Lo que dejaron los rusos



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Por José iguel Sánchez/ Yoss
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Para René Méndez Capote, que me enseñó desde niño
que el costumbrismo no tiene por qué ser halagador ni aburrido.
Para Anala Lidia, Dimitri, Polina, Guillermo...mis socios "agua tibia".

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“Es sorprendente; treinta años de presencia rusa en esta isla no dejaron casi nada, aparte de unos cuantos edificios horribles. El modo de ser y la cultura eslavos son demasiado fríos y serios hasta cuando se ponen sentimentales. No tienen nada que ver con el feeling de bolero del trópico, con la jodedera y la informalidad del Caribe... como por ejemplo, sí tienen que ver los americanos, por muy gringos que sean.”

            La sentenciosa frase (2) me la susurró al oído un carnalito mexicano, profesor de literatura en el D. F. y medio cubanizado ya él, una tarde de mayo de 1999 cuando pasábamos frente a la zona del extrarradio originalmente concebida como ciudad-dormitorio, de clara inspiración soviética: Alamar. Regresábamos de Guanabo apretujados en el viejo Chrysler de un botero de esos que cobran 20 pesos moneda nacional el viaje hasta o desde la playa. Pagó mi amigo azteca (3), y hasta agradecido de ahorrarse los 10 dólares que le habría costado cualquier taxi autorizado a llevar extranjeros. Aunque algo contrariada su innata tendencia a la verborrea por mi clara instrucción de nativo versado en picardías: cállate la boca y déjame hablar a mí. A pesar de que sus facciones no apuntan mucho hacia la típica cara de indio, su acento de película de charros habría descubierto nuestra impostura al instante.

            Pero cuando nos bajamos en el Parque Central, sus ganas contenidas de dar muela florecieron, a la sombra del índice admonitorio de la estatua de Martí, en un largo monólogo que pronto se convirtió ¡cómo no! en animado diálogo... (4) Sobre los pros y los contras, sobre las huellas reales y fantasmagóricas de todos los años en que la cultura y la tecnología de la extinta URSS fueron elemento omnipresente en la realidad cubana.

Tan interesante fue la platicada, como la habría llamado mi socio del otro lado del Golfo, que regresamos a pie hasta mi casa, al lado del Hotel Colina... y me surgió la idea de escribir estas líneas como ejercicio por y para la nostalgia.

            Esa vez me tocó ser lo que podríamos llamar abogado del diablo. Y, mientras alababa (y muy convencido) las bondades quita-hambre de la carne rusa enlatada de la vaquita, de las tantas traducciones de las editoriales Raduga, MIR y Progreso, de los muñequitos de Dobrinia Nikitich, Chebrashka y el cocodrilo Guena y del lobo y la liebre de ¡Deja que te coja! reflexionaba para mis adentros sobre una curiosa peculiaridad del carácter cubano.

Somos un pueblo que siempre descubre el lado bueno de todo lo que tiene... pero solo después de perderlo.

Porque... confiesen: Entre el clásico cualquier tiempo pasado fue mejor, nuestra eterna manía de defensores de las causas perdidas, y cierto chovinismo de doble moral, que nos permite criticar todo lo que tiene que ver con nosotros... pero al mismo tiempo nos hace salirle al paso muy ofendidos a cualquiera (5) que nos lo critique demasiado... ¿Cuántos de nosotros no nos hemos sorprendido en los revueltos años de fin de milenio, al menos una vez, suspirando de añoranza por algunas de esas cositas made in URSS que tanto criticábamos antes de 1989?

Quizás mi amigo del D. F. se equivocó, y después de todo, los soviéticos, cuando se convirtieron en rusos y volvieron a su fría Europa, sí dejaron algunas cosas de este lado del Atlántico.

Sin pretender adentrarme mucho en los abismo socio-ilógicos del análisis de los relativismos culturales y el subconsciente colectivo de los pueblos (6) ni tampoco en los arriesgados laberintos de la geopolítica, la verdad es que, dicho en buen cubano, se cae de la mata que treintaipico de años con los bolos siendo parte de nuestra vida cotidiana, con el CAME timoneando nuestra economía y nuestros soldados jugándole cabeza a la muerte en Angola y Etiopía a golpes de AKM, RPG-7, “flechas” antiaéreas, BM-21 y BTR tenían que dejarnos alguna huella.

