TONI Y SU CASA


                 VERA KONINA

    Traducción de Fernando Gimeno Pérez.                                                       



                                  Las mejores fotografías, tanto las mías como las de mi hija, que se conservan en nuestro album familiar, han sido obtenidas por Toni. En cierta ocasión, al atardecer, antes de la apertura de la reunión habitual del Comité de Defensa de la Revolución ¹, llegó a nuestra casa y las tomó literalmente en diez minutos, sin dejar de llevar con nosotras una bien mundana charla, yendo de una esquina a otra del salón, acuclillándose ante nosotras unas veces, alejándose otras, deslumbrándonos siempre con el inesperado resplandor del flash, realizando todo ésto, según me pareció a mí, a la ligera y apresuradamente. Nos quedamos pasmadas cuando al cabo de un par de días sobre la mesa ante nosotras yacían unas magníficas instantáneas, cual si fueran pruebas de una película todavía no rodada, en las que admiraba la precisión en la elección de la perspectiva, la naturalidad de nuestras poses y expresiones (risa, vergüenza, seriedad, viva mímica facial) y la perfección de las composiciones en cada toma. No dejaba lugar a dudas que éste era un trabajo de profesional, era imposible no maravillarse del mismo. Sin embargo he aquí que, diez años ya, no he mencionado ni una sola vez a mi dotado fotógrafo casual, y cuando la vista de alguno de nuestros amigos se topa con estas fotografías y obligatoriamente se sucede la pregunta “¿Quién las tomó? Qué encanto...”, yo mudo la conversación hacia otro tema.

                         Toni era mi vecino. Vivía, ó mejor dicho, vivió no por mucho tiempo, a una manzana de mi casa. En la esquina, frente a la casa convertida en escuela primaria, hasta la fecha se encuentra su quinta, que se distingue por la gravedad y precisión de su línea. Lamentablemente, su pintura en algunos lugares ya ha ido empalideciendo. Aunque todas las villas aledañas eran muy bellas y originales en su arquitectura (¡tan sólo sirva de muestra el palacio, que bien puede ser así llamado, de la marquesa Odette!), la casa de Toni captó de inmediato mi atención: el césped cuidado, recortado llano, y del mismo modo cuidados y podados los árboles del jardín, pero las puertas y persianas constantemente bien cerradas, cual casa desolada. Aguardando yo descorazonada durante horas en la parada, con la vana esperanza de la aparición del 91, el único autobús que circulaba por aquí, más de una vez, literalmente durante el transcurso de un minuto (ella ó bien recogía la leche depositada junto a la puerta por el lechero, ó bien daba instrucciones al jardinero), ví a su moradora, una delgada y anciana dama, muy seria y algo altiva, algo que la hacía no parecer cubana, al menos para mí, acostumbrada ya a la desinhibición y al carácter sonriente de las mujeres locales. A lo largo de varios años, hasta que conseguimos un automóvil, el panorama que se abría ante mí desde mi puesto de observación que consistía la parada del autobús nunca se alteró. Siempre el severo estilo de la casa, las precisas líneas en perfecta armonía con las vidrieras de cristal de la segunda planta y con las tonalidades de la pintura, utilizada aquí muy parcamente, la puerta cerrada, las persianas bien selladas, ni música, ni voces, ni risa, ni visitas. No obstante, cada día llegaba a la casa un antiguo modelo de Volkswagen, del cual surgía apresuradamente una alta y esbelta muchacha pelirroja que desaparecía tras las puertas. Su aspecto tampoco era el de una cubana: unos demasiado estrictos ojos sobre un blanco y algo pecoso rostro, demasiado moderados todos sus movimientos, y también estrictas sus sencillas vestimentas, no desprovistas, sin embargo, de peculiar elegancia. Al pasar junto a mí en su aunque no nuevo sí pulimentado y repintado automóvil, invariablemente miraba concentrada hacia adelante, mas una vez, percatándose de mi presencia, detenida solitaria en la parada, -quizás mi expresión atormentada la conmovió, quizás no fue más que un capricho- , el caso es que la muchacha detuvo el coche y se ofreció a llevarme “si no es muy lejos”. Ya dentro del auto, distinguí en las comisuras de sus labios unas acerbas estrías, una trama de pliegues bajo sus verdes ojos, y concluí que seguramente no era tan joven como me había parecido desde lejos. Ella no inició conversación alguna conmigo, y yo, por supuesto, tampoco me atrevía a ponerme a hablar con ella. Únicamente le di las gracias. Recuerdo que ella me respondió con una gentileza, algo así como “no hay de qué agradecer”, sonriendo de modo algo forzado y mirandome erradamente. Mis amigas predilectas “de las de antes” (es decir, pertenecientes anteriormente a la clase burguesa) me contaron la historia de Ivonne, que así se llamaba la desconocida. Ésta acude a casa de su novio-preso político, visita a la señora, su madre, mientras el propio está recluido en la cárcel y permanecerá allí todavía largo tiempo.

