libro al auditorio, “La espiral de la traición de Solzhenitsyn”. Y en este punto él lo atrapó, aun ignorando todavía de qué iba el asunto. En alguna parte había oído algo, “disidente”, “deportado”, “traidor”. Y ésos ya lo habían leído y ya mismo se dirigían a la profesora soviética demandando aclaraciones. Aquélla, como si nada más estuviera aguardando las consultas, tras la lección se quedó con ellos, de tal modo era crucial, evidentemente, contarles acerca de Solzhenitsyn y de no sé qué archipiélago. Lamentablemente, más de la mitad de lo enunciado por ella resultó ininteligible y no había sido capaz de retenerlo en la memoria, de otra manera no estaría ahora ella sentada en la mesa de examinador manifiestamente ignorándolo ó haciendo ver que no lo reconoce. Sí, se le había atrancado bien esta lengua rusa, y sin embargo luego permaneció largo tiempo en Moscú, y la aprendió. En aquel momento se percataron rápido, pillaron a todos en flagrante delito: interceptaron una carta de uno de ellos – y si tú citas fragmentos de cualquier carta pero con los comentarios precisos, entonces sí que se puede realizar una acusación en toda la regla –. Así que la historia con esta espiral de la traición salió a pedir de boca: “se interesan por los disidentes, leen a disidentes, mientras la gran potencia nos está proporcionando ayuda fraternal, a ella – puede decirse – le debemos todo, y ellos van y leen literatura de traidores, de renegados.¡Largo de la Universidad! ¡Expulsar sin derecho a restablecimiento!”. Los expulsaron, y para siempre, en la asamblea general. Aquél, el de los ojos azules, bien orgulloso, levantose en silencio y abandonó la asamblea, ni siquiera deseó escuchar lo que iban a contar sobre él los camaradas. Y éste, poeta “extraño”, ni podía dar crédito a sus oídos. “¿Pero qué os pasa, muchachos? ¿De qué tengo yo la culpa? ¿Pero cómo podéis hablar así?”. Con lágrimas en los ojos. Menos mal que de antemano estaba ya todo dispuesto e incluso ensayado, y todos los que – cumpliendo su cometido – intervinieron, acusaron; hubo aun así algún instante, se notó, en que a alguno le tembló el corazón, pero nadie se lanzó... ¡Toma ésa! Sí que aún con todo la profesora soviética ésa desbarató algo, se entrometió, muy sabionda ella, pero y quién le mandó importunar: “Muchachos, ¿qué hacéis? ¡Reconsideradlo! Él es un chico intelectual... ¡Poeta! Y qué poemas compone...”. ¡¿Y qué nos han de importar sus poemas?! Nos ha sido encomendado: ¡echar a los calzonazos! ¡Todos los deficientes, largo de la Universidad! Y además sus nombres habían sido ya de antemano debatidos y aprobados. Allí donde ésto se resolvía. Con el tercero, dijeron, actuar según las circunstancias, para no crear una imagen de extremismo e impiedad, y así realzar el humanitarismo de la Revolución. Si se arrepiente, perdonarle. Y ya lo creo que se rajó, se arrepintió, que ya ni vas a acordarte de qué se retractaba, de seguro que habría de qué. Lloraba de tal modo que ni él mismo se percataba de sus lágrimas, quieras que no quinto curso, dos meses le quedaban para graduarse. El propio era también mulatico, así, flacucho, debilucho, creció sin padre, la madre fregaba la vajilla en el comedor para mantenerlo, lo perdonaron. Se libró con una reprimenda, por haber bajado la guardia. Aunque – puestos a recordar –, volvió a meterse en intelectualidades, reflexionando sobre arte, traduciendo al español a Pasternak, que hasta el día de hoy te lamentas... Habría que haberlo expulsado también.