Por mucho que nos llenáramos la boca para burlarnos de la insufrible peste a grajo eslava, de su innata condición de patones a todo baile cubano, del para nosotros estropajoso sonido de su lengua, de la mala terminación y la ineficiencia energética de todos sus productos (7), dos generaciones de cubanos crecimos teniendo a la Gran Hermana URSS como modelo insoslayable... demostración palpable de que se podía ser una nación grande, poderosa y desarrollada (8) sin jugar al capitalismo y a la desigualdad. Metafóricamente hablando, los soviéticos eran para nosotros algo así como el hermano mayor cuyos bíceps nos hacen sentir orgullosos del parentesco, por enclenques que seamos. Cuando solo podíamos soñar con viajar al cosmos y con la energía nuclear, ellos ya los tenían (9)Y para los habitantes de una islita casi en el traspatio del imperio del dólar, eso vale mucho. Aunque sea, como dirían los psicólogos (10), en forma de capital simbólico.

Las huellas históricas de la presencia de la Unión Soviética en este proceso nuestro no las discute nadie. Sobre todo en los primeros años, la supervivencia de la Revolución habría sido problemática sin la mano que nos echaron. Sin los tanques T-34 (11) y los cañones autopropulsados SAU-100, sin aquellos fusiles cañonicortos que venían en cajas con el rótulo Zona de desarrollo agrícola R-2... (12) Sin toda aquella técnica militar probablemente desechada como obsoleta por el Ejército Rojo, Girón en el 61 tal vez no habría sido la veloz y aplastante victoria que fue.
 

La Crisis de Octubre llegó un año después... fue el año en que vivimos en peligro. Cierto es que sin el bluff estratégico del mujik presidencial Nikita Jruschov de convertir a Cuba en portamisiles nucleares insumergible no habría estado el mundo al borde del conflicto atómico en aquel 62. Pero, queríamos jugar a la política internacional aún estando faltos de peso... y como dice el refrán, bien está lo que bien acaba... a pesar de todas las guaperías de ambas orillas y las movilizaciones masivas en el Malecón, por suerte, la cordura triunfó. No llegó la sangre al río, y la situación se resolvió por el teléfono rojo. Y aunque al fin nos tocó ser una simple pieza de negociaciones en la mesa de las superpotencias (13) salimos del lío con una sensación acrecentada de nuestra propia importancia en la arena mundial... (14)

Por cierto, el cohete instalado en 1992 en la playa del Chivo conmemorando los días luminosos y tristes de la Crisis de Octubre fue retirado muy pronto de su vertical y fálico emplazamiento costero. (15) El simbólico misil duerme desde entonces el sueño del olvido, horizontal en uno de los patios de la fortaleza de La Cabaña. Tiene más de diez metros de largo... lo que lo convierte en una evidencia físicamente bastante grande de la presencia de los rusos aquí... (16)

Luego vino la copia mecánica de los modelos económicos y partidistas soviéticos (17) a pesar de que la clarividencia del Che había alertado con tiempo del peligro de burocratización y que tales esquemas difícilmente funcionaran en medio del clima característico de improvisación constante del trópico. Que el propio creador del concepto del hombre nuevo se diera cuenta de que la férrea disciplina europea y totalmente planificada de los robots komsomoles iba a traer desastres debió ser suficiente advertencia, pero está visto que nadie escarmienta por cabeza ajena... (18)

Vino el año 1968: San Francisco hippie, verano del amor, las revueltas estudiantiles en París, la Primavera de Praga... y la entrada de los tanques soviéticos la convirtió en un invierno de ortodoxia leninista. Aquí dijeron que había sido una intervención necesaria para salvaguardar el socialismo y a nuestros padres no nos quedó más remedio que creérselo... o creer que el socialismo al estilo ruso (19) y la democracia eran conceptos incompatibles... lo que resultaba complejo de pensar, incluso de este lado del Atlántico. Revolución empezaba a ser sinónimo de PCC, que iba tomando un papel cada vez más regente en el proceso. (20) Fueron los tiempos del proceso a Aníbal Escalante y su Microfacción, por demasiado stalinista y kominternista (21). Proceso que dejó sentadas las reglas del juego, de algún modo: por mecánica que fuese, en todo caso sería copia, y muy nuestra; no simple extensión obediente de la voluntad de Moscú.

