понедельник, 20 марта 2017 г.

El niño Iván y yo




 Novela casi biográfica.

Moscú y la llegada a Cuba.
Mis primeros pasos quedaron grabados en las veredas sembradas de tilos de los Montes de Vorobiov, que se extienden a lo largo del río Moscú y pasan a ser parte del parque Gorki.
Mis padres se conocieron en Moscú. Era otoño, los pájaros volaban al sur en bandadas, el viento arrancaba de las ramas hojas color púrpura y oro, que quedarían poco después sepultadas bajo los pies de los transeúntes.
Mi padre, Reinaldo, acababa de terminar un año de estudios preparatorios de ruso en Bielorrusia y estudiaba psicología en la Universidad Estatal Lomonosov. En realidad él hubiera preferido estudiar filosofía, pero en el año 1962 Cuba se consideraba aún un país capitalista, y los estudiantes de esos países no podían solicitar esa carrera.
Al menos, eso fue lo que le dijeron, así que optó por psicología. Mi madre, Viera, estudiaba en esa misma universidad, en la facultad de Periodismo.
Se conocieron en una de las cafeterías del campus universitario, cuando Viera acompañaba a una amiga, que no quería asistir sola a la cita con un cubano, un compañero de curso de mi padre.
Por alguna razón, durante ese primer encuentro mi padre, un bromista sin remedio, le dijo  a su futura esposa que se llamaba Lalbahal Lalbajadur, que era árabe y tenía 28 años.
Mi futura madre pensó: “¡Tan viejo, tan feo y además, con un nombre tan horrible!”. Ella tenía 20 años, parecía una actriz italiana y no sospechaba que, en realidad, mi padre era  un año menor que ella.
La historia de sus amores la desconozco, solo sé que Reinaldo escuchó muchos poemas de Alexandr Blok, el poeta preferido de mi madre, paseando debajo de la hojarasca en los montes de Vorobiov,  e hizo todo para aparentar que aquellas lecturas lo emocionaban profundamente.
 Años más tarde me confesaría que solo entendía algunas palabras sueltas, pero el significado de los versos lograba siempre huir, nebuloso, como la neblina que cubría por las mañanas las hojas desprendidas de los árboles durante la noche.
La única posibilidad de ponerle fin a las interminables lecturas era contraer matrimonio, y creo que fue por eso que muy pronto se casaron.
Mi madre me contaría después que una mañana de invierno, cuando ella se levantó de la cama y trató de ponerse las zapatillas, no pudo hacerlo, pues ambas tenían algo dentro.
Eran pequeños chocolates y bombones, regalos simbólicos de Navidad, algo que ella jamás había recibido. En Rusia desde finales de los años 30 se podía adornar para fin de año un arbolito, pero nada en él podía recordar la antigua fiesta religiosa, era un arbolito de Año Nuevo con una estrella roja en su cima.
Quedaba permitido celebrar esa fecha significativa con champaña y con ensaladilla rusa, pero nadie debía mencionar siquiera la Navidad, el lugar del niño Jesús lo ocuparon el Abuelo de las Nieves, una respuesta soviética al personaje de Santa Klaus, y su extraña nieta, Sniegúrochka.
Los regalos serían destinados solo a los niños pequeños, que podrían escribir una carta al Abuelo de las Nieves.
Unos nueve meses después nacería yo, y sería registrada con el nombre de Verónica, como el más parecido al de mi madre, Viera. Me imagino que fui un regalo del Santa Claus ruso.

Un año después la primera hojarasca nos trasladó a Cuba, donde comenzamos a vivir con la familia de mi padre, en Palmarito de Cauto, un pueblo situado a unos 50 kilómetros de Santiago, a orillas de otro río, el Cauto.
Palmarito también estaba rodeado de colinas e incluso de montañas, pero la vida en el pueblo era tan tranquila y apacible como si se hubiera quedado al margen de la historia, de ese drama  lleno de trasformaciones que estaba viviendo Cuba.
