Invierno en el desierto.



Detrás de la ventana del tren hay un desierto mojado. ¡Qué raro, el desierto con charcos! Estoy en la litera superior. Enfrente de mí duerme  mi amiga. Ella es una hermosa kazaja. Nosotros volvemos de Samarkand que dejamos hace tres días. Dejamos nuestra práctica estudiantil  para disfrutar de las ciudades antiguas: Buhara, Hiva, Urgench. ¡Qué  chicas tan locas! – dirá el marido de mi amiga más tarde, pero “La ignorancia es la fuerza”...
Ayer estuvimos en Hiva. Mi amiga es muy emocional. A mí no me gustan los conflictos. Para ella esto es  indiferencia. Y no le gusta nada. A veces me parece que juego papel de hombre, grande y tranquilo, y mi amiga de una mujer pequeña y sin compromiso. Y allí estaba muy descontenta, y yo no podía comprender ¿por qué? A mí me parecía que tan lejos de la casa nosotras no debemos reñirnos.
Nosotros paseábamos por la vieja Hiva. Me gustan muchísimo las ciudades viejas. Había muy poca gente. No era necesario tener imaginación. Aquí no había cambiado nada, ni las paredes, ni las relaciones humanas. La plaza central estaba en silencio, pero en los oídos había un sonido de los hierros del mercado de esclavos.
Por fin, me di cuenta de que mi amiga estaba irritada. En estos días había un conflicto internacional en Alma-Ata -la manifestación de la juventud kazaja, que se acabó con desórdenes en masa. Durante el viaje nosotras no leíamos periódicos, pero los muchachos uzbecos del “Spútnik de Buhara”, al despedirse de nosotras,
comentaron ofensivamente estas cosas, solo para a ella, yo no oí nada.  Por eso ella estaba muy descontenta.
Por la tarde estábamos en el tren. El coche-cama estaba casi vacío. Solamente en el fin de vagón había una pareja con  palomas. Las palomas arrullaban inquietamente. Los conductores, jóvenes muchachos uzbecos, andaban por el vagón, mirándonos. En unas de las estaciones entraron hombres uzbecos que volvían de sus trabajos de contrato.
“Así ¿vosotros sois  aficionadas a las antigüedades?” preguntó uno. Nosotras hablamos sobre nuestro viaje.  “Nuestra ciudad muy vieja y hermosa, os gustará mucho”. Y rápidamente: “¿Vamos a salir?” Nos negamos rotundament. Pero la idea les pareció muy interesante a los hombres. Ellos se alegraron. Ellos hablaban en uzbeko animadamente. Los conductores nos miraban a nosotras y a los hombres, ellos ya comprendieron todo, pero no se entrometían. Quedaron atrás las luces de la estación. Los hombres estaban nerviosos. Ellos se acercaron y empezaron a arrastrarnos. “Compañeros conductores, hagan algo”. El grito de mi amiga  cambió la situación. El tren frenó bruscamente. La neutralidad se derrumbó.”Muchachas, tomen los colchones y trepen a las literas superiores de nuestro departamento” – nos mandaron los conductores.  No era necesario persuadirnos.
Toda la noche siguió la lluvia. Por eso el desierto se había cubierto de  charcos. Porque  era diciembre. Era el diciembre de 1986.

Desde Wiki:
“Los acontecimientos de diciembre de 1986 fueron los primeros mítines en masa en la URSS dónde se pronunciaron consignas antisoviéticas. La decisión de no someterse a las autoridades centrales, el descontento abierto con el nuevo secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética y la política «de  limpieza de cuadros» y, principalmente, la incapacidad de las autoridades centrales de tomar la situación bajo  control, habían creado un precedente, del que se  aprovecharían las élites locales de toda la URSS. Los representantes del movimiento kazajo patriótico se encontraban entre los  primeros en hacer una crítica abierta a política del poder estatal”.

María Vinnik.

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