Coqueteos partidistas y complejidades políticas apartes, lo más importante fue que ya a finales de los 60 había una numéricamente notable colonia rusa en la isla. Las buenas relaciones Habana-Moscú, los proyectos conjuntos bajo la hégira de Brehznev y la estabilidad (22) que parecían eternas, requirieron y posibilitaron el traslado por tiempo más o menos prolongado hasta el Caribe de muchos ingenieros petrolíferos, geólogos, mineros, especialistas textiles, ferroviarios, en explotación portuaria, museología y prácticamente todas las ramas de la ciencia y la técnica que interesaba desarrollar en Cuba. Sin contar un buen número de asesores militares. (23)

Todos venían con sus familias y se instalaban a toda prisa. A veces en barrios y edificios más o menos segregados, tal vez para evitar la contaminación cultural, como si las barreras idiomáticas y de hábitos higiénicos (24) no fuesen suficientes... que no lo fueron.

En parte porque los recién llegados inmigrantes laborales temporales, sobre todo las mujeres, con una avispado sentido comercial que quizás habría avergonzado al propio Lenin, pronto descubrieron que en las calles de La Habana y otras ciudades de la isla, como en el Arbat moscovita, también había un activo comercio de estraperlo (25) más o menos gubernamentalmente permitido (o al menos entre redada y redada para salvar la cara) de todos aquellos bienes considerados de algún modo suntuarios, o que las libretas de abastecimiento y de productos industriales no garantizaban a los cubanos. Y, con pragmatismo eslavo, aprovecharon su experiencia, su (relativamente) privilegiada situación de abastecimiento y su impunidad (casi total) para convertirse en verdaderas negociantes. Parece que ¿Dónde vive la rusa? fue el equivalente de los 70 y los 80 de la moderna pregunta de ¿Dónde está la shopping? En aquellos lejanos tiempos en que el dólar era en nuestras calles solo un recuerdo del capitalismo que nunca volvería a campear por sus respetos, muchas madres de familia mataron el apetito de sus numerosas proles con smetana, carne rusa, queso de cabra kazajo, pepinillos en salmuera, caviar y otras exquisiteces que la Embajada soviética importaba para paliar la nostalgia dietética de sus súbditos transplantados... sin prever que estos preferirían cambiarlo por efectivo, y que el vodka cedería pronto el lugar de honor en sus preferencias al ron peleón made in Cuba. Gracias a tan secretamente público tráfico, muchos rusos que se dieron la gran vida (26) en estas latitudes aún añoran su privilegiado estatus insular de aquellos años... incluso la para ellos entonces novísima circunstancia de sudar tanto en nuestro húmedo verano que apenas si orinaban.

Pero el éxodo temporal fue en ambos sentidos. Miles de cubanos que nunca habían visto la nieve cruzaron el océano para estudiar en la Universidad Lomonósov de Moscú, para hacerse ingenieros o doctores, para convertirse en calificados obreros textiles o simplemente trabajar como leñadores en la helada Siberia... que de tal modo pronto se convirtió en el epítome de la lejanía. (27)


Y lo mejor del caso fue que la interpenetración se produjo en todos los sentidos y a gran escala. (28) ¿Cuántas rusas no dejaron sus frías latitudes cargando infladas barrigas para venir a parir sus hijos híbridos al Caribe siguiendo muy orondas a sus bellos esposos mulatos? ¿Cuántas cubanas no dieron a luz y luego criaron a sus retoños en los hospitales y guarderías de Moscú, Leningrado, Minsk, etc.? (29) ¿Quién no conoce a uno de tales inters: interculturales, interraciales, internacionales? Rubios de ojos azules que bailan casino y guaguancó, toman chispa de tren, montan guagua, hacen chistes de Pepito y saludan diciendo asere ¿qué bolá? Pero que también se emocionan oyendo las canciones de Visotsky (30) hablan como iluminados de las pinturas de Iliá Repin y tienen que aguantar las lágrimas viendo que Moscú no cree en ellas tantos años después. Difícil conjunción sociológica del aceite con el vinagre, escindidos entre la Patria y la Rodina, entre la lengua de Cervantes pasada por Guillén y el idioma de Tolstoi pasado por el slang de los golfillos de Arbat, la retórica de Komsomólskaya Pravda, Sovexportfilm y un poco del programa El Idioma Ruso por Radio que transmitían por Radio Rebelde.