Por las mañanas los gallos anunciaban que pronto saldría el sol, y por el aire se esparcía un aroma de pan recién horneado, al que luego se sumaba el olor del café acabado de colar, que se preparaba con la ayuda de un colador de tela parecido a un viejo calcetín.
La leche era de una granja cercana, estaba hervida ya, pero además le ponían sal para que no se cortara, pues en el pueblo hacía siempre muchísimo calor. Así que en el café con leche en Palmarito se podían degustar el sabor dulce del azúcar moreno mezclado con un toque de sal y la amargura del grano muy tostado de café de las lomas del Mogote, un sabor único que solo probé en ese sitio. Todos los niños tomábamos café con leche junto con los adultos.
Para mi madre la vida en Palmarito fue un choque total, desde las lagartijas que paseaban libremente por el techo de la casa que construyó mi abuelo Rey, el cerdo que pedía comida desde su corral en el patio, las gallinas que entraban y salían de la cocina, cacareando, hasta las impertinentes ranas que se metían constantemente en la ducha por la persiana abierta.
Poco después nos mudamos para La Habana, pues en aquel pueblo, lógicamente, no había ningún trabajo para un psicólogo recién graduado, y los problemas psicológicos de sus habitantes se resolvían acudiendo a un babalao (un brujo africano), y haciéndose una “limpieza”, o no se resolvían de ninguna manera.
Me imagino que la vida apacible del pueblo, con su sol del mediodía, sus siestas y sus paseos por el parque cuando caía la tarde, creaba un antídoto a prueba de casi cualquier problema psicológico.
En cambio, mi vida a partir de ese momento siempre fue un poco complicada, como mínimo, tuve que convivir entre dos idiomas, uno que escuchaba en la calle, y otro, el que se hablaba en mi casa.
Desde el momento mismo del primer encuentro mis padres hablaban solo en ruso, y siguieron manteniendo esa costumbre, pues cuando mi madre, Viera, llegó a la isla, no sabía español, y ese era el único idioma en el que podía comunicarse con mi padre.
Tal vez fuera por esa razón, por oír en mi propio hogar solo palabras en ruso, que yo sentía una necesidad imperiosa de demostrarle a todo el mundo que era cubana.
Al principio, durante los primeros años de nuestra vida en La Habana, mi madre no trabajaba, y la recuerdo lavando a mano en un lavadero.
Me veo a mí misma metida en un cubo de agua donde cabía completa. Hace mucho calor, pero no lo siento, y veo el resplandor ardiente del sol sobre la superficie del agua. Si cabía en el cubo, debía de ser muy pequeña.
En esa época vivíamos en un sitio llamado Mayanima, situado bastante cerca del mar, en casa de un colega de mi padre.
Viera, cuando nos trasladábamos a Mayanima en un automóvil de un amigo de mi padre, viendo que nos alejábamos cada vez más del centro de la ciudad, preguntó con cierto miedo: ¿Y esto, también es La Habana?
Las aceras de ese barrio estaban cubiertas de arena, y enfrente de las casas, por la mañana temprano,  aceleraban el paso pequeños cangrejos color carne, que corrían a esconderse en sus cuevas cuando yo intentaba agarrarlos.
Por la tarde, cuando bajaba el, mi madre y yo salíamos a pasear. La gente nos miraba con mucha curiosidad y hacía comentarios en voz alta, ya que podía decir lo que quisiera, pues mi madre no los entendía. Pero yo sí que entendía, gracias al año que pasé en Palmarito hablaba español perfectamente.
 Los niños que vivían allí me gritaban casi siempre “la rusita”, “allí va la rusita”, aunque físicamente de rusa yo no tuviera nada. A mí me molestaba mucho que me llamaran así, por eso se me ocurrió la siguiente respuesta: “Yo no soy ninguna rusita. ¡Me llamo Verónica Pérez cubana!”
