CUATRO FRAGMENTOS DE PIEL BALDIA

NUEVO TEXTO DE TALLER DE TRADUCCIÓN
Pronto publicaremos enlace a la variante en ruso


Helena Bícova

(RELATOS BIOGRÁFICOS DE MI PASO POR CUBA)

1
 

Primero fueron las gaviotas y el ancla descendiendo, tan lentamente, que jamás habría imaginado lo difícil que sería abandonar aquella isla. Las calles de La Habana eran una muchedumbre, una masa

compacta de sudor y carne, de gritos en un idioma entonces incomprensible, pero definitivamente seductor, armónico, y raramente jugoso.

El proceso de la aduana era sencillo entonces. Los oficiales del barco que eran, entre otras cosas, expertos contrabandistas de todo tipo de artefactos, le hicieron una sola sugerencia a mi madre: "Raspe

las suelas de todos los zapatos, para que no parezcan nuevos”. Y así lo hicimos, nos sorprendió el amanecer en plena faena, con el ala caída de tanto raspar y con el alma llena de borrones. Cada movimiento de la mano iba multiplicando, una a una, las millas que habíamos dejado atrás en el Atlántico.

Él nos estaba esperando. Mi madre aún permanecía atada al espejo, pintándose una y otra vez la boca con aquel color bandera, cuando apareció en la puerta del camarote, la observó fijamente y la abrazó, como nunca más lo haría.

Yo tenía siete años y me atrevo a decir que ese día se pertrechó toda la filosofía de mi vida: vivir contracorriente. Era abril de 1980, justo en los días del éxodo del Mariel y el segundo brote de la fiebre porcina. Lo que significa que llegué en medio de dos grandes contradicciones, la primera es que yo llegaba y todos se iban, y la segunda, más rara aun, es que las vacas eran sagradas, los puercos estaban enfermos y no se podían comer y los huevos eran para tirárselos a las personas en la calle.

Llegamos al pueblo al anochecer. Debo decir, antes de continuar adentrándome en la memoria, que la similitud entre Malvango y Macondo no es puramente casual, ni está limitada a la toponimia. Es más bien una de esas raras circunstancias de la crueldad histórica, donde lo maravilla supera con creces la realidad.

 


 

Volviendo al viaje... Una carreta nos estaba esperando cerca del andén. Era un cajón revestido con hojalata, enganchado a un tractor agrícola. Llovía torrencialmente, cuando digo "torrencialmente",

quiero decir que toda el agua del mundo estaba cayendo sobre la carreta, sobre la hojalata de la carreta, que multiplicaba hasta el infinito el fenómeno acústico de aquel diluvio... no sé si decir primaveral,

infernal o premonitorio. El viaje duró como una hora. Entre atasco y atasco yo sentía cómo mi corazón se hacía más y más pequeño, hasta ser un susurro, un lamento débil y sostenido, un agujero negro en el centro del pecho.

Era el olvido. Fue entonces que empecé a entender el llanto de abuela. Pero ella ya estaba al otro lado del mundo.

 

 

 

 

A ambos lados del camino se disponían pequeñas casas de madera con techos de guano, en el centro una puerta, y sobre la puerta una bombilla, todas emanando la misma luz tenue como el eco del eco, casi inexistente. Era un paisaje repetitivo, siempre tenía la impresión de estar mirando la misma escena. Al final sobrevino lo esperado, lo inevitable, lo uno y otra vez anunciado: la última pared de madera, la última puerta, y la última bombilla, eran las nuestras.

Las paredes interiores eran de bloques desnudos. Se entraba directamente a un saloncito, y de ahí a las habitaciones. En lugar de puertas, colgaban cortinas de saco, teñidas con alevosía de un cardenal

grandilocuente. En cada una de las cuatro paredes colgaban unos gigantescos cuadros con periquitos australianos, que según Él, eran “verdaderos”, porque se habían comprado antes del 59 en la Isla de

Pinos. Amén. Todo era oscuro y húmedo… decenas de rostros se sucedían frente a mí con su mueca más dulce. Es increíble cómo he logrado memorizar aquellos gestos, los oculté en algún remoto estanque de la memoria para no perderlos. Mi madre tendría entonces unos 15 años menos de los que tengo yo ahora, y por más que acomodo y reacomodo la historia no logro entender, cómo pudo, con qué fuerzas sobrenaturales logró soportar aquella noche.