Gracias a compartir la tierra franca de los juegos infantiles con esos que no eran ni rusos ni cubanos, ni agua fría ni caliente, sino agua tibia, fue que muchos de mi generación empezamos a entender en la niñez y la adolescencia, más allá del rechazo visceral que le hacíamos al ruso como idioma de enseñanza obligatoria desde la secundaria (31) que podía haber mucho de bello en aquella lengua, en aquel país que a veces se nos antojaba casi nuestra metrópoli colonial, en aquella cultura que tan ajena nos parecía. Y, claro, también gracias a los libros de MIR, Raduga, Progreso... aunque nos riéramos tanto del trasnochado tono de español arcaico de las traducciones.(32) Libros como Un hombre de verdad, de Boris Polevoi; y El sentido de mi vida, las memorias del diseñador de aviones Yakóvlev, moldearon a una generación. Los hombres de Panfilov y La carretera de Volokolamsk iban en las mochilas de nuestros milicianos en la epopeya de la limpia del Escambray. La Nebulosa de Andrómeda de Iban Efrémov; Qué difícil es ser Dios y Cataclismo en Iris de los hermanos Strugastsky; La tripulación del Mekong de Volkunski y Lukodianov; Jinetes del mundo incógnito de los Abramov, entre otras muchas, nos enseñaron que la buena ciencia-ficción también podía escribirse sin extraterrestres agresivos ni guerras estelares. Y cuando llegaba la codiciadísima Sputnik, desaparecía en horas de los estanquillos (33), y La mujer soviética, Unión Soviética (34), El deporte en la URSS, Panorama Olímpico (35) Misha, también se leían bastante, además de servir para forrar libretas y libros por el excelente papel satinado de sus portadas.(36)

Mirando atrás desde el 2001, para la más joven generación que creció después del derrumbe del muro de Berlín y que considera los CDs como algo cotidiano y no una maravilla tecnológica, resulta difícil hasta imaginarse lo profundo del aislamiento tecnológico y cultural en que vivíamos entonces aquí en Cuba (37) ¿El bloqueo? Quizás. Lo cierto es que para nosotros, los crecidos en los 70 y los 80, cuando el último grito de la técnica eran el tocadiscos Radiotécnica y el radio Selena, (38) la cultura rusa fue una influencia subyacente pero sólida y constante en muchas esferas de la cotidianeidad, símbolo contradictorio a la vez de modernidad y fealdad, de resistencia extrema y falta de calidad... ambivalencia que moduló por décadas la actitud de los cubanos hacia todo lo bolo.

Veamos algunos renglones, algunos ejemplos:

1-PARQUE AUTOMOTRIZ. Los Moskvichs, Volgas, Nivas y Ladas consumían menos gasolina, echaban menos humo, sonaban menos, eran más cómodos y lucían mejor... al menos en teoría... pero tampoco importaba: eran símbolos de status, de modernidad, de adelanto. Aunque los viejos carros americanos fueran bombas de humo rodantes, eran para toda la vida, incluso sin piezas de repuesto, y sus carrocerías mil veces chapisteadas eran de hierro (aún lo son) y no de tubito de pasta de dientes. Cualquier flamante Lada 1600 que chocara con un tartajeante Plymouth del 49 quedaba para chatarra, lo sabían hasta los niños. Claro, si era un Chaika blindado de los que usaba el Buró Político, ya eran otros cinco pesos. Pero, blindadas o no, todos preferían manejar las escobitas nuevas... y todavía hay bastantes por ahí, barriendo, digo rodando... (39)
 

Las motos Ural, auténticos camiones con sidecar copiadas de las BMW tomadas de trofeo a los nazis en la Gran Guerra Patria, aún circulan también, con bastantes adaptaciones de nuestros Hell Angels insulares (40) Eran las dos ruedas que había para resolver, y vaya si resolvían. Hasta sofás se cargaban en aquellas heroicas motos... y cinco pasajeros a bordo de una Ural con sidecar no era récord para nada.

