вторник, 26 ноября 2013 г.

Vacaciones terroríficas.



Esta historia ocurrió un día agradable cuando mi madre y yo pasábamos las vacaciones en la casa de su amiga. Tenía once años .
Paseamos delante de un lago pequeño donde siempre había muchas flores y muchos animales pequeños como ratones, lagartos y topos. Después volvimos a la casa.

Había seis personas en la casa – la amiga de mi madre, su marido, sus dos hijos - un niño y una niña, mi madre y yo. El marido de la amiga de mi mama nos dejó por toda la tarde porque tenía que ir a trabajar al día siguiente. Así que esa noche la tuvimos que pasar solos.
La tarde la pasamos jugando a las cartas y charlando en casa sobre la vida.
Después nos fuimos a las camas. 
Estaba durmiendo en el segundo piso de la casa cuando de repente oí un extraño ruido desde abajo. Abrí los ojos y luego  oí un grito. Eso fue definitivamente un grito de  mujer y después ya dos mujeres estaban gritando.

Bajé las escaleras, alguien encendió la luz y vi lo siguiente: tanto mi madre como  su amiga estaban gritando. Al mismo tiempo, la amiga de mamá estaba tocando las paredes de la habitación como si quisiera encontrar a alguien o algo.
Cuando las dos damas se calmaron un poco, nos sentamos alrededor de la mesa y luego cada una de nosotras contó su propia historia.

 La historia de la amiga de mi madre:
 Ella estaba durmiendo y vio un sueño donde ella estaba en un campo rodeada de animales y lagartos. (Y también tengo que decir que esa amiga de mi madre siempre había tenido miedo de los lagartos.) Y en ese momento le pareció que un lagarto estaba en su cama. Por eso ella empezó a gritar. Estaba muy asustada.

La historia de mi madre:
"Yo estaba durmiendo y tenía un sueño muy bueno, donde algo muy agradable  estaba sucediendo. De repente oí el grito de mi amigo. Estaba tan asustada que empecé a gritar también."

Nos reímos juntas largo rato.
Los niños, por suerte, no se habían despertado.

 
Polina Pospelova


Historia de mis vacaciones en España.



El año pasado yo estaba de vacaciones en España. Yo estaba con mi esposa y mi hija. Vivíamos en una pequeña localidad de La Manga de Mar Menor. Todos los días íbamos a comer en diferentes restaurantes. Uno de los restaurantes estaba cerca del mar y nos gustó especialmente. Empezamos a ir allí todo el tiempo. Cada vez que íbamos hablábamos en voz alta  en ruso. Con el camarero nos comunicábamos con gestos.
 El camarero no sabía Inglés y nosotros no hablábamos español. Esto no nos impidió comer dos veces. Llegamos al restaurante por tercera vez. Nos sirvió el mismo camarero. Nos vio y gritó con alegría: "¡Ahora entiendo de dónde eres! ¡ Eres portugués!"
 Nunca pensé que un español podría pensar que el idioma ruso es  portugués.Nos reímos mucho.En Rusia, en general, piensan que el español y el portugués son muy similares, como el ruso y el ucraniano. Esta historia me parece muy divertida y es sobre los estereotipos culturales.

Enikolopov Nikolai 


Tres novelas cortas sobre mi viaje a Vietnam.




1.        Cuando llegamos a hotel ya estaba todo oscuro. Nos alojamos en una cabaña enfrente del mar y escuchamos el ruido  de las olas grandes. Fui a ver el mar y llegué a la playa. La encontré muy estrecha, la arena estaba con montículos y cubierta con una vieja membrana plástica con bordes  que se movían en las olas. Incluso las sombrillas estaban dentro del agua a  tres o cuatro metros de la línea del oleaje. Creí que habíamos viajado  allí en vano.  Cuando volví a la cabaña le dije a mi mujer que la playa se la había llevado el mar y no había ni un trocito  para tomar el sol. Nos acostamos apenados. A la mañana siguiente nos levantamos y escuchamos que el ruido había desaparecido. Vimos el mar calmo, el cielo claro, el sol cariñoso y  la playa (¡milagro!) se había convertido en una playa muy ancha. ¡Estaba muy asombrado! Primero no pude concebir lo que ocurrió.  Y  después me acordé de que existía la  marea baja…