                             Su cálculo había resultado exacto: el rubiales se marchará por sí mismo, al poeta echarlo, y al mulatico dejarlo, pero con una amonestación; así en la asignación de puestos, él mismo, Alberto, quedará situado en el primer lugar y le tocará el mejor destino. Hasta la fecha en las universidades se emplea el mismo sistema: para asignar los destinos se elabora una lista en la cual figura en primer lugar aquél que posea los mejores resultados y haya destacado en labores públicas y de las Juventudes del Partido, con esta lista es como se asigna, y – desde luego – no es lo mismo estar en el 1-er lugar que en el 4º ó ya en el 5º. Con mucha antelación a la asamblea él se había garantizado el apoyo de Juanita, una mulatica graciosa con un lunar sobre el labio superior, su sustituta en la Unión de Jóvenes Comunistas. Ella estaba dispuesta a cualquier cosa por él. Enamorada. Y él, aun habiendo mantenido relaciones íntimas con ella, nunca se había franqueado, únicamente le decía qué es lo que había que hacer, qué decir, dónde y cómo actuar. Pues nunca él llegó a enterarse de si ella estaba al corriente del espectáculo que habían representado. De hecho, hay que ver lo cándidos que resultaron ser esos tres, en verdad los atraparon – como suele decirse – “con las manos desnudas”. Seguro estaba de que y del archipiélago ese también habían leído, precisamente se había impreso en Argentina en español, pero ¿cómo obligarles a reconocerlo? – no vas a torturarlos, ¿no? –. Aunque a él se le antojó incluso, mas no lo permitieron, dijeron “nada de violencia física”. Así que, aparte de la carta (y ésto en verdad es una infracción de la ley de privacidad postal, ¡él bien que lo sabía!) y de las reflexiones escuchadas acerca de la disidencia de Solzhenitsyn, ellos no contaban con ninguna prueba de la “divergencia” de los acusados. Además de que la carta no contenía razonamiento sedicioso alguno, siendo leída de principio a fin. Llamaba la atención la inusual (al menos para él) forma: la carta incluía un epígrafe, y como epígrafe se esgrimía un extracto de la famosa carta a Fidel, escrita por Che Guevara antes de su partida a Bolivia.

                         Él consideró todas sus posibilidades, y de todo sacó provecho: “¡qué cinismo, qué insolencia, estos ideológicamente inestables, discrepantes renegados, han osado citar al Che! Indudablemente con el propósito de ridiculizar. ¡Blasfemia! ¡Irreverencia!” Y en la asamblea recitaba pasajes de la carta, que de inmediato interpretaba. Por supuesto que a él solo no se le hubiera ocurrido, le asistieron el decano y el secretario de organización del Partido. Que a ellos también les era preciso rendir cuentas ante la jefatura superior y demostrar con hechos su celo y lealtad. El propio estaba asombrado de la facilidad con que se puede destruir a una persona, no en sentido directo, por supuesto. Y en alguna parte, en lo más profundo del alma, centelleaba entonces una idea, ni siquiera idea, tan sólo un esbozo de la misma: “y en sentido directo también...”, pero él no permitió a esta idea desarrollarse y configurarse, la reprimió al instante. Esta su sorpresa por la simplicidad del mecanismo participativo fue un descubrimiento, una especie de revelación para él. Había “desenmascarado” a estos tres, le había parecido que aquéllos pensaban de modo distinto a lo obligado, al resto, receló de ellos, elaboró una acusación en su contra, y demostró que eran culpables, es decir, que ellos no eran como los demás, y que pensaban de otra manera. Y ellos, cual cachorrillos, ni siquiera se defendieron, fueron incapaces de concebir nada. “¡Vaya necios! Por éso es que hay que aplastaros, ¡por ser unos flojos!”. Luego ya fue avezandose en estas cuestiones, dejó de admirarse y en cada ocasión aguardaba sereno el resultado de sus “acciones”. ¡Siempre en el blanco! Así es. Qué se puede decir, aquel año resultó memorable, decisivo, aquella asamblea marcó el inicio de su encumbramiento. En aquel momento comprendió que lo fundamental consiste en ser incondicional y expeditivo, cauteloso y siempre dispuesto – a qué, no importa: importa la propia disposición a mostrarse inflexible en el momento oportuno –, discernir cómo identificar y neutralizar, delatar, tomar medidas. Lealtad y diligencia, he aquí su credo. ¡Todo okey! ¡Ante ti luz verde! Está haciendo el examen para este curso especial por cubrir las formalidades, pues mismamente ayer el Superior había anunciado: “Es necesario posibilitar el desarrollo de jóvenes y capacitados diplomáticos que hayan demostrado sus buenas aptitudes”. Ya se conoce a dónde irá, ahora es preciso estudiar una nueva lengua, pero ésto ya no le preocupa, ya le proporcionarán tiempo y le encontrarán un profesor. No conoce el país – tampoco le preocupa –. Él tiene sus objetivos. Los conocimientos ya se los proporcionarán otros como Jorge, dispondrá de diversos de esos jorges.

