понедельник, 31 октября 2016 г.

Tamara


 

 


 

Cada noche Tamara escuchaba el llanto de un niño, interminable, inquietante, y una voz femenina, tal vez de la madre, que trataba de consolarlo.

Tras la pared no se oía claramente lo que decía, al parecer también le cantaba algo, una canción muy monótona y triste que tampoco la dejaba dormir. Por eso ella salía al pasillo con la enorme tetera metálica para hacerse un té en la cocina colectiva que estaba al final del pasillo. La enorme tetera gris era pesada, por eso Tamara siempre calentaba poca agua, además así hervía más rápido y ella se quedaba en la cocina a esperar.

En realidad trataba de salir lo menos posible de su habitación, ese era el único lugar de aquella residencia estudiantil donde se sentía más o menos tranquila. El pasillo, la cocina y sobre todo el baño le parecían sombríos y peligrosos, más aún de noche. Por suerte, en aquel cuarto de unos 20 metros cuadrados vivía sola, en los otros vivían dos e incluso tres estudiantes. Su habitación se encontraba a la derecha de la escalera central, habitada por las chicas, mientras el lado contrario del pasillo estaba destinado a los chicos, pero los matrimonios podían vivir tanto en una parte como en la otra. Los hombres tenían en el pasillo opuesto su propia cocina y su cuarto de baño.

A veces, cuando iba a la cocina a calentar el agua para el té, salía también de la habitación de al lado un hombre, posiblemente podría ser el padre del niño, era bastante delgado, de hombros caídos y pelo largo y desgreñado. Al final del pasillo había una ventana, que estaba cerrada por el frío, pero allí se reunían a fumar aquellos que no podían hacerlo en su propio cuarto. Aquel hombre no podía fumar por el niño, seguramente.

Tamara podía ver sus dedos que sujetaban el cigarrillo y le temblaban un poco, como si estuviera nervioso. A veces se ponía de espalda y miraba el mismo paisaje invernal, blanco y desierto. El blancor de la nieve le daba un aire puro y limpio, pero el color del cielo casi siempre era plomizo.

Tamara nunca había hablado con aquel hombre, a pesar de que lo veía casi todas las noches, sólo suponía que era el padre del niño porque vivía en el cuarto de al lado, de donde se oía el llanto de un bebé. Cuando Tamara regresaba al cuarto con la tetera caliente, le parecía sentir en su espalda la mirada de aquel hombre, pero no podría decir con seguridad que la miraba, porque nunca se había vuelto para comprobarlo. Además, nunca lo había visto por el día, y le hubiera resultado difícil imaginarlo en otro lugar, fuera de aquel viejo edificio polvoriento. A veces le parecía que aquel hombre sólo existía en su imaginación, como complemento a la ventana oscura, al frío y sucio pasillo y al olor del tabaco de cigarrillos sin filtro que sólo se fumaban en Rusia.

Cuando no estaba aquel hombre, Tamara sentía más miedo. Le parecía que aquel pasillo estaba habitado por otros personajes, invisibles, pero malignos, que la observaban y trataban de transmitirle algún mensaje.

A veces ella también se acercaba a la ventana y alzaba los ojos para buscar en aquel espacio gris donde antes se encontraba el cielo, algo que pudiera consolarla.

“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Nunca había rezado en su vida, pero cuando miraba al cielo le dirigía un ruego, aunque no sabía a ciencia cierta a quién iba dirigido.

 

Era difícil creer que sólo hace unos meses era verano, ella  se encontraba todavía en Cuba y estaba sentada en el malecón con Víctor y se sentía totalmente feliz. Podía recordar que oscurecía, se encendían uno a uno los faroles, la luz del faro del Morro pasaba por encima de sus cabezas. El mar estaba tranquilo y liso como un cristal y tenía ese color azul turquesa que tanto le gustaba a Tamara.

Algo realmente mágico había en el aire aquella tarde, pues de pronto Víctor le empezó a leer un poema de un poeta ruso, Alexander Blok.

 

Por las noches en los restoranes

El aire es caliente y salvaje

Y los gritos de los borrachos

Se esparcen en el aire primaveral, perverso.

 

A lo lejos, sobre el polvo de los callejones,

Sobre el aburrimiento de los chalé

Puede verse el cartel de una panadería

Y escucharse el llanto de un niño.

 

Y cada noche, tras los cercados

Con sus bombines a la moda

Pasean entre los baches con sus damas

Hombres estropedos por la vida.

 

Los remos rechinan sobre el lago,

Y las mujeres gritan asustadas

Mientras desde el cielo, acostumbrado a todo

Hace muecas sin sentido un disco.

