Las leyendas de Moscú.


Moscú... Esta palabra me inspira muchos recuerdos y pensamientos. Para cada uno es suyo y diferente.
Mi Moscú proviene de la infancia y vive en el distrito de Ostankino. Tuve la ocasión de vivir junto con mis abuelos la mayor parte de mi infancia allí.
Recuerdo que era una mañana de invierno muy fría y nevada. Estuvo  nevando mucho. La nieve  crujía bajo  nuestros pies. Sus copos cubrían  mi abrigo de pieles sin derretirse. Los caminos estaban desiertos y la nieve sobre ellos era blanca y brillante.
Yo no me estaba helando (de frío), llevaba válenki, gorra y abrigo de moutón, aunque hacía un frío que pela. Junto a mi estaba  mi abuelo. Era un señor de edad, de estatura alta, tenía el pelo  y la perilla canosos. Iba con un abrigo de color azúl oscuro con un cuello de caracul gris y llevaba papalina también de esta piel. Su vestimenta destacaba su increíble apostura y el porte militar.
Nosotros estábamos paseando. La ruta de nuestro paseo era habitual. Habíamos salido de casa en la calle Argunovskaya, estábamos paseando hasta la torre de  televisión. En el perímetro de la torre crecía el espino albar, habíamos cogido unas uvas, las habñiamos puesto en la boca y las estábamos masticando. Luego la ruta nos conducía  al estonque cerca del centro de televisión. Allí  dábamos a comer migajas de pan a los cisnes, a un cisne negro y a algunos blancos. Ellos estaban nadando de forma muy graciosa. Estábamos admirándolos algunos minutos y después continuábamos nuestro camino al parque de Dzerzhinski, que ahora se llama Ostankinski.

Durante nuestro camino mi abuelo me estuvo contando cuentos populares rusos y también  historias divertidas de su vida. Estábamos alegres y nos reímos mucho. En el parque hacíamos algunos rondas alrededor del estanque, dando a comer a los patos, cogiendo las plumas que estubian en la nieve. Yo tenia un sueño de recoger muchas plumas para hacer una almohada con mis propias manos. Después nosotros íbamos a un pabellón, donde yo podía jugar "Batalla de mar" en la máquina automática. Allí nuestro camino se terminaba y nosotros íbamos de vuelta a casa. Un poco helados y cansados nos habíamos parado junto al puesto con un letrero de "Buñuelos". La gente estaba comiendo buñuelos y tomando café bajo el cielo libre. Las mesas redondas y altas con solo una pata me parecían  gigantes. De puntillas, yo estaba rozando parte de arriba de la mesa. Mi abuelo había comprado buñuelos para nosotros. Los estábamos comiendo con apetito, tomando café "soviético". Era la comida mas sabrosa que había comido en mi vida. Después regresamos a casa, mi abuela nos recibió a nosotros en el umbral refunfuñando porque era peligroso  pasear largamente cuando hacía un  frío tan crudo. Ella nos sirvió té con confitura de casis.

Ha pasado mucho tiempo. Hasta ahora recuerdo el aroma del café "soviético" y el sabor de aquellos buñuelos. ¡Nunca he comido algo más rico en mi vida! Hace muchísimo tiempo de todo esto. Y los recuerdos de estos días felices los tengo muy frescos, como sí fuera ayer. Mi abuelo ya abandonó este mundo, lo mismo que los cisnes en el estanque. Las carreteras están llenas de coches y la nieve sobre está sucia. El quiosco de buñuelos  está en la misma esquina hasta ahora, y puedo comeros ahora también. ¡Pero no son tan sabrosos ya!

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