                            Alberto deja el manuscrito examen sobre la mesa uno de los primeros, y yo, enfrascada en la lectura de la revista “Ogonyok”, sin levantar la mirada hacia él, lo sitúo sobre el montoncillo de hojas escritas. Llega otro examinador y entonces puedo salir al pasillo a fumar. Pero en el pasillo me espera una no grata sorpresa: resulta que Alberto no se ha marchado, sino que, arrellanado con desenvoltura en el único sillón del lugar, conversa con cierta muchacha erguida junto a él. “Muy buenas, profesora”, – de inmediato me saluda, sin hacer siquiera intención de incorporarse, – ¿Me recuerda? Han pasado diez años... Pero usted no ha cambiado nada...”. ¡Menuda desfachatez! Mas sin embargo no merece la pena desperdiciar en él cualesquiera emociones. “Tú tampoco has cambiado nada”.

                    A última hora de la tarde, camino de casa, conduciendo en dirección a la Plaza de la Revolución, de nuevo me evado mentalmente a los acontecimientos de aquel año. Ante mis pupilas emergen dos jóvenes rostros, sonrientes, de ojos atentos, prácticamente todas mis lecciones las leía dirigiéndome hacia estos dos pares de ojos, y asímismo en algún lugar del pupitre de atrás deja entrever la memoria la cabeza gacha de Jorge, que todo lo anotaba.

                             En general, en la Universidad de La Habana se estila apuntar las lecciones casi palabra por palabra. Algunos profesores literalmente dictan. Por supuesto, ésto crea inconvenientes. Procuras hablar más pausadamente que de costumbre, y aun así a menudo se hace necesario repetir la misma frase. Aquí no se enseña a nadie a compendiar, se estimula el empollar. Estos dos, el rubio Manuel y el poeta Julio, anotaban lo más imprescindible, en esencia escuchaban, hacían muchas preguntas. Recuerdo claramente cómo ellos inquirían sobre Solzhenitsyn, y sus comentarios acerca del libro “La espiral de la traición de Solzhenitsyn”. El libro había sido escrito por cierto checo al que en la Unión Soviética proporcionaron archivos, cartas, fotografías, y ayudaron con todos los medios posibles tanto la Unión de Escritores de la URSS como la Unión de Periodistas como la Agencia de Prensa Nóvosti en el proceso de redacción de dicho “retrato biográfico”. Este checo habría sido supuestamente amigo de Solzhenitsyn, pero “habiendo detectado en él a un traidor, a un renegado” y etc. y etc., se había apartado de él, y compuso dicha obra. El libelo es hasta tal punto infame, que produce náuseas en el sentido literal de la palabra, mas al fin y al cabo, si se llega a leer todo hasta el final, produce un efecto contrario. Cuanto más cubre de barro el autor a Solzhenitsyn, más abominable y ruin luce su propia facha, y el título del susodicho panfletucho puede atribuirse referente al autor: “La espiral de la traición de Tomáš Řezáč”. Por cierto, que este Řezáč, que en aquellos años vivía en el extranjero, bien que se forró con este “pseudorretrato”, dado que el interés hacia Solzhenitsyn en el mundo era (y es) enorme, el autor apresuradamente tradujo el libro a varias lenguas extranjeras, y en verdad se agotó el mismo de inmediato. Muchos lectores después se asquearon, pero la divisa fuerte yacía ya en las cuentas bancarias del “afortunado creador”.