 

Cada noche ese amigo único

Se refleja en mi vaso oscuro,

Al igual que yo, está embriagado

Por ese líquido amargo y misterioso.

 

Junto a nosotros en las mesas vecinas

Aguardan los camareros, somnolientos,

Y los borrachos con ojos de conejos

Gritan «In vino veritas!»

 

Y cada noche a la hora indicada

(¿O solo se trata de un sueño?)

Una silueta de mujer, ceñida de seda,

Avanza en las tinieblas tras el cristal.

 

Ella pasa lentamente entre los borrachos

Siempre sola, sin compañía,

Tejida de perfume y neblina

Y se sienta junto a la ventana.

 

Sus sedas recuerdan viejas sagas

El sombrero adornado de plumas negras

Rememora viejas pérdidas,

Antiguas gemas adornan sus dedos.

 

Cautivado por su extraña cercanía

Quedo prendido a su velo

Y veo tras él una orilla encantada

Y un lejano paisaje de embrujo.

 

En mis manos está el secreto

Alguien me entregó la llave

Y todos los confines de mi alma

Están colmados del amargo vino.

 

Las plumas negras de avestruz

Se mecen suavemente ante mis ojos

Y sus ojos azules sin fondo

Florecen desde la otra orilla.

 

En mi alma se esconde un tesoro

¡Solo yo tengo la llave!

Tienes razón, ebrio monstruo,

Lo sé, la verdad está en el vino.

 

 

 

 

Tamara conocía ese poema, poema “A una desconocida”, y le molestaba mucho la conclusión a la que llegaba el autor al final: “In vino veritas” (la verdad está en el vino). Ella se sabía de memoria otro poema de Blok, un poema sobre la primavera y la fe, sobre una princesa que espera a un príncipe en su castillo, y lo leyó también en voz alta.

Tan inspirada, tan emocionada

Cantaba la primavera la princesa

Que le dije: Ten cuidado,

Pues podrías llorar por mí.

 

Pero sus manos tocaron mis hombros

Y escuche: No, perdona.

Toma tu espada, prepárate para el combate

Te protegeré en el camino.

 

Ve, ve, volverás joven

Y fiel a tu juramento

Yo conservaré mi helada soledad

Me enceraré en mi castillo de cristal.

 

Me albergaré en la alegría de las miradas

Y pasarán tranquilamente los años

Alrededor del castillo se escuchará el viento

Y en transparente arroyuelo arrastrará sus aguas

 

Estoy lista para un encuentro tardío

Y te esperaré con los brazos abiertos

A ti, que traerás del combate

En el filo de tu espada, brillando, la primavera.

 

El horizonte oculta con un telón azul

El castillo, la torre y tu figura.

Perdona, princesa, es largo mi camino.

Voy a por la ardiente primavera.

 

 

 

Ahora le parecía imposible que existiera el malecón, la Rampa, el mar. Estaba viviendo en una ciudad donde no había mar, y se sentía como presa. Sus estudios en el instituto eran bastante aburridos, lo único bueno que tenían es que podía faltar a las clases, pero entonces se quedaba en aquella habitación empapelada de amarillo, fría y sombría donde hacía tanto frío que siempre debía tener encendida una estufa eléctrica.

 Incluso había llegado a pensar que seguramente en el infierno no hacía calor, como solían pensar todos, y que eso de los calderos con aceite hirviendo era puro cuento, estaba segura de que en el infierno hacía frío, ese frío que cala hasta los huesos y hiela el alma. La ausencia del sol era una de las cosas que más la afectaba, así como el hecho de que a las 4 de la tarde ya oscurecía. En aquel edificio parecía como si en todo el mundo no hubiera ni sol, ni verano, ni amor…

Sólo podía leer, ese gran remedio para cualquier pena que descubrió en su infancia, y esperar. En la penumbra de su cuarto tejía interminables jerséis de lana, para abrigarse y para que el tiempo pasara más rápido, y le parecía que en esa labor estaba oculto un profundo sentido filosófico. Un punto seguía al otro, y otro más, hasta formar una fila. En cada momento concreto ella está haciendo un punto más,  se encontraba en un punto del tejido.

Sólo Dios, que veía todo el tejido ya acabado y sabía cual era el dibujo, tenía una visión de cómo se unirían los puntos. Dios veía todos los tejidos a la vez, las vidas de todas las personas del mundo en lazadas en un enorme cuadro multicolor. Sólo esa idea le daba cierto sentido a esa espera similar a la de Penélope, la idea de que Dios había creado esa trama con cierto fin que Tamara no acababa de entender.