                                Y, en efecto, transcurrieron largos años antes de que una hermosa tarde, en la sesión del Comité de Defensa de la Revolución, que se convocaban casi semanalmente, nos comunicaron que en nuestra “zona congelada, vigilada”, de este modo denominan aquí a nuestro barrio en la traducción del español al ruso, se había presentado un nuevo habitante, un nuevo miembro del Comité, hacia el cual, cito “es preciso elaborar una relación específica, reeducarle con discreción, sin rechazo pero también sin aproximación, sin bajar la guardia y observando vigor revolucionario, ya que esta persona que estamos a punto de incorporar a ésta nuestra familia-comité acaba de salir de prisión amnistiada, habiendo ido a parar a ella por actividad contrarrevolucionaria”. Todo ésto se enunciaba en un estilo bastante acostumbrado para mi oído, y yo me quedaba asombrada una vez más de la versatilidad de todo lo que hay en este mundo. Todos los delegados mostraron,desde luego, plena consciencia, pero, en su mayor parte, guardaban silencio. No obstante, fue desarrollado para el ciudadano Toni un plan de iniciación a su nueva vida. A mi marido le fue asignada la competencia de colocar en un empleo al “nuevo miembro de pleno derecho”. Considerando que casi todos los miembros del Comité eran responsables de uno u otro de los sectores (debido a la baja población de nuestro barrio), incluso mi marido no pudo librarse de dicha suerte. Le fue encomendada a él la tarea de dirigir el sector de problemas sociales, debido evidentemente a su profesión de psicólogo. Aquí hay que reconocer que nuestro Comité se distinguió en lo referente a consciecia revolucionaria, a constancia ideológica y a rigurosa vigilancia, hablando de ésto me resulta difícil contener la ironía. En general, todo este lado de nuestro “vivir” resultaba para mí imposible de comprender sin aplicar una dosis de humor. A excepción nuestra -mía y de mi marido- y de otro matrimonio (nuestros vecinos más cercanos), todos eran miembros ó bien del Partido Comunista de Cuba ó bien de la Unión de Jóvenes Comunistas, donde en su momento mi marido no fue admitido por carecer de alguna (¡se desconoce con certeza de cuál de ellas!) cualidad de las anteriormente citadas, lo que no obstante no le apenaba gran cosa. De la reunión salieron todos preocupados. Pese a toda esta para mí tediosa -ya desde mis años en la Unión Soviética- verborrea con el consiguiente repertorio de determinantes características y distintivos, no el recelo sino más bien la curiosidad (¡contemplar a un contrarrevolucionario en persona!) también se apoderó de mí.