La primera habitación de la derecha era la nuestra. Después que terminó el jolgorio de recibimiento, mi madre y yo decidimos traspasar aquella cortina y adentrarnos en el que sería nuestro refugio por seis larguísimos años. Recuerdo que lo hicimos despacio, con el paso y la respiración

entrecortada, como quien teme encontrar frente a sí un abismo. Nos sentamos al borde de la cama, donde ya Él dormía, rendido por el aguardiente. Nos miramos largamente, en un silencio austero, sepulcral… y yo no sé qué estaría pasando por la mente de mi madre, pero yo sólo tenía una interrogante concreta:

¿Cómo haría para dormir dentro de aquella caja de tela que estaba sobre mi cama, y que después supe que se llamaba mosquitero?

Sin embargo, un suave olor a almidón planchado me sedujo y dormí estupendamente.

 

Al otro día me despertaron los gallos. Saqué la cabeza de la casa de tela y empecé a observar, uno a uno, los objetos que me rodeaban. Mi cama era de hierro, y aunque era notable que estaba un poco oxidada, alguna vez había sido blanca, y de hecho me gustaba mucho. En lugar de ventanas, había dos huecos en las paredes clausurados con gruesos tablones…

 

 

2

La abuela Hilda tenía 12 hijos, creo que por eso murió a destiempo, necesitaba un corazón tan grande, que terminó rompiéndole el pecho. Tía Geña era mi favorita. Yo pensaba que era traficante, y eso me apasionaba. Cada cierto tiempo la visitaba "el elemento", así lo llamaban, haciendo una combinación de mueca entre ojo y boca, dirigida hacia mí, para que quedara, más claro aún, que era un tema prohibido. Llegaba siempre de madrugada. Yo me enteraba porque venía en un tren que rompía estrepitosamente el silencio nocturno, atravesando indolente todo el poblado. Él aparecía una hora después de que el tren pitara tres veces. Esa era la contraseña, yo no sabía español, pero sí sabía de espionaje de todo tipo, de elementos, y especialmente de hacerme la tonta.

Por seguro al otro día yo encontraría la mercancía. Siempre venía en pomitos de penicilina, de vidrio verdadero, nada de plástico. Venían colores inimaginables, rojos, naranjas, los violeta medio perlados eran elegantes (“Bueno, pa’ las manos prietas”, decía la tía). Geña era la única "pinta uñas" del barrio. Y me enseñó el oficio, por eso la pude ayudar cuando se enfermó del alma, y con tanta cercanía entendí que el "elemento" era el amante, y el "contrabando", pinturas que traía desde Santiago en el tren donde trabajaba como maquinista. Después que la tía enfermó, nunca más escuché el claxon del tren, ni vi al “elemento” y las pinturas se fueron secando poco a poco. Así aprendí mi primer oficio a los

ocho años, no me pagaban nada, pero ser la “pinta uñas” era como pertenecer a la más alta aristocracia malvanguera.

 

 

3

Las noches eran, literalmente, una boca de lobo. Sólo se escuchaban los perros, y en los días de lluvia las ranas. También se escuchaban las goteras, el agua que caía por los orificios del techo de tejasfrancesas. Goteras de agua rigurosamente colectadas, lo mismo podía ser en un caldero, que en un jarro, que en una palangana, cualquier cosa servía. Cuando la lluvia era salvaje, de esas que lograban sacar al abuelo Esteban de balance y hacer su plegaria desesperada, con un par de machetes en forma de cruz, entonces también perdíamos la electricidad, el vaho amarillento empezaba a parpadear, una vez, dos, a veces tres... y listo: a encender los candiles. No, no hablo de lámparas chinas, ni faroles, ni quinqués, hablo de candiles. Un recipiente con keroseno, una mecha y una llamarada crujiente, robusta, de un rojo intenso, humeante, muy humeante. Sin embargo, esas noches eran mías. Me metía cuanto antes debajo de mi mosquitero, con mi colcha a cuadros y mi almohada de plumas de patos, y me dormía hipnotizada por la gotera que tenía justo al lado de la cabecera de mi cama, tin... tin... tin... Yo tenía algo que me hacía fuerte esas noches: una linterna y un libro grueso de tapa dura: Cuentos clásicos rusos, en ruso, lleno de príncipes y princesas. Ése era mi paraíso, mi territorio privado, mi franja libre de impuestos.