De los KP3, GAZ, KAMAZ y otros camiones, hasta Fidel tuvo que confesar en el 90 que eran máquinas muy bien diseñadas... para gastar petróleo. Y, hermetizados contra las bajas temperaturas siberianas, eran auténticos hornos rodantes. Pero la fama de asesinos de chóferes que trajeron de la URSS duró hasta que cayeron en manos de nuestros paticalientes ases del volante... que los asesinaron a ellos, como dice Frank Delgado en la introducción de su delicioso tema Konchalovsky hace rato que no monta en Lada (ver Apéndice I).

2-AVIACION. Nuestra Cubana de Aviación, siempre heroica, (41) surcó por décadas los cielos del mundo con aviones soviéticos, relativamente lentos y también muy gastadores, pero seguros (mientras hubo piezas de repuesto). Fue desde que los vetustos Super Constellation y Bristol Britannia de antes del 59 dejaron de creer en milagros mecánicos y se negaron rotundamente a despegar... al menos enteros. Los An-2 de fumigación vuelan aún, los paticos An-24 estuvieron haciendo rutas nacionales hasta hace muy poco, como los primos hermanos Yak 40 y 42, los viejos Tu-154 y el antiquísimo Il-18. Y si bien nunca tuvimos chance de ver aterrizar por Boyeros el supersónico y espigado Tu-144 (42) todavía nuestro primer mandatario recurre a su casi vetusto pero segurísimo Il-62-M cada vez que tiene que viajar.

3-ELECTRODOMÉSTICOS. Dentro de esta nunca demasiado criticada categoría de producción eslava estaban las indestructibles lavadoras Aurika (43) y los televisores Electrón, Rubin y Krim, que todavía sirven para ver la novela en no pocos hogares cubanos. Desde aquellos mastodónticos aires acondicionados que tantos hogares incendiaron, hasta sus primos menos adelantados, los ventiladores Orbita... Sin careta, porque originalmente están concebidos como una pieza más de ciertos refrigeradores... pero nos aliviaron tantos tórridos veranos (44) ¿Feos? Vaya si lo eran todos... Verdaderas monstruosidades de diseño, pero hechas a prueba de bala. ¿Y cuántos no echamos de menos aquel piñazo sobre el televisor cuando los controles vertical u horizontal se desajustaban, o la patada al refrigerador cuando su motor se negaba a arrancar? Gestos que ya pasaron a formar parte del acervo mímico nacional... aunque nuestros electrodomésticos de hoy, japoneses, chinos y coreanos no agradezcan tan cariñoso tratamiento.

4-RELOJERIA. Ah, aquellos Raketa, Zaria y Poljot que pesaban toneladas en la muñeca, y cuyos cristales se empañaban casi de respirarles cerca. Aquellos despertadores titánicos, marcas Slava y Sevani, que resistían botazos y mandobles con la almohada, que sonaban cuando les daba la gana y daban la hora que mejor les parecía... Pero, pensándolo bien ¿no es esa la única hora que le ha interesado siempre a este pueblo genéticamente alérgico a todo lo que parezca puntualidad germana o precisión británica? Y ahora... sentir el pitido electrónico de un moderno radio-despertador digital y saber que es esa la hora, la misma a la que uno eligió despertarse, inapelable, sin troque ni factor sorpresa que valga... Qué enervante. Qué aburrido ¿no?

5-INDUSTRIA LIGERA. Bajo el genérico rótulo se agrupan tantos objetos familiares por décadas, casi amigos, ahora vetustas reliquias domésticas que cada día escasean más y ceden más terreno en nuestras casas a sus cromados, ultramodernos émulos capitalistas. Aquellos bombillos que duraban años derramando su luz amarillenta. Esas pilas secas que tan fácilmente se mojaban y sulfataban. Aquellos abridores que se oxidaban al primer mes, o perdían el filo, o se hacían pedacitos cuando se les pulverizaban los remaches que unían sus piezas... y los otros, de rosca y estilo pinza, cuyo funcionamiento exacto nadie comprendió jamás del todo. ¿Y qué decir de los juguetes rusos? Feos, toscos, con las uniones de plástico llenas de rebabas... en una palabra: bolos. Pero eran baratos, y cómo resolvían. Aquellas pistolas especiales y escudos, espadas y cascos de plástico rojo aguantaban bastante más que aquellos delicados, bellos y añorados básicos, no básicos y dirigidos made in Hong-Kong y made in Singapore, que conmocionaban a los fiñes una vez al año, por julio. Todavía algunos de aquellos artilugios eslavos a prueba de chamacos cubanos andan dando vueltas por ahí, entizados con esparadrapo o tape, pero en servicio activo tras haber divertido a tres generaciones...

