La desolación.
Habían pasado dos meses después del naufragio. El tiempo sí parecía curar las heridas en el cuerpo de Narciso, pero él se sentía más y más desesperado con el paso de los días. Ni un recuerdo de quién era él había retrasado a Narciso, y así que le parecían ajenos no solo el país donde estaba y la gente de la que estaba rodeado, sino él mismo. Se sabía que el barco con el que había llegado Narciso - o, para ser más precisos, el que había sufrido aquel tremendo naufragio - provenía de España. Sin embargo, como era el único quien sobrevivió el desastre, nadie le podía decir por qué había llegado Narciso, y él no podía regresar a España sin pagar por el viaje. Y encima, era demasiado débil para viajar. Así se pasaba Narciso los días, en la agonía intolerable, muriendo del anhelo de volver a la vida normal. Albergándose en un desmán de una familia indígena muy pobre, sufriendo de hambre, Narciso encontraba el único remedio en los periódicos españoles: en los viejos que él descubría de v...