Pero aquella noche no llovió. El calor pegajoso y húmedo no me dejaba pegar un ojo, y los perros tenían una verdadera jauría, cuando de pronto empecé a sentir un olor abrazador, venía con el aire, penetraba por cada rendija y aturdía, aturdía a tal extremo que el abuelo dejó de roncar de súbito y corrió hacia el patio.

-Ave María purísima-, gritaba, mientras elevaba los brazos al cielo, donde crecía, vertiginosa, una columna de humo, la ceniza se esparcía como pólvora, y en la lejanía, entre el ladrido de los perros y los rezos, se escuchaban gritos desesperados de auxilio, gritos con eco. Y corrimos, yo no sabía hacia dónde pero también corría, llevábamos las mismas vasijas con que recogíamos las goteras, y seguíamos corriendo, y no llovía, había más estrellas que nunca en el cielo, la yerba crujía, el calor se iba sintiendo más y más cercano, ya se veía el aire rojizo, y seguíamos corriendo, atravesamos el potrero, y varios caseríos, las fosas nasales dilatadas, parecíamos bueyes, ya yo no sabía ni qué pensar, no entendía nada, pa mi idea, así, rectilínea y sin dobleces, íbamos pa’ la guerra.

Llegamos medio muertos. En lugar de la casa había una hoguera, enorme, rodeada de gente sofocada, como nosotros. Aquel fuego en medio de la noche olía a muerte. Una viejita lloraba, recostada de alguien, todos la atormentaban con preguntas, pero ella insistía en que el viejo se había ido hacía varios días con otra mujer. Que no sabía cómo había empezado el incendio, y que no había más nadie adentro, que la dejaran tranquila. Se secó las lágrimas, respiró tan profundamente que hasta yo lo sentí, que estaba al lado, con las rodillas flojas, y dijo con una tranquilidad pasmosa:

-No me pregunten nada, no hay nadie a quien avisar. Déjenme despedirme de Él.

-¿De quién?- Preguntó alguien.

-Del rancho, mijo, del rancho, de quien va a ser.- Respondió entre dientes. Las llamas se reflejaban voraces en sus ojos llenos de odio.

 

 


 

Juro que no soy culpable... Ni de los edificios-cajones, ni de la sardina en latas, ni de los zapatos de punta redonda, ni de los especialistas privilegiados, ni de los muñequitos que nadie quería ver, como Volka y Lolka, que ni siquiera eran rusos. Pero especialmente juro que no soy culpable de que después de odiarlo tanto, lo perdieran todo. No me condenen, soy inocente, yo también estoy aquí. (Santiago de

Cuba, 1993)

Todavía recuerdo sus gritos, sus dientes amarillos y su saliva salpicándome, sin control, sin orgullo ni misericordia, como un agonizante que no encontró otra grieta para respirar que no fuera destilando su rabia sobre ni hambre.

Yo estaba en segundo año de filología en Santiago y tendría unos 19 años... y corría el 1993.

Pasaba meses sin poder ir a casa, primero porque no tenía dinero, y segundo, porque aun si hubiera tenido dinero, no había cómo vencer aquella distancia. Pasaba días enteros en la autopista, a ver si alguien me recogía y me adelantaba, de tramo en tramo. Así mi viaje, que normalmente sería de un par de horas, a veces duraba 8, 10, 12 o en el peor de los casos, simplemente no ocurría. Y aquel día fue igual, después de pescar una insolación dramática sin ningún resultado tuve la peregrina idea de ir a la estación de ómnibus. Para mi suerte había allí, a punto de partir, uno con destino a Bayamo.