 En realidad mi segundo apellido, “Konina”, pronunciado con un acento en la segunda sílaba, a la edad de cuatro años me sonaba casi igual a “cubana”. Era curioso que precisamente se tratara de mi apellido ruso, el apellido de mi madre.




Mi padre desaparece.
 Después nos mudamos a Cubancán, uno de los barrios residenciales de la capital cubana, antes de 1959 allí solo vivía gente muy rica, que años después albergó primero a los estudiantes de otras provincias, y después a profesores y científicos del instituto médico Victoria de Girón.
A finales de los años 80 en la zona, que se llamaba “zona congelada”, y que de niña me imaginaba atacada de vez en cuando por el frío invernal semejante al que había sentido en Moscú, con heladas, nieve y ventiscas, comenzaron a habitar los empleados del Centro de Biotecnología, construido justo por esa década.
En realidad se llamaba “zona congelada” porque la gente que vivía allí no podía mudarse a otro barrio, ni vender o dejar en herencia su casa.
Además de proyectos educativos e investigativos, en mi barrio, justo enfrente de mi casa, vivían las famosas vacas europeas que escondían la cabeza dentro de un pequeño espacio con aire acondicionado, y así podían imaginarse pastando en los Alpes, aún a pesar de que el resto de sus cuerpos quedara expuesto al implacable sol tropical.
Se esperaba que aquellas pobres vacas se acostumbraran poco a poco al calor tropical, a comer bagazo de caña, y con el tiempo darían muchísima leche. Años más tarde, cuando la leche desapareció casi por completo, las vacas también se esfumarían como por arte de magia.
Pero en mi infancia había allí también un criadero experimental de gallinas, una fábrica secreta de bombones y biscochos que solo podían comprarse en el Parque Lenin, y hasta una planta de yogur para abastecer de esa bebida a los futuros médicos e investigadores.
En fin, que era un barrio extremadamente especial, y muy cerca, en la misma calle, se encontraba la residencia del embajador de Venezuela.
Nuestra casa era muy grande, color rosa, y tenía un enorme jardín. La compartíamos con otra familia de profesores de Girón, Teresita y Felix.
En general, todo el barrio, y especialmente nuestra manzana, eran un enorme jardín abandonado con árboles de mango, marañón, níspero, anón, flores silvestres y marpacíficos, árboles con lianas a los que podía trepar para jugar a las casas.
Delante de la casa crecía un enorme árbol de flamboyán, sus ramas cubrían toda la parte derecha del tejado y, cada vez que florecía, sus flores rojas eran como verdaderas llamas de fuego. Me resultaba muy intrigante el hecho de que en cada flor hubiera, además de los pétalos rojos, un pétalo multicolor, de fondo blanco, con franjas de todos los colores del arco iris.
Para mí era un pétalo mágico, un pétalo que se podía lanzar al viento y pedir un deseo, como en un cuento ruso que había leído una vez, titulado “La flor de los siete pétalos”, que luego fue llevado a las pantallas en un dibujo animado. Aunque el flamboyán tuviera sólo un pétalo mágico en cada flor, en esa época había suficientes flores en mi árbol para que se cumplieran todos mis deseos.
“Vuela, vuela hojita mía, de este a oeste con el viento, y regresa en un momento, usando el norte por guía. Y no olvides que al caer, lo que te pida haz de hacer”, decía la niña en aquel dibujo animado.
Un buen día de otoño de 1978 mi padre desapareció sin decirme nada, y nadie quiso explicarme dónde se encontraba. En mi cabeza no cabía que se hubiera ido sin haberse despedido de mí, sin darme ninguna explicación.
Lo único que podía pedir era que volviera…
Mi padre, que me leía mis cuentos preferidos de Pushkin en ruso antes de dormir, que me cantaba canciones de Bola de Nieve, se había ido sin decir adiós.
Nadie me compraría más helados en el instituto Victoria de Girón, donde trabajaba, situado solo a unas tres cuadras de nuestra casa, ni me llevaría a pasear a un parque con columpios y tobogán.