                                    A nuestro, convertido ya en rutina habitual, batiburrillo llegó un rubio alto, de delgadez pueril y aspecto deportivo, vestido con decoro y sencillez. Se comportaba con dignidad y apreciabase en él una manifiesta benevolencia. Aunque no llegó a dialogar con nadie y ninguno de los otros entabló con él conversación alguna, daba la impresión de que iniciar una comunicación con él había de ser simple y sencillo. A mí me sobrecogió su juventud, si no hubiera sido por la calva abarcando la mitad de su cabeza y por cierta madurez sabia en el fondo de sus azules ojos, hubiera podido aparentar tener no más de treinta años. Mas en aquel entonces yo ya sabía por los relatos de mi vecina-marquesa Odette, que éste había permanecido en reclusión diecisiete años. Sus modales eran hasta tal punto corteses y rigurosamente refinados, que más fácil era creer que había llegado a la junta desde algún club náutico inglés y no que acababa de salir de presidio. No nos recomendaron amigarnos con él, incluso se nos dio a entender que ésto era del todo improcedente. Lástima: esta persona a mí me pareció excepcionalmente interesante.

                                   Toni fue arrestado por participar en una conspiración en contra de Fidel y del nuevo gobierno cuando estudiaba el segundo curso en la Universidad de La Habana. La sentencia: veinticinco años de reclusión penitenciaria por conmutación de la pena capital. Quizás tuvieron lástima de sus jóvenes años (contaba con no más de veinte), ó quizás tomaron en consideración que era el único hijo de su madre, de un modo u otro, él quedó con vida y cumplió en prisión diecisiete largos años, prácticamente su adolescencia y su juventud. Podemos únicamente imaginar lo que éste padeció mientras se dictaminaba su sentencia, y luego durante todos esos años. Lo que ahora más admiraba eran su templanza y el dominio de sí mismo. No se advertía en él indicio alguno de embriaguez por la tanto tiempo anhelada y finalmente alcanzada libertad. A lo largo de toda la asamblea no articuló ni palabra, manteniendo fija la mirada hacia adelante, su rostro reflejaba buen talante, tranquilidad e incluso cierta disposición a la respuesta, a contestar a cualquier cuestión que se formule, mas nadie le dirigió pregunta alguna. Nuestro dirigente hablaba sobre él como si el propio no se hallara entre nosotros, como si no fuera él quien se encontraba sentado a la vista de todos. Y Toni callaba tan tranquilo y desenvuelto como si la charla no tratara acerca de él. Tras la reunión le fue requerido a Toni que se dirigiera a mi marido, Reynaldo, el cual debía dedicarse de lleno a organizar su vida en la excarcelación.

                                  Mi esposo Reynaldo tenía muchos amigos y conocidos, también los tenía en el Ministerio del Interior, precisamente en el departamento encargado de emplear a los expresidiarios. Resultó que Toni poseía varias especialidades, algunas de las cuales bastante solicitadas, por ejemplo podía trabajar de topógrafo, fotógrafo, etc., etc. Este hecho nos alegró a todos sobremanera. Toni se sentó al volante de un viejo Volkswagen y, junto con Reynaldo, viajaron haciendo instancias diversas durante toda una semana en busca de empleo. Nada de provecho resultó de todo ésto. Aún más, a la inversa: el trabajo que funcionarios ó jefes de distinto “calibre” hubieran ofrecido con gusto a cualquier exxpresidiario, según su punto de vista de ninguna manera podía ser encomendado a un “expolítico”. A la postre, emplearon a Toni en el parque Lenin para el barrido de la basura, hojas caídas y etc., ni siquiera como jardinero.

                               De qué manera se conocieron Ivonne y Toni ni lo vio ni lo sabe nadie, pero ahora ellos por fin andaban inseparables, sencillamente no apartaban la vista el uno del otro. Se casaron de inmediato. Ivonne se puso irreconocible, convirtiose en una auténtica preciosidad: los que resultaron ser unos enormes verdes ojos le refulgían, sus labios se dilataban en desembarazada sonrisa, y sus sueltos rojos cabellos oscilaban sobre los hombros. El viejo Volkswagen ahora se mantenía aparcado junto a la casa, y se trasladaban a todas partes juntos. Algunas veces también viajaba con ellos la madre de Toni, en el asiento posterior. Los tres lucían semblantes felices. Como si Toni estuviera recuperando todo lo que hubiera podido disfrutar durante los largos años dilapidados en su cautiverio: se les podía distinguir en la playa anteriormente privada adyacente a nuestro barrio, en el restaurante a cielo descubierto, en el inmenso cine en que podían verse películas sin salir del auto, y en otros lugares públicos. No eludían ni una sola junta de nuestro Comité de Defensa de la Revolución, ni una sola celebración, bailaban unidos al resto, bebían cerveza baratilla de la que se distribuía en los colmados de cada distrito, tomaban ensaladas y croquetas de pescado apresuradamente cocinadas por nosotros, y, sencillamente, disfrutaban de la vida.