Entonces pensé:

“Ok, Bicova, olvida la variante de un pasaje, porque no estás en ninguna de las listas milenarias para poder lograr uno, y olvídate de un soborno, porque lo que tienes son cinco pesos en el bolsillo, y para eso necesitarías unos cincuenta”. Así que descartadas las dos variantes con probabilidades de éxito, no me quedó más que disponerme a implorarle al chofer que me llevara. Han pasado más de veinte años, he superado enfermedades, desamores, he enterrado muertos, me he caído y levantado más de una vez, y nada, absolutamente nada ha dejado en mí una marca tan caótica como la que me dejó la decisión de acercarme a aquel chofer de ómnibus y decirle: "Señor: yo soy estudiante, usted cree que me pudiera

llevar hasta Bayamo?".

Yo todavía no se sí fue mi acento, mi cansancio o mi total falta de gracia, pero aquel hombre se viró hacia mí, despacio, como quien aún está dudando, y preguntó, con una mueca no me quedaba claro si era de fealdad o de desprecio...

-¿De dónde eres?

Debo ser honesta y decir que, en mi ingenuidad, esa pregunta me supo a gloria, tanto que no pude evitar esa sonrisita bucólica de "Esto empezó bien... Ahora entablo una breve charla y en cuestión de minutos... Tan-ta-ra-rá, estaré adentro". Y pensé: Si le digo que soy bielorrusa, no va a saber ni un carajo de qué le estoy hablando, así que mejor digo "soy rusa" que eso todo el mundo lo conoce, y así me ahorro explicaciones, y abrevio el proceso de sentarme en el ómnibus.

-Yo soy rusa-, me apresuré a decirle y me quedé mirándolo con mi cara de vaca loca...

En lugar de respuesta recibí un escupitajo, lo vi venir, escuché cómo lo rebuscaba en su garganta sin disimulo, cómo sus músculos se inflaban buscando la velocidad necesaria para que sus babas salieran como un disparo mortal hacia mí. Por suerte no tenía buena puntería porque "aquello" me pasó por la izquierda y siguió rumbo desconocido.

 

 

Pero yo seguía allí, quería pensar que era un accidente. Tenía que ser un accidente aquella barbarie. Entonces empezó a hablar:

-Prefiero pasarte por arriba como una rata, antes que llevarte a ninguna parte, por tu culpa nos estamos muriendo de hambre, maldita rusa.

Sus palabras se acomodaban en mis oídos como serpientes, en cuestión de minutos cientos de personas estaban alrededor de nosotros y él seguía vomitando su veneno, exponiendo sus heridas sangrantes.

 Recuerdo que mi bolso se resbaló de mis manos, ya no escuchaba, y él seguía culpándome, no bajaba su dedo índice, en algún momento traté de decirle que iba a llamar a la policía, pero tenía un bloque de cemento en la garganta, y acto seguido noté en el público un par de ellos, uniformados,

riéndose indiferentes. Sabía que tenía que irme, pero no podía caminar, apenas podía sostenerme.

Recuerdo que entrelacé mis brazos sobre el estómago adolorido y vacío, como para que no se me saliera el corazón por cualquier hueco, y me fui moviendo, doblada, me temblaba todo el cuerpo. Nadie me socorrió, no me crucé ni con una mirada de consuelo.

Ya era de noche, todavía recuerdo la luna llena. Llegué hasta la residencia estudiantil de Quintero, subí la escalinata, en cada escalón me lastimaba los dedos, porque, entre la agonía del alma, el llanto y el hambre de no haber comido nada desde el día anterior, estaba tan frágil que no tenía fuerza ni para levantar los pies lo suficiente.

Me metí en la ducha hasta que se me gastara la vergüenza, me acosté como Dios me trajo al mundo y le pedí a Él que me llevara, que ya yo no podía, no quería, ni merecía nada más.