Sobre esos helados que me gustaban tanto, y que se llamaban Frossen, mi padre siempre decía estaban hechos de “antimateria”, pues sus componentes eran totalmente desconocidos para la ciencia.
¿Quién me haría esas bromas tan ocurrentes?
Además, mi padre promulgó en casa el lema de que estaba permitido todo, salvo aquello que estaba prohibido. Así que nadie podía regañarme por indisciplinas pequeñas, por ejemplo, por andar descalza o por no peinarme, pues de antemano nunca se dijo que estuviera prohibido.
Era mi padre  además quien se despertaba junto conmigo a las 6h de la mañana, me preparaba un desayuno (normalmente consistía de café con leche, ya sin sal, y pan con mantequilla) y cruzaba junto conmigo la calle.
Es que a las 7h venía a recogerme un autobús de la escuela soviética, era un gran privilegio en un país donde el transporte urbano siempre estuvo muy escaso, casi inexistente, y más en el lejano barrio de Cubanacán. Por mi calle solo pasaba la ruta 91, que aparecía solo de vez en cuando, con periodicidad de una cada dos horas, más o menos. También había otra ruta, la 22, pero esa pasaba junto a la Escuela Victoria de Girón, donde trabajaba mi padre.
El autobús que me venía a buscar era un antiguo vehículo estadounidense que antes de la revolución llevaba a los niños de las escuelas privadas a sus hogares, y ahora solo transportaba a menores extranjeros que estudiaban en escuelas especiales.
El único problema era que había que estar a tiempo en la acera de enfrente de mi casa, el autobús (o guagua, como le decimos en Cuba) no me esperaba ni un minuto, pues yo era la única niña que recogían en mi barrio.
Así que, tras la partida de mi padre, tuve que empezar a hacerme el desayuno yo misma,  y también me vi obligada a aprender a cruzar yo sola la avenida 25, con suficiente tráfico por las mañanas.
Mi madre, que solía tener cursos nocturnos en la Universidad, a esa hora dormía profundamente.
Si perdía el autobús, tenía que despertar a mi madre, rogarle que me acompañara a la escuela en el transporte urbano, y de todas formas llegaba muy tarde, a la segunda o a la tercera clase.
Con la desaparición de mi padre también empecé a leer sola antes de dormir, pues se suponía que ya era grande y sabía leer no solo en ruso, sino también en español.
Poco antes, cuando tenía cinco años, estuve asistiendo a una escuela cubana, la escuela de mi barrio, que estaba a unos 200 metros de mi casa. Me resultó un lugar muy curioso, pues allí estudiaban tanto los hijos de profesores del instituto médico, que habitaban en el prestigioso barrio de Cubanacán, como los oriundos de otro  barrio aledaño, oficialmente denominado Zamora (en honor al monje que lo fundó), pero que el populacho tildaba de Palo Caga’o.

Ese tugurio era bañado por las aguas del río Quibú, negras y apestosas, y los niños que habitaban las desteñidas casitas de Zamora pertenecían a una estirpe capaz de superar cualquier plaga o enfermedad, que sin duda albergaban las putrefactas orillas.
Las maestras de esa escuela también procedían, en su mayoría, de aquella barriada, peligrosa tanto de día como de noche. De más está decir que tenía terminantemente prohibido pasear más allá de la esquina y adentrarme en Zamora.
Tal vez esa experiencia fue la que forjó mi carácter desde los cinco años, pues, en lugar de ser agredida o humillada por aquellos niños, desde el inicio respondí con piñazos y patadas a cualquier intento de ofenderme, y supe ganarme el respeto o hasta el miedo de los pequeños provenientes de las orillas del río Quibú.
Mi padre, que era el encargado de llevarme a la escuela y recogerme, pues la escuela quedaba justo camino a su trabajo, me relató que un día, cuando fue por la tarde a buscarme, me descubrió peleando con un niño que claramente provenía del barrio Zamora.