                               Sobre ellos se cotilleaba notablemente poco, obvio que por falta de información. Únicamente, y por el hecho de que Ivonne ahora ya residía oficialmente en nuestro barrio y se encontraba asignada a nuestro Comité, nos enteramos de que ella estaba ejerciendo, al igual que antes, en el Departamento que representaba los intereses de EE.UU. en Cuba, y dominaba a la perfección el inglés y el francés. Toni continuaba barriendo la basura en el parque Lenin y no parecía desmoralizado por el tan incompetente deber que le ocupaba. Casi en cada ocasión en que se encontraba con mi marido, el cual había quedado claramente descontento con semejante resultado del asunto, Toni le agradecía el apoyo prestado y le manifestaba su complaciencia por el trabajo. De cuando en cuando, ocasionalmente, los visitaban los viejos amigos de antes, que semejaban ser exitosos funcionarios públicos, ó ésa era la impresión que en todo caso daba. Llegaban en automóbiles nuevos, y sus rostros reflejaban inquietud. Toni e Ivonne trajeron al mundo uno detrás de otro dos encantadores niñitos blondos, y una adulta nodriza los sacaba de paseo diariamente. Viéndolo desde fuera su vida aparentaba ser sencillamente idílica.

                                  Cuando su primogénito cumplió un año, Toni y su esposa decidieron organizar un gran festejo y convidaron al cumpleaños del niño a sus amigos y vecinos, es decir, a nuestro distrito. Mi marido y yo, habiendo tomado prestado de la colección de nuestra hija el oso más flamante y más grande, engalanados, nos dirigimos a la casona en la esquina de nuestra manzana, la cual refulgía acogedora con todos sus farolillos y focos de jardín por el evento de la fiesta. Los propietarios recibían a los invitados en la entrada de la casa con caras dichosas. En seguida apareció el causante de la efemérides en brazos de la aya. En un primer momento se aferró al plantígrado, tras lo cual, para gran sorpresa de los presentes, requirió mis brazos. Alguno de los asistentes inmediatamente nos fotografió, y hasta el día de hoy guardo la instantánea en la que aparezco yo con el pequeño hijo de Toni en mis brazos. Cuando, una vez consumidos nuestros primeros “highballs” ², con platos de manjares diversos, nos instalamos cómodamente en el jardín bajo los naranjos, Reynaldo atrajo mi atención sobre que, aparte de él y de mí, no había nadie de nuestro Comité de Defensa de la Revolución, es decir, ninguno de nuestros vecinos. Nos dio algo de vergüenza ajena: ¡como si todos fueran a estar tan atareados! Luego, mi esposo y yo nos olvidamos esencialmente de esta cuestión, bailamos, nos esparcimos con el bebé, charlamos un poco con Toni, y nos disponíamos ya a marcharnos cuando se presentó Raul Lingrate con su mujer. Eran éstos prácticamente las únicas personas de color entre los presentes. Raul impartía matemáticas en la Universidad Médica “Victoria de Girón” y, aun no perteneciendo al Partido, era considerado en nuestro Comité como uno de los más “fieles y leales a la causa”. En realidad la esencia de dicha causa en el fondo no era tan importante. A mí me dio la impresión de que éste llegó por mandato del presidente de nuestro Comité, y aquél, seguramente, había comentado lo siguiente: “De verdad resulta incómodo, quieras que no han invitado a todos y cada uno, y no ir nadie...”.