No sé exactamente qué hora sería, pero después de haberme dormido profundamente me despertaron los gritos del custodio que cuidaba la residencia y cuyo punto de sentarse en un taburete era justo en los bajos del edificio F, muy cerca de mi ventana.

Primero no entendí nada, como de costumbre, pero luego supuse que estaba en medio de una pesadilla, porque aquel custodio, que no tenía nada que hacer dentro de mi edificio, dado que su trabajo era calentar su taburete y chismosear la correspondencia… estaba frente a mi cubículo en la tercera planta, preguntándole a alguien que dónde dormía “la rusa”.

 Me quedé paralizada, me tapé cabeza y todo y empecé a rezar una jerigonza dirigida a “quien pueda interesar”, porque ya a esas alturas no sabía ni a quién dirigirme.

Ya se me estaba poniendo medio gacho el ojo izquierdo, cosa que sólo me pasa en situaciones extremas, cuando tocaron en mi puerta. Es que yo no lo podía creer, ¿cuál era el pecado que me había tocado resarcir ese día? ¿Acaso sería yo la Juana de Arco bielorrusa, que tendría que ir a la hoguera?

Mientras mi cabeza se llenaba de hipótesis, el hombre tocaba más y más fuerte en mi puerta… estuve a punto de meterme debajo de la cama. Pero decidí darle frente. De mi garganta salió un “dígame” que por más que lo repetía no se escuchaba ni por mí misma. Me enredé en la sábana, me acerqué a la puerta. (No puedo dejar de reírme recordando esto).

-¿Qué usted quiere? -le pregunté casi en sílabas.

-¿Tu eres la rusa? -me interrumpió, sin mucho protocolo.

-Bueno… yo… -Empecé a balbucear, tratando de ganar tiempo, a ver si se me ocurría una respuesta, por poco me orino, y continué…- No exactamente, mi país está por ahí cerca…

-Chica, deja el jueguito y acaba de bajar que te están esperando.

-¿A mí? ¿Y quiéeeen? -Demás está decir que el hecho de que alguien me estuviera esperando allá abajo en medio de la madrugada no era algo común, de hecho, era inédito.

-No sé, es un camión lleno de gente.

-¿Qué quéeee?

Y el hombre se fue. Entonces me asomé por la persiana y efectivamente había un camión enorme, abierto, lleno de gente. Yo no iba a bajar, ya lo había decidido. Pero nada más sentarme en mi cama, aquel carro empezó a pitar y encender las luces intermitentes. Eso, en el silencio y la oscuridad de Quintero, una madrugada de sábado. Ya taparme la cabeza o meterme debajo de la cama no era suficiente, ya me quería meter dentro de la taquilla, desaparecer, escurrirme por el tragante de la ducha… Y el camión no paraba y mi corazón tampoco.

Me llené de coraje, porque ya me estaba enojando, me enganché una bata

de floripones, bien rusa, y bajé. Nada más salir del edificio oí los gritos de un hombre:

-¡Dale mijita, apúrate, que vamo’ pa’ Bayamo, hace media hora que te estamos esperando!

-¿Pa’ Bayamo? ¿El que está por allá después de Jiguaní? -empecé a preguntar tonteras, porque ahí sí me quedé en shock.

-Sí mija, vamo, súbase, a ver… yo la ayudo.

-Es que yo no tengo dinero- Trate de explicarle, aun sin entender nada de nada.

-Qué dinero, ni dinero, su viaje está más que pago -me respondió con una sonrisa tan dulce, que me curó el espanto.

Y me subí, ni siquiera recogí nada, me fui tal cual. El viaje fue sin escalas, me dieron un lugarcito para sentarme y todos me sonreían. Llegué a la casa, me hundí en mi almohada de plumas, la misma que me servía de refugio en mis noches malvangueras, y fui tan feliz… que eso sí no sé ni cómo explicarlo.

Nunca supe exactamente qué ocurrió. Ése es uno de los grandes misterios de mi vida. No pierdo la esperanza de que algún día alguien pueda explicarme, para darle las gracias.

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