                            Había salido el día nebuloso, desacostumbrado para los trópicos. Juanita regresaba a casa con el pequeño Albertico. El chiquillo se encaprichaba, quería pasear, pero Juana tenía miedo de que se pusiera a llover y los empapara, y de que el niño pudiera constiparse. Hoy recibió ella por vez primera carta desde China. Ésta era muy breve. Le escribía Alberto que todo le iba bien, que había sido ascendido en la misión diplomática y en corto plazo llegaría de vacaciones. Y lo demás – todas con Albertico de móvil – nada más que preguntas: qué tal habla, a qué juega, aprende a leer y a escribir, y demás. No había tenido suerte Alberto en su matrimonio: Lourdes no puede tener hijos, por ésto desde que nació Albertico Juanita tiene mucho miedo de que él arrebate su hijo a ella. “¡Señor, te lo ruego, no lo consientas! Auxiliame, Señor” – de pronto inopinadamente para ella misma invocó de pensamiento a Dios –, “y  es que éste es capaz de cualquier cosa, ¡espantosa persona este Alberto!”. Abrió la puerta del apartamento, a donde hacía nada se había mudado desde provincias, encendió la luz pues le dio la impresión de que estaba muy oscuro. Pasó a la cocina y puso a hervir café. Albertico al instante empezó a dedicarse a los juguetes, los cuales ya el día de la mudanza estaban aguardandole en su cuarto. El café hirvió. Se sirvió una gran taza hasta arriba y prendió un cigarrillo. ¿Por qué esta carta originaba en ella una sensación de temor? Juanita se quedó mirando por la ventana con la mirada perdida. Sí, desde el primer momento, en cuanto inesperadamente le propusieron trabajar en La Habana y le concedieron este alojamiento (¡hacía ya tantos años que en La Habana no concedían a nadie alojamiento!), el temor la persigue. Le da en ocasiones la impresión, ¿y no podría ser que se le esté originando una paranoia? ¿Pues no estará enferma? No, ahora ella sabe de seguro: en todo este “éxito” suyo se ve la mano de él. A él le hace falta agarrarse tenazmente a ella, ó sea, al hijo. Es preciso que ella viva allí donde él la colocó, que ella trabaje allí donde él la colocó. Para que no pueda esconderse de él. Él necesita al hijo. Si a él se le antoja arrebatarle el hijo, se lo arrebatará, y ningún tribunal va a poder ayudarla. Él puede comprar testigos y con ayuda de los mismos demostrar lo que haga falta con tal de privarla de su patria potestad. ¿Y qué puedo hacer? Escapar, perderse, pero la isla no es grande. Y además es necesario trabajar, aunque regularmente, cada mes, le hayan asignado una suma considerable en nombre de él – para el sustento del hijo –. Aun no habiéndose casado con ella, sí se mostró dispuesto a reconocer a su hijo y le puso su apellido. Y ahora ella estaba en sus manos, ya va a llegar en breve de vacaciones y le quitará al hijo, y nadie podrá impedirlo. Nadie. Albertico va a vivir con él. ¿Y qué hacer? Anegada en espontáneo llanto. El sentimiento de impotencia le hizo desear morir, de inmediato, arrojarse desde la última planta del edificio, rociarse de queroseno (en cierta ocasión había sido testigo de tal horrorosa muerte), abrirse las venas con una cuchilla ó quizás envenenarse. Corrió al cuarto de baño y abrió el pequeño armarito sobre el lavabo: medios para el envenenamiento había suficientes. Desde el espejo la contemplaba un moreno-oscuro rostro, al que el lunar sobre el labio superior daba un aspecto trivial. Juana examinó atentamente su cara, se aseó y salió del baño. No, ella no podía suicidarse, porque estaba Albertico, incluso en el caso de que el padre se lo llevara consigo. ¡Y – desde luego – no lo quiera Dios, morirse! ¡Ella no hará nada, no conoce, no sabe, ¿y hasta puede ser que en absoluto sea capaz?! Antes, hace muchos años, se había doblegado a una voluntad ajena. Lo amaba. No obstante, la razón no había sido únicamente aquélla. La razón yacía en que así resultaba más sencillo, dejar que todo siguiera su curso natural. Por supuesto que ella no era tan estúpida como para no darse cuenta de que Alberto había arruinado entonces a tres chiquillos, pues contaban aquéllos con poco más de veinte. Ella comprendía que todo había resultado horriblemente vil, amañado aposta por él, mas desconocía de qué manera se hubiera podido alterar todo el curso de los acontecimientos. “¿Disputar? ¿Para qué? De todos modos no voy a conseguir nada. Van a echarme de este estupendo piso, van a despedirme del trabajo... No, yo debo encajar todo, en el nombre de Albertico. Cuando crezca ya sabrá entenderlo. Nos reuniremos cuando se haga mayor”. Juana penetró en el cuarto del niño y abrazó al hijo: “¡Ya se ha hecho muy tarde, cariño mío! Venga, a dormir, que ya pronto va a venir tu papá”.

