Tamara

Cada noche Tamara escuchaba el llanto de un niño, interminable, inquietante, y una voz femenina, tal vez de la madre, que trataba de consolarlo. Tras la pared no se oía claramente lo que decía, al parecer también le cantaba algo, una canción muy monótona y triste que tampoco la dejaba dormir. Por eso ella salía al pasillo con la enorme tetera metálica para hacerse un té en la cocina colectiva que estaba al final del pasillo. La enorme tetera gris era pesada, por eso Tamara siempre calentaba poca agua, además así hervía más rápido y ella se quedaba en la cocina a esperar. En realidad trataba de salir lo menos posible de su habitación, ese era el único lugar de aquella residencia estudiantil donde se sentía más o menos tranquila. El pasillo, la cocina y sobre todo el baño le parecían sombríos y peligrosos, más aún de noche. Por suerte, en aquel cuarto de unos 20 metros cuadrados vivía sola, en los otros vivían dos e incluso tres estudiantes. Su...