                                 Este infortunado día del aniversario del bebé de Toni se hace digno de mención y consideraciones diversas ya sólo por el hecho de que a nosotros casi se nos torció como gran fatalidad. Todo comenzó con que (¡y no era la primera vez!) en torno a nuestras personas empezaron a ajetrearse gentes diversas, y a Reynaldo se le transformó completamente el ambiente en su trabajo. Y resulta a priori difícil exponer algo en concreto, simplemente se modifica la mirada de uno u otro individuo, de pronto en boca de un colega se arranca una pregunta ó comentario inesperado (ó inmotivado). Tanto para mí como para Reynaldo la palabra “paranoia” nos era bien conocida en Psicología, Psicoanálisis, Psicoterapia y Psiquiatría, así que no nos era difícil distinguir una -digamos- sospecha infundada, de alguna otra cosa más trascendente, lo cual no tardó en confirmarse al cabo de breve tiempo. Una colega de Reynaldo, viuda de su difunto jefe -su Profesor y, por fortuna, todo un gran amigo de nuestra familia- le comunicó en entorno estrictamente confidencial que ya había sido recopilado un dossier especial sobre él testimoniando acerca de su estrecha amistad con contrarrevolucionarios y expresidiarios políticos, que simpatiza con gentes de esa calaña, les auxilia, y debido a ello él no puede tener lugar en la Universidad y procedería lo antes posible inhabilitarlo como docente y destituirlo sin derecho a impartir clases en  centro educativo alguno. ¡Por enésima vez agradecimos a Dios el habernos enviado a tal amigo! Después de esta noticia, Reynaldo, tras aguardar uno ó dos días, se encaminó directamente a casa de su colega Núñez, que vivía en nuestro barrio, es decir, a un miembro de nuestro Comité, así como miembro de la misma célula del Partido que nuestra benefactora. Éste recibió a mi esposo como siempre perezosamente-amistoso en su desaseado salón con una botella de cerveza en la mano. Después del intercambio habitual de saludos Reynaldo expuso concisamente su petición: ya que, como bien debía recordar Núñez, a Reynaldo le había sido encomendada por parte de nuestro Comité de Defensa de la Revolución la tarea de buscar un empleo para el expresidiario político y ahora amnistiado Toni, también miembro de nuestro Comité, él, Reynaldo, no habiendo logrado del todo dicho objetivo, había decidido dirigirse a él, Núñez, en busca de ayuda debido a su condición de miembro del Partido y persona poseedora, seguramente, de solventes contactos en el ámbito funcionarial, pues ninguna otra labor aparte de la de barrer la basura en el parque Lenin no había podido proponerse al expresidiario político. Ésto, de alguna manera, mal se sobrehila con las ideas de reeducación y las cuestiones de propaganda y divulgación, y desde el punto de vista socio-psicológico es del todo incorrecto. A causa de la sorpresa Núñez casi dejó caer la botella de cerveza de su mano, y desconcertado abrió una boca en la cual faltaba un incisivo, sencillamente perdió, como suele decirse, la facultad del habla. A la realidad lo devolvió su mujer, que, habiendo descubierto que tenían un visitante, le traía la tradicional taza de café. “Sí-sí. Claro, claro. ¡Vaya desgracia, hombre! ¿Así que tú solo no puedes?” - se apresuró a comentar las palabras de Reynaldo. “Sí, sin ayuda me siento desbordado, y, además, ya sabes que yo no soy miembro del Partido, y ésto, quieras que no, es en cierto modo una cuestión política, por éso no estaría mal que tú lo incluyeras en el orden del día en la asamblea de vuestra célula del Partido. Tú gozas ahí de autoridad. Realmente, el apoyo del Partido, tú mismo te das cuenta, es indispensable”. Completamente pasmado por semejante giro de los acontecimientos, Núñez comenzó a echar risitas y a zurrar a su mujer en donde la espalda pierde su casto nombre, a continuación, absolutamente sin conexión alguna con todo lo aquí dicho, preguntó a Reynaldo si éste jugaba al póquer y que no estaría nada mal juntarse a echar unas partidas de póquer, tomar unas cervezas y todo éso. Reynaldo entonces le participó que muy a su pesar al póquer él no jugaba y a otros juegos de naipes tampoco, mas con gusto le brindaría su compañía en el póquer y en los tragos de cerveza. De nuevo rieron, Núñez lanzó unas risillas, mandó a su mujer traer cerveza para él y para el invitado. Reynaldo apreció este gesto, pues la tacañería de Núñez era por todos conocida, y se tomó la cerveza. De esta tan deshonrosa manera finalizó, nada más comenzar, la gran “campaña” de turno contra Reynaldo, aun cuando ésta había dejado en los “anales” de la historia de él, de Reynaldo, sus sedimentos.