2.        Había una pobre aldea de pescadores cerca de hotel. Ella estaba en una bahía azul llena de  barcas de pescadores pintadas de diferentes colores. Una escalera ancha bajaba a la costa de la bahía. Por las madrugadas en el mercado había ruido hasta las nueve. Después unos turistas visitaban ese lugar para admirar el paisaje. Siempre había unos niños allí que recogían conchas y trataban de venderlas a los turistas.  Un día fui a la aldea y me senté en la escalera. Enseguida los niños me rodearon y gritaron que les comprara las conchas. Tenía una videocámara y empecé a grabarlos. Ellos no me hacían caso. Decidí mostrarles el vídeo. ¡Cómo se alegraron! Cada uno ellos gesticulaba, corría y se veía a sí mismo en la cámara. Después me cubrieron y empezamos a ver el vídeo de nuevo. De repente sentí que alguien me hacía masaje en la cabeza, otro me rascaba la espalda, una niña me tocaba la pierna (creo que ella no había visto una tan peluda, en Asia la gente no tiene pelos en el cuerpo)… Me imaginé que era un viejo jefe de una manada de monos y no quería volver a la realidad.



3.        Un buen día decidimos visitar la estatua de Buda Grande de esas que están en muchos lugares de Vietnam. Había que recorrer noventa kilómetros para alcanzar el lugar sagrado más cercano. Allí hay un Buda acostado, su largo   es de cien metros y está hecho de piedra blanca. La estatua está en una montaña cubierta de bosque y mil cuatrocientos escalones llevan a la cima… Miles de peregrinos habían subido por la escalera y todos habían creído que ocurriría un milagro. Pero hoy el camino no es difícil porque hay un teleférico y la mística se perdió para siempre. En Vietnam el tipo de transporte más importante es el escúter. Casi todos montan en él y por supuesto nosotros también. Por la mañana montamos en escúteres y fuimos a ver el Buda Blanco. Andamos largo tiempo por la sinuosa costa del mar, a través de la ciudad, donde había mucho tráfico de escúteres zanqueados y cansados paramos en una aldea enfrente a una casa. Empezamos a fumar y veíamos como los niños en el patio nos miraban. Ellos se reían viendo nos y después corrían dentro de la casa y se aparecían con todos los parientes. Allí estaban pronto todos los que vivían en aquella casa - ancianos, padres, tíos, hermanos y amigos. Ellos nos miraban con atención, sonreían y cuchicheaban. Primero no entendíamos nada. Un rato después comprendimos que la gente como nosotros era como pájaros raros en esa tierra. Sentí como si estuviera dentro de una piel ajena y  comprendí cómo una persona negra se percibe entre los blancos.

Andrey Danilov


понедельник, 25 ноября 2013 г.




Roma, 2009. 
En junio de 2009 mis amigos y yo por primera vez viajamos a Roma por un fin de semana. Ninguno de nosotros  había estado antes allí.  El vuelo de nosotros era de noche, llegamos a las seis de la mañana a Roma, dejamos las cosas en el hotel y enseguida, sin descanso, nos fuimos a la playa. Todo el día andamos por lugares diferentes y en resumen nos encontramos por la noche en un restaurante cerca del Coliseo. En este restaurante nosotros tomamos unas copas y solamente a medianoche decidimos ir al hotel a pie. Según nuestros cálculos el hotel estaba a unos 10-15   minutos a pie del restaurante. Sin embargo, cuando pasaron ya unos 40 minutos y no habíamos llegado al hotel, comprendimos que nos habíamos perdido.
Además no sabíamos ni el teléfono del hotel, ni el teléfono del taxi, no sabíamos siquiera la dirección del hotel, solamente su nombre. Puesto que llevábamos sin dormir más de 24 horas, uno de mis amigos, que se llamaba Den, comenzó a dormirse de pie.

Ninguno de nosotros  sabía  italiano y solamente después de una hora paseando en la noche encontramos a unos chicos que hablaban ingles, explicamos nuestra situación y pudimos llamar un taxi. Cuando logramos comunicarnos  con el taxista, uno de mis amigos tomó el teléfono y dijo en inglés: "Den is sleeping, come soon".

Cuando llegó el taxi, resultó que nuestro hotel se encontraba a unos 100 metros del lugar donde estábamos.
         La frase  “Den is sleeping" se hizo famosa, la recordamos hasta ahora.


David Arutyunov

вторник, 19 ноября 2013 г.

Algo más que una bicicleta.