6-PRODUCTOS ALIMENTICIOS. El solo empezar a acordarse da hambre. ¡Aquellos pomos de un tercio de litro de puré de manzana! Y el resto de las compotas de pera o ciruelas mostrando rozagantes y cachetudos bebitos eslavos en su etiqueta ¡cuántas infancias cubanas no endulzaron! ¡Y qué magnífico suplemento diétetico resultaban para los adolescentes! En el campismo o sobre todo en los 45 días de la escuela al campo, las primeras veces que el niño criado, mimado y bitongueado en su casa chocaba con el hambre pura y dura. O sea, con la sazón de fuego de leña del campamento, con el arroz militar (45) y los otros dos mosqueteros (46) Aquellas divinas, nunca bien ponderadas y baratas conservas de ropavieja o estofado de res: la antológica carne rusa, marca Slava (47), la de la vaquita... qué fácil se oxidaban las latas, qué pésima presentación. Qué magnífico su contenido, una vez que se le agregaba una buena salsa. Y la smetana, con su característico sabor entre yogurt y queso, tan llorada aún por nuestros gourmets caribeños.
 

Aquel vodka Stolichnaya y aquel coñac armenio baratísimo en todos los mercados, mosqueándose ante el ronero chovinismo de nuestros curdas. Aquella sabrosa sopa salianska que servían en el llorado restaurante Moscú de O entre Humboldt y 23, antes de que se quemara... Aquel espeso borsh a la marinera, hecho de yogurt y coles que a todos los que tuvimos un vecinito o una noviecita rusos nos tocó un día la hazaña de probar por primera vez... y sin hacer arqueadas. Tantos embajadores de la rica cocina eslava y el acervo gastronómico ruso que estuvieron presentes por décadas en nuestro repertorio culinario, aunque fuera como una opción marginal al criollísimo bistec de puerco con congrís y yuca con mojo y la garapiña heladita, tan guajira.

Los mismos cubanos que regresaban contando de la nieve en la Plaza Roja, del lujo increíble de las estaciones del Metro moscovita y de las bellas noches blancas de Leningrado (48), trajeron, además de cuentos y bellas eslavas embarazadas, todo un flamante concepto de decoración doméstica, junto con toneladas de souvenirs de la riquísima artesanía popular rusa. ¿Quién no tuvo o soñó tener en el aparador de su casa una matrioshka de veinte o más muñequitas? Algunos cubanos fueron más allá y cargaron a su regreso al terruño con titánicos samovares de cobre, con teteras eléctricas y juegos de té y todo. (49) Así, la costumbre de tomar la delicada infusión, que hasta el 59 fue inglesa y aristocrática, se popularizó entre nosotros, y luego se volvió patrimonio de artistas y bohemios tropicales trasnochadores.

Otros, considerando con astucia guajira la relación peso-espacio a cubrir, cargaron con enormes afiches del Kremlin y la policromada catedral de San Basilio (50) que aún hoy se aferran tercamente a algunas paredes habaneras, muy desteñidos por la sobredosis de luz de este implacable trópico. Y hubo otras mil chucherías rusas adornando las salas cubanas: desde cucharas campesinas talladas en madera y reproducciones de llaves de las murallas de ciudades medievales del Báltico, hasta la hoy ultrakitsch agenda con la musiquita de La Internacional que muestra henchido de orgullo el personaje de Pistolita interpretado por Enrique Molina, en Hacerse el sueco, la más reciente comedia de Daniel Díaz Torres (51)