                            En cierta ocasión me telefoneó Juanita: “Profesora, ¿sabe que Alberto está en La Habana? ¿De dónde ha llegado? No sé. Todavía no nos ha visitado. No lo ha tenido a bien”. “¡Resiste!” – fue mi respuesta. ¿Desde qué parajes y desde qué morada se estaba él apresurando en esta radiante por el sol y bañada por la nocturna lluvia mañana de sábado hacia la Plaza de la Universidad – a donde algunos de nosotros, profesores universitarios, habíamos sido convocados de urgencia para festejo incógnito – ? Reynaldo se sentó al volante del recién lavado automóvil, y yo en un vestido de seda azul y chaqueta blanca (se había exigido comparecer en atuendo de gala) me acomodé junto a él. Mi marido todo el camino fue bromeando y regodeandose de mi aspecto serio: “Seguramente os van a exponer en una subasta, yo estoy decidido a obtener por ti una pingüe suma, ¡tenlo en cuenta!”. “Pero si yo soy la docente más modesta de todos los docentes”, – le seguía yo el juego. “La modestia embellece. ¿Quién gustaba de decir éso? Correcto. Lavrenti Pávlovich Beria”, – Reynaldo no se quedaba atrás. Cuando llegamos a la Colina Universitaria, en derredor ya estaba todo cubierto de coches, y con dificultad hallamos un lugar para aparcar. De inmediato comencé a buscar con los ojos a los “míos” y, abriéndome paso hacia ellos, distinguí de reojo algo desagradable, un cierto estorbo, pero me olvidé de ello al instante. Fue solicitado a nuestro pequeño grupo (de unas quince personas) que nos colocásemos más parejos. Mi colega ya había tenido ocasión de susurrarme que íbamos a ser condecorados. Se impuso un silencio solemne. Justo frente a nosotros se había alineado toda una comitiva, compuesta enteramente por altos cargos, a muchos de los cuales conocía yo de cerca, con algunos incluso tenía relación grata. Y fue entonces cuando comprendí cuál era el “estorbo” que se había apoderado de mi visión lateral. Un alto y esbelto hombre en elegante traje estival (que resultó ser él) con lindo peinado, con estricta raya, cabello sobre cabello. Cien por cien europeo, pareciera que hasta la piel se le había emblanquecido. Sin embargo, todavía el mismo rostro abultado, la misma traza pueril. Pronuncianse palabras solemnes, felicitaciones, hincan los galardones en el pecho, obsequian flores, estrechan manos, se dan besos. Va llegando mi turno. “¡Nunca de sus manos! No voy a aceptarlo” – decido yo repentinamente. Él, cual si hubiera sentido algo, me lanzó una breve y alarmada mirada, pausa breve, y he aquí que hacia mí se dirige ya el rector en persona: “¡Profesora Vera! ¡Felicidades!...”. Una voz de alguien enumera mis méritos. Cubro mi cara con las flores, siempre igual de burlona, ay, que me echo a llorar... Más tarde un pequeño ágape, champán, estallidos ocasionales de risas, voces anónimas interrumpiendo unas a otras; en fin, agitación, e inusitadamente a través de esta agitación y zumbido llega hasta mí una voz familiar: “¡Sí, sí! ¡Tal honor! Personalmente con él. Conversamos nada menos que diez minutos.Yo le relaté cómo nosotros en aquel entonces aquí, en La Habana, leíamos sus libros: “Archipiélago GULAG”, también “Pabellón de cáncer”  – ¡y los esfuerzos que ésto nos conllevaba! Se conmovió tanto... en realidad ya es mayor, bastante mayor. Por cierto, que elogió mi ruso. Mucho lo elogió. Sí, dice, será usted mi intérprete de español”.

                                    Ya en el coche me desenganché el galardón de la solapa de la chaqueta. Reynaldo me miró con desconcierto: “Tú te lo mereces. Llévalo. Es un gran honor”. “Para mí, demasiado grande”... Yo miraba derecho ante mí, y el automóvil saltó a la despoblada a estas horas carretera, convexa cual si fuera un costado del globo terrestre, y la línea del horizonte separara por el medio cielo y tierra.

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