Aunque el pequeño, para colmo, se encontraba a punto de perder la pelea, pues estaba desarmado, mientras yo blandía mi pesado maletín con el que lo golpeaba sin parar, Reinaldo optó por la demagogia y comenzó a regañarlo por “pegarle a una niña”, dejando al niño completamente atónito.
Él siempre estaba de mi parte, en cualquier conflicto podía contar con su apoyo y su defensa, y por eso también sentí tanto su partida…

Cuando luego, ya cursando segundo grado en la escuela soviética, la maestra nos propuso escribir una composición sobre nuestra primera escuela, yo decidí que aquel era el momento justo para revelar todos los abusos que existían en aquel colegio cubano.
Se suponía que los niños “soviéticos” describirían la escuela donde habían estudiado en la URSS, pero yo no había tenido esa posibilidad.
Era una niña muy observadora, pienso que esa fue justo la primera vez que ejercí mi futura profesión de periodista, ya que denuncié que las maestras se comían todo el pollo del arroz y en general toda la carne que aparecía en los platos que nos daban en el almuerzo, y le pegaban a los niños con un puntero o con una regla.
Por suerte, nunca estuve entre los maltratados, pero ya a la escasa edad de ocho años aquello me parecía un abuso, al igual que su hábito de dejar a los alumnos castigados después de las clases, sin permitirles regresar a casa, o sin almuerzo.
Se me ocurrió enseñarle la composición a Viera, solo para saber su opinión. Mi madre prefería no revisarme las tareas, quería que yo fuera completamente “autónoma” en mis estudios.
Ella la leyó en silencio, no comentó nada sobre las injusticias que yo revelaba, pero su veredicto fue que resultaba completamente imposible entregar un texto así a mi maestra rusa.
Así que tuve que escribir otra cosa, algo inventado que me dictó ella misma, un relato que olvidé por completo al poner el punto final.
Esa era su estrategia, vivir como si en el mundo no existiera un barrio que se llamaba Palo Caga’o, a menos de un kilómetro de nuestra casa, y su negativa a ver esas partes de la realidad convertía la verdad en un término muy cuestionable.
Mi madre vivía en un mundo imaginario que había inventado ella misma, un mundo de aristócratas y personas refinadas.
Debo confesar que yo en esos años amaba la escuela soviética, adoraba a mi primera maestra, y no quería volver al colegio cubano bajo ningún pretexto, algo que mi madre utilizó durante todo ese período de ausencia de mi progenitor para chantajearme.
Ella siempre me decía, ante la menor indisciplina de mi parte, que me mandaría de vuelta al “colegio de la esquina”, y lograba de mí todo lo que quería.
Me sentía muy lastimada, pues yo misma le había mostrado mi punto débil al darle a leer aquella composición que había escrito con tanta inspiración.
Para colmo, ella tampoco quería decirme dónde estaba mi padre. Era un complot de silencio.
Después, unos meses más tarde, me explicó que mi padre se encontraba en África, pero no me quedó muy claro qué se le había perdido en aquel remoto continente.
Me venía a la mente el consejo del escritor ruso infantil Kornéi Chukovski, que alentaba a sus pequeños lectores de principios del siglo XX: “No vayáis, niños, por nada en el mundo, a África, a África a pasear, en África hay gorilas, malvados cocodrilos, que os van a morder y os van a matar”.
Ese entrañable poema también me lo solía leer mi padre, por las noches, antes de dormir, recuerdo que en el mismo dos niños pequeños, Vania y Tania, finalmente se escapan a África, y solo de milagro logran salvarse de un horrible caníbal, llamado Barmaléi.
A pesar de que existían rumores de que en algunos países del continente negro seguían vivas las tradiciones ancestrales de comerse al prójimo y, ante todo, a cualquier forastero, a finales de los años 70 en Cuba cada vez más personas, inexplicablemente para mí, partían a cumplir las llamadas “misiones internacionalistas”.