En los cuartos de las casas cubanas las alfombras, unas de grueso fieltro industrial, y otras notables piezas de artesanía de los pueblos de Asia Central, resistieron largamente una pelea de mono a león con el polvo, el churre y el calor tropicales. Hubo cuernos lituanos para beber hidromiel junto con astas de ciervo y hasta de alce, y cabezas de jabalí para adornar la pared. Tiubeteikas tradicionales uzbekas se colgaron de nuestras sombrereras junto a la boina gallega y el yarey guajiro. Y cuántos gruesos abrigos enguatados y chaikas de piel peluda no permitieron y permiten aún a su orondo y nostálgico poseedor pasearse con la sensación de invulnerabilidad que da una escafandra cósmica en medio de nuestros más helados frentes fríos ¡Nada en comparación con los veintipico bajo cero de Moscú en diciembre! Sin contar con esas botas altas de mujer, interiormente forradas de cálida piel de cordero, verdaderas saunas de torturar pies en este clima, que enmohecieron en los escaparates caribeños mientras su dueña prefería gastar pares y pares de frescas chancletas metedeos, entretanto no había una salida de verdad...

Del resto de la ropa, mejor ni hablar. Los cubanos hemos tenido siempre una sensibilidad especial para detectar lo cheo. Y aquellos trajes rusos que parecían cortados a serrucho, y aquellos zapatos tan... bolos, sin duda alguna lo eran, y mucho,

De la cultura, más allá de libros, películas y dibujos animados (ver Apéndice II), aún quedaría mucho por decir. El circo soviético en su habitual sede de la Ciudad Deportiva alimentó los sueños y las risas de dos generaciones de fiñes con sus acróbatas, domadores, jinetes y payasos. La fiel claque balletómana del Gran Teatro de la Habana aún recuerda entre suspiros a la ingrávida Maya Plisétskaya al frente del Ballet del Teatro Bolshoi. Hasta nuestros más curtidos bailadores de guaguancó y columbia de solar fruncían el ceño admirados ante las corvas de hierro que permitían a los bailarines rusos dar aquellos saltos increíbles y alternar vertiginosamente las piernas a ras del suelo en sus danzas clásicas. Y si bien la supervedette soviética Ala Pugachova cantando Arlequino no convencía a muchos, todos nos sabíamos Katiuska, Noches de Moscú y hasta Ojos negros. Y los rockeros made in Patio de María aún podemos repetir los nombres de aquellos grupos rusos que escuchamos en cassettes mal grabados, contentos de que socialismo y heavy-metal no fueran siempre conceptos antagónicos: La Máquina del Tiempo, Café Negro, Nautilus Pompilius, Aria y Stas Tiomin, que hasta tocó en esta perdida islita... Lo mismo que los amantes de la música electroacústica espacial al estilo Jean Michel-Jarré no podremos olvidar nunca aquellos LPs de los lituanos Zodiac... ni muchos de los trovadores de la novísima generación el ronco y desgarrador estilo de aquel Visotsky botando el alma en cada guitarrazo crítico.

De la ayuda prestada a nuestro naciente deporte revolucionario por la URSS es poco todo lo que se diga. Disciplinas como el boxeo y la esgrima no serían la fuente sostenida de medallas que son hoy sin los técnicos entrenadores de la hermana nación. Como a nuestra economía: no tendríamos combinadas cañeras sin aquella primera fábrica de KTPs, ni sería lo mismo nuestra industria minera sin sus maquinarias, ni la textil, ni nuestros puertos, ni nuestra flota mercante y pesquera.

De pronto, cuando más inamovible parecía el coloso, demostró tener los pies de barro. No fue cosa de un día ni dos ni tres, pero fue. Murió el aparentemente eterno Brehznev, y tras los breves e inestables Andropov y Chernenko, llegó el fatídico 89. Y los aires de renovación traídos por Gorbachov (52) soplaron tan fuerte a través de las telarañas de la corrupción, la doble moral y la burocracia, que el castillo de naipes se derrumbó. Tras el Gorba-show cayó el Muro de Berlín... y todo lo demás, incluidos CAME y Pacto de Varsovia. Fue el llamado efecto dominó, al que Cuba sobrevivió contra todo pronóstico. (53) y Fukuyama vaticinó muy orondo el fin de la historia.