Cada verano de mi infancia yo, mi hermano y mi primo lo pasábamos  en un pueblo donde nació mi madre y donde vivía mi abuelita. Todos los habitantes de lugar sabían  que habíamos llegado porque nuestra abuelita decía con orgullo que habían llegado sus nietos de Moscú para ayudarle en la hacienda. Claro que llegábamos no sólo para trabajar, mejor dicho, para descansar antes de la escuela. En aquella época no había muchas cosas que tienen los niños de hoy. No jugábamos con un ordenador, no había  Internet y por la tele era bastante difícil encontrar algo interesante para los niños. Por eso pasábamos la mayor parte del tiempo al aire libre jugando y paseando.
Aquel verano mirando a mis hermanes mayores decidí aprender  a montar en la bicicleta. Con mucho orgullo me entregaron una bici que se llamaba «Druzhok» (amiguito en español), la cual me “pasó en propiedad por  herencia” de mi hermano mayor y a él del otro hermano mayor (somos tres hermanos, y yo soy menor de los tres). La bici era bastante usada, de color verde vivo, con un freno de mano y con el timbre en el manillar. Me gustaba muchísimo. Tenía sólo una imperfección, era pesadísima. En la época soviética todo lo hacían para siempre, por eso, probablemente, la habían hecho de hierro colado o de plomo. Era tan pesada. Como el verano siempre terminaba inesperadamente, trataba de la oportunidad practicar cada día, por eso la llevaba conmigo constantemente.
Detrás de nuestra casa había un huerto, uno de los más grandes en el pueblo. En el huerto la abuelita cultivaba  patatas,  zanahorias,  tomates,  pepinos y otras verduras.
Aquel día, cuando la cena todavía estaba lejos y queríamos comer muchísimo,  nos ofrecieron arrancar del huerto  zanahorias, lavarlas y comerlas. Yo y mi hermano lo percibimos con mucho gusto. No hay nada más sabroso que la zanahoria recién arrancada  de tu propio huerto.
Mi hermano y yo con el «Druzhok», íbamos a lo largo del bancal arrancando casi cada zanahoria. No sé para qué; puede ser  que para sacar más linda. Algunos minutos más tarde estaba tumbado en el bancal devastado un montículo de las zanahorias donde buscaba las más sabrosas. Otros diez minutos más tarde teníamos en nuestras manos  una zanahoria preciosa, la cual comíamos con gustoso paseando por el jardín.
Cuando se oyó el grito de nuestra abuelita en seguida entendimos que habíamos hecho algo horrible. En tales momentos el instinto nos decía solo a una cosa – ¡escapar! Y corrimos lanzando las zanahorias.  Yo con mi bici y mi hermano saltamos a la calle y desaparecimos en unos arbustos. Pasó una hora hasta que la conciencia y el hambre nos hicieron volver a casa. Por supuesto, pasar por la entrada principal sería absurdo, es que allí de seguro habrían preparado una emboscada. Decidimos escalar la valla y entrar en la casa por la puerta trasera.
Primero fue mi hermano porque era mayor y más fuerte que yo y porque debía darme la mano desde la valla. Pero además estaba la bici. Entonces mi hermano escaló a la valla y me dijo que le dé la bici. La levanté encima de mi cabeza con las manos estiradas y cuando sentí que mi hermano la empuñó la solté. Los instantes siguientes los recuerdo mal porque la bici pesadísima, un producto de la industria soviética, se le escabulló de las manos a mi hermano y me cayó en la cabeza.
Recobré el conocimiento en mi casa en la cama con la cabeza vendada. La ambulancia acaba de irse. Al lado se sentaba mi hermano con una mirada confusa. Lamentaba  no haber podido mantener en las manos la bici.

Aquel día no nos castigaron por la devastación del bancal, pero no sé  si  llamar un castigo al hecho que durante dos semanas debimos comer un montón platos de zanahorias.

Bormashenko Igor

El mundo es un pañuelo.


Cuando estudiaba en la Universidad, me alojaba en la residencia de estudiantes, en una habitación con la chica de Orel. Nos hicimos las mejores amigas de una vez. Teníamos mucho en común, además mis parientes vivían en Orel  también. Un día mi amiga mi preguntó dónde estaba situado la casa de mis parientes.  Respondí  que no recordaba… en algún sitio que se llamaba Mikrorayon. “O, mi tía vive allí” - exclamó mi amiga. Con el tiempo olvidamos  esa conversación.

Algunos años más tarde yo hice una visita a Orel y de nuevo volvimos a este tema. Aclaramos que nuestros parientes habitaban en la misma calle… Yo había descrito  la casa y comprendimos que ¡la casa era la misma también! Esto se hacia interesante... Incluso yo telefoneé a mis padres para saber el número del apartamento de mis parientes. El número era 127. Y la tía de mi amiga vivía en al apartamento 128. Resultó que nuestras tías ya hace tiempo se contaban una a otra sobre sus sobrinas que estudiaban en la Universidad de Moscú y vivían en una habitación con  una chica muy buena. ¡El mundo es un pañuelo!

Yanina Beloshapkina.  

понедельник, 18 ноября 2013 г.