Los que se iban a alguna misión a otro país no podían, al parecer, contarle nada a ninguno de sus familiares, ni siquiera a los más cercanos. Por eso mi padre no pudo contarnos nada ni a madre, ni a mí.
Aunque en realidad se pasaban más de un mes en Cuba, en entrenamientos o algún tipo de cursos de preparación, desde el momento en que los “movilizaban” ya no podían regresar a sus casas ni despedirse de la familia.
Pero entonces en mi cabeza no cabía que mi padre se hubiera ido  aquel lugar tan lejano, y ese vacío que apareció con su ausencia traté de llenarlo con libros que tomaba en la biblioteca de mi escuela rusa.
Mi padre fue también el primero que fomentó mi amor por la lectura, pues un día se apareció en casa con un libro de Rudyard Kipling que se llamaba “Precisamente así”, y que contenía los cuentos cortos de ese escritor, traducidos al español.
De hecho, fue el primer libro que me leí en español, y lo hice en apenas un par de horas. Después le pedí a que me diera otro libro semejante, ya que ese me había gustado mucho. Mi padre me miró preocupado, por lo que intuí que no tenía a mano ningún otro libro de semejante relevancia (creo que resulta un poco difícil encontrar un libro que pueda competir con los cuentos infantiles de Kipling, pero eso ya no viene al caso).
En casa teníamos muchísimos libros, pero casi todos eran para adultos, y trataban materias demasiado complicadas, para mi gusto. Yo poseía, en cambio, una pequeña colección de libros con carátula de papel, dedicada a los pioneros héroes de la II Guerra Mundial, eran relatos sobre niños que perdieron su vida defendiéndola URSS. Estaban en ruso.

Aún recuerdo los nombres de aquellos niños, entre los cuales destacaban Lionia Gólikov y Zina Portnova, ambos asesinados cruelmente por los nazis. En la vida de esos niños todo resultaba más claro, a mi modo de ver, pues había un enemigo, los nazis, y había que luchar contra él.
Me sentía muy compenetrada con aquellos pobres niños, pues mi padre también había partido a un país donde había guerra, y yo estaba dispuesta a defender el territorio que había dejado bajo mi cautela, aún al precio de mi propia vida.
Pero, ¿quién era el enemigo? Allí estaba la gran pregunta.
Sentía que, de haber nacido en otra época, podría haber sido un pequeño soldado, uno de esos “hijos del regimiento”, niños huérfanos adoptados por alguna unidad militar que podían incluso llevar uniforme y participar de algún modo en los combates.
Las niñas no podían ser soldados, por lo menos en mi infancia eso estaba mal visto, todavía no existían películas como “El soldado Jane”, las mujeres solo participaban en la guerra en calidad de enfermeras, solo podían ejercer en el frente profesiones pacíficas.
Es así como apareció en mi vida el niño Iván, mi alter ego, un niño ruso guerrillero que tiene que sobrevivir la ocupación nazi y participa en la lucha, por lo visto, para luego ser cruelmente ejecutado.
Era con él con quien único podía compartir mis penas,  pues mi madre se alejó de mí y se apropió ese dolor que nos afectaba a ambas, y, de alguna manera, hasta me negó el derecho a sufrir por la ausencia de mi padre.
Niebla del Riachuelo...
amarrado al recuerdo
yo sigo esperando...
Niebla del Riachuelo...
de ese amor para siempre
me vas alejando...
Nunca más volvió...
nunca más la vi...
nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí...
...esa misma voz que dijo: “Adiós”.
Turbio fondeadero donde van a recalar 
barcos que en el muelle para siempre han de quedar...
sombras que se alargan en la noche del dolor...
náufragos del mundo que han perdido el corazón...
Puentes y cordajes donde el viento viene a aullar...
barcos carboneros que jamás han de zarpar...
Torvo cementerio de las naves que al morir 
sueñan sin embargo que hacia el mar han de partir...

(Canción preferida de mi madre en aquella época)

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