Luego, hemos estado demasiado atribulados tratando de resistir y de paso desarrollarnos como para preocuparnos mucho por los antiguos hermanos. Sin los millones de toneladas de petróleo que el coloso europeo nos suministraba a precios ridículos a cambio de nuestra zafra, sin piezas de repuesto, hubo que buscar alternativas económicas en China y otros países, ir tirando de donación humanitaria en donación humanitaria, comprar con los carísimos dólares en el mercado...

Muchos dejaron de entender lo que estaba pasando. Cambiaron mil cosas que parecían eternas. La Casa de la Amistad Cubano-soviética en Paseo y 17 pasó a ser simplemente Casa de la Amistad. El mundo, de la noche a la mañana, se volvió unipolar. Se acabó la guerra fría, y el Ejército Rojo empezó a ser licenciado masivamente mientras muchos se preocupaban por el destino de tantas armas y tanto misil con ojiva nuclear en medio de aquel río revuelto. Empezamos a ver muñequitos de Mickey y el Pato Donald como plato fuerte de la tanda infantil. La bandera y el escudo de la hoz y el martillo ya no estuvieron más. Se devaluó el rublo, el boyante programa espacial casi se paralizó, y primero la Unión de Repúblicas Independientes y luego Rusia y Bielorrusia se volvieron más lejanas e incomprensibles que nunca. Los asesores e ingenieros regresaban a su patria revuelta, con el ceño fruncido de preocupación, y algunos amigos agua tibia se fueron con su padre o su madre para no volver más o hacerlo solo esporádicamente. Como en una pesadilla, nos enteramos de que los esposos Rosenberg sí habían estado en la nómina de la KGB, oímos hablar de la naciente y ultraviolenta mafia rusa que ofrecía una ocupación rentable a los miles de comandos y spetnatz desmovilizados, vino primero Nagorny-Karabaj y luego Chechenia, guerras civiles en la antes indisoluble Unión, supimos de un McDonalds en la Plaza Roja, de la demolición de estatuas de Lenin, de una estatua de Frank Zappa en Vilnius, Lituania, de neomonárquicos vitoreando el regreso de los Romanov en Moscú, de anarquistas en Minsk y neonazis en Letonia. Era el mundo al revés, era el caos: vino Yeltsin, luego Putin...

Desde entonces ¡quién lo iba a decir! ya han pasado 12 años, y seguimos aquí. La historia se sigue haciendo, cada día. Y a la pregunta de ¿qué dejaron realmente los rusos en Cuba? solo es posible darle una única y contundente respuesta: Recuerdos. Buenos y malos... ¡pero cuántos!

Aunque, tal vez, algo más... cierta indefinible nostalgia de lo que fue y ya no es. En el momento en que escribo estas líneas un ciclo de cine soviético en el Riviera ve llenarse la sala de espectadores con caras de añoranza, y un amigo agua tibia me comunica, en ese tono de secreto que algunos no han podido cambiar desde la Guerra Fría, que la antigua sede diplomática soviética, hoy Embajada Rusa, está considerando seriamente ¡al fin! crear una Asociación de Rusos-Cubanos... o algo así...

Yo no hablo ni entiendo ruso. No puedo mostrar un Stepanov o un Vladimirov como sonoros patronímicos. Mi padre nació en Vázquez, provincia de Las Tunas y mi madre en Güines, La Habana, por tanto soy lo que se dice criollo y reyoyo... Pero me pregunto si me dejarán entrar... no siempre, sino alguna que otra vez, al menos como invitado, a las sesiones de esa futura Asociación de Aguas Tibias.

No sería necesario mucho para hacerme feliz. No aspiro ni a ríos de vodka ni a festines nostálgico-pantagruélicos con fuentes de carne rusa y ollas de borsh... Solo a que, cuando vayan a proyectar algunos muñequitos... como aquel El enigma del tercer planeta, de ciencia-ficción y con guión de Kir Bulichev, o Dobrinia Nikitich... algunas películas... como El hombre anfibio o Piratas del Siglo XX... algunos documentales... como aquellos inolvidables Quiero saberlo todo... me dejen sentarme quitecito en una esquinita, mirando la pantalla.

Y así, transportarme por unos momentos a la única tierra de la felicidad que de veras existe: los recuerdos, el pasado, la infancia... A ese pedacito de nuestra vida en que los rusos eran parte de la cotidianeidad, y parecía que nunca iban a dejar de serlo.

           


 

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