Las dificultades de la traducción.

Perdida en las montañas.



Quiero contar la historia de mi primer viaje a unas montañas. Yo y dos  amigas mías decidimos esquiar en los Alpes. Mis amigas sabían esquiar bien porque habían estado en las montañas muchas veces. Hasta aquel momento yo había esquiado una o dos veces en Moscú.
Cuando subimos por el teleférico en las montañas yo vi la belleza de la naturaleza. Había el sol, la nieve brillaba, estaba muy contenta. Yo y mis amigas esquiábamos juntas, pero un momento más tarde ellas se fueron y las perdí. Me quedé sola.
¡Qué horror! Tenía mucho miedo. Me oriento mal en el espacio. Aquel momento no comprendía en qué parte de la montaña yo estaba porque habían muchas pistas para esquiar. Me dije: “¡Tranquila! ¡Piensa!”. Yo vi una cafetería un poco debajo de la montaña,  y fui allí.

Afortunadamente había un mapa de la montaña en la cafetería. Yo pregunté a un hombre: “¿Dónde estamos?”, él me lo enseñó y entonces comprendí dónde estaba el camino al hotel. Ese día no esquié más, volví al hotel. Desde  mí regreso no hablé con mis amigas durante un día porque me  había ofendido con ellas mucho. Pero me pidieron perdón y la situación se resolvió.
Tatiana Steblina

четверг, 14 ноября 2013 г.

"La rama verde".



Cuando era pequeño, me ocurrió una cosa alegre y al mismo tiempo un poco triste.
Yo estudiaba en la escuela. Como de costumbre, antes de salir, mi madre me preparó la comida. Durante del desayuno hablábamos sobre mis notas, asignaturas etc. De repente le pregunté a mi madre si te dolía cuando te rompías un brazo. Me contestó: "Si quieres, pruébalo". Después de la comida, salí de casa y fui hacia a la escuela.
Como siempre, antes de entrar en clase, mis amigos y yo, fugábamos en la cancha junto a la escuela. Subí a un obstáculo e intenté saltar a otro. Pero, desgraciadamente, sufrí un fracaso y me caí. Sentí un dolor ligero. Me levanté, limpié mi traje y fui a la escuela. Si no me equivoco, era  viernes. Teníamos clases difíciles, también teníamos que escribir un dictado.
Cuando volví a casa, conté todo a mi madre. Como era médica, miró mi brazo con cuidado y lo tocó. Después me dijo que podía ser mi brazo se había roto. Nosotros fuimos al hospital para hacer una radiografía. El doctor confirmó los temores de mi madre, el brazo se había roto. Por fortuna, la fractura era ligera. Me pusieron una escayola. La fractura se llamaba “La ramita verde”. El mismo mote se me pegó.
Una cosa que me gustaba mucho cuado tenía la fractura era que no tenía que cambiar mis zapatos entrando en la escuela (normalmente teníamos que cambiarlos).


Roman Akalupin

Cuarto de colores.



Cuando era pequeña, era una chica muy traviesa. Una vez cuando tenía tres años mi madre me pidió ayudarle a limpiar nuestra casa: limpiar los espejos  en su dormitorio y poner orden en el armario.
¡Quería ayudarle con mucho gusto! Me pareció que su dormitorio era aburrido, todo era de color blanco. Decidí hacer una sorpresa a mi madre y decorar su habitación. Como no sabía pintar y no tenía acuarela, tomé la decisión de usar las cosas de diferentes colores que podía encontrar alrededor. Antes de empezar a hacer la limpieza había tenido el almuerzo y había visto en el frigorífico  condimentos diferentes de colores muy bonitos y brillantes. Se me ocurrió la idea genial de colorear el dormitorio de mis padres con esos condimentos. Al final me gustó mucho: la habitación se convirtió en un lugar muy bonito, la cama era de color rojo (del Ketchup) y las paredes de  colores verde y rosado (de la mostaza y del rábano con tomates).
Después decidí lavar los espejos. Desgraciadamente, en lugar del líquido para el lavado de los espejos yo cogí la espuma para el afeitado de mi padre. Antes había visto que  daba mucha jabonadura, pero me pareció que con ella sería más fácil lavar los espejos. Cuando empecé, entendí que me había equivocado. Más yo trataba de lavar la espuma, cada vez se hacía más. No comprendía que hacer y tenía que llamar a mi madre. Cuando ella entró en su dormitorio vio un montón de envases de  condimentos, el contenido de cuales estaba embadurnada por toda la habitación y sus espejos, que estaban cubiertos de  la espuma, casi se desmayó...Mi sorpresa no le gustó...


 Akalupina Daria