Claro que ella estaba esperando a Víctor, a pesar de haber roto ella misma esa relación. Su  destino era el mismo que el de todas de todas las mujeres, esperar.

 

Víctor también la estuvo esperando, incluso había ido al aeropuerto a recibirla, cuando ella llegó por fin a Moscú.  Cuando Tamara salió con su maleta por las puertas, Víctor estaba allí, con un traje gris que lo hacía parecer un empleado de banco. Esa vez tampoco le regaló flores, como tampoco le regaló cuando estaban en Cuba, donde las flores eran tan baratas.

Nunca le regaló ni una flor, nunca le había dicho que la quería. Si en el cine no se hubiera ido la luz aquella tarde, y no se hubieran besado casi de casualidad, tal vez nunca hubiera ocurrido lo que ocurrió después.

En Cuba iban a Guanabo, a la playa, nadaban, tomaban el sol.

Los domingos paseaban por la Habana Vieja, comían en una pizzería, volvían por el malecón andando.

En Moscú todo cambió. La primera noche que salieron juntos fue también la última. Víctor la invitó a casa de unos amigos. En realidad, sólo estaba en casa su amigo, su mujer estaba en la casa de campo, en la dacha. Vinieron otros hombres más, era como una fiesta de solteros, Tamara era la única mujer. Había una botella de coñac, chocolates y café. En el espaldar de una de las sillas había una falda de flores, seguramente de la mujer del amigo, pero todos insinuaban que debería ser de otra mujer, pues la talla parecía bastante grande.

 Alguien propuso poner una película pornográfica, y Tamara no se atrevió a protestar, pero se sintió bastante molesta. Víctor se prestó en cierto momento a enseñarle el apartamento, pero ella se negó, pues pensó que esa invitación era también de doble sentido, como todo en aquel apartamento, desordenado y sucio.

No quería estar a solas con Víctor,  tampoco podía irse a casa sola, porque no conocía Moscú, y estuvieron allí bastante rato, sentados en un sofá, sin hablarse, hasta que por fin terminó la película.

Luego Víctor la acompaño hasta el apartamento donde Tamara se había alojado. Por fin estaban juntos, pero Tamara se sentía muy, muy triste. Se despidieron en la puerta con un frío beso.

 Cuando entró al apartamento, entendió por qué estaba tan triste. Sintió que debía separarse de Víctor, que no tenía ningún sentido verlo otra vez, que no era la persona que ella se había inventado.

Lo llamó unas dos horas más tarde, para darle tiempo de volver a su casa, y le dijo que todo había terminado y que no la llamara más y no la buscara. Víctor la escuchó en silenció y colgó sin decir una palabra.

 

 

A veces le parecía que se encontraría con él por casualidad, por alguna razón pesaba que sería en el metro, o cerca del metro. Ella conocía la estación donde se encontraba el periódico en el que trabajaba Víctor, y si por algún motivo pasaba por ese lugar, miraba atentamente a todos los hombres que caminaban por la acera, como si tratara de reconocer su silueta. No sabía que Víctor había llegado a ser el redactor jefe de su diario y solo viajaba en coche.

 Por alguna razón le parecía que se encontraría a Víctor cerca del Mac Donald’s de la calle Pushkin, el primer Mac Donald’s que apareció en Moscú a finales de los años 80. Las colas que se armaban para entrar  salieron incluso en el libro de Records de Guinnes. Durante mucho tiempo fue el único en Moscú, y allí se reunía la gente joven. El instituto donde estudiaba Tamara estaba cerca de aquel lugar, y a veces podía percibir un olor, no muy apetitoso, por cierto, que provenía de allí.

Tamara no podía en aquel entonces permitirse el lujo de comerse un bocadillo que costaba casi dos dólares, pues recibía unos 25$ al mes, y por eso se imaginaba su encuentro con Víctor fuera del local, en el parque que estaba junto a la famosa cafetería. Cuando pasaba por ese parque, sobre todo por la tarde, después de las clases, miraba disimuladamente a los hombres que estaban sentados en los bancos,  para poder descubrirlo. Pero ese encuentro nunca ocurrió, Moscú es demasiado grande para encuentros casuales, o ese encuentro no estaba previsto por el autor de la trama, fuera quien fuese.

Ella volvía entonces a su albergue polvoriento, ponía la tetera en uno de los cuatro fogones de la cocina colectiva y esperaba a que hirviera el agua. Otra vez veía al hombre que fumaba en la ventana del pasillo, escuchaba al niño llorando y el interminable invierno se apoderaba nuevamente de su alma.

 

 

Verónica Pérez Konina (Proskurnina)

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