                          Desde luego, Toni nunca se enteró de los acosos a los que se vio sometido Reynaldo y móvil de los cuales había servido -de modo puramente formal- la dichosa cooperación de Reynaldo con él. El propio Toni proseguía pletórico de energía y disfrutaba de la vida igual que un muchacho. La verdad es que le causaba un inmenso placer jugar con sus hijos, los mimaba, se encandilaba con ellos, y daba la impresión de que no existía para él nada más importante que sus niños. Un poco consternaba a Ivonne su tal desapego hacia todos los demás asuntos, hacia el mundanal ruido, pero no tenía nada que reprochar a su marido. Los amigos de antes lo visitaban ahora muy raramente, ya estaban bastante hartos de compadecer a Toni y de darle ánimos, sobre todo porque parecía ser que él no lo precisaba. Además, se quejaban a Ivonne de la pasividad e indiferencia de éste. Ellos mismos habían tenido en su momento que demostrar un máximo de astucia y habilidad para de alguna manera colocarse, encontrar para sí un empleo conveniente.

                                  Fue transcurriendo el tiempo. Fueron creciendo los niños. El período de lluvias dio paso al habitual clima soleado, y en la vida de Toni, como antaño, nada cambió. Sólo que tras el ciclón incrementaronse las labores de limpieza en el territorio del parque: montones de ramas partidas, hojarasca caída, e incluso árboles quebrados, arbustos arrancados de raíz. En qué andaba pensando el propio Toni difícil era de establecer, existía una prohibición solapada de mantener amistad estrecha con él, y éste parecía que comprendía y se percataba de ello, y, para no comprometer a nadie, él mismo no trataba de avenirse con nosotros. Solamente en ocasiones, tropezandonos con él bien en el supermercado adonde estábamos todos asignados para la concesión de alimentos con nuestras cartillas, bien en la gasolinera, nos intercambiabamos el repertorio habitual de fórmulas de saludo, y entonces podía alcancarse la expresión de sus ojos. En ellos, en lo más profundo, callaba la tristeza. E Ivonne se veía muy animada y preocupada al mismo tiempo. Con ella nos topábamos ahora muy de tarde en tarde. Corría el rumor de que iban a marcharse a Miami.

                                    Una vez, habiendo regresado de la Universidad muy a última hora de la tarde, encontré a Toni en nuestro jardín, en donde con Reynaldo parecían sostener una relajada conversación ante unas copitas de coñac. Yo preparé el tradicional café y me uní a ellos. “Pues he venido a despedirme de vosotros. Me marcho, es decir, nos marchamos toda la familia. Quisiera daros las gracias por vuestra cooperación, por vuestras atenciones hacia nosotros”, - advirtiendo un gesto de desaprobación en mi rostro (¡sí, vaya cooperación!), zarandeaba su mano mientras continuaba: “Sí-sí, tal vez seáis vosotros las únicas personas que me han tratado como a un ser humano. ¡Voy a teneros en mi recuerdo!”. Reynaldo alzó su copa y suavemente tintineó con las nuestras: “Toni, te comprendemos. No tienes por qué explicar nada”. “Sí, ya lo sé, pero a vosotros os lo quiero decir. Yo en realidad tenía, hace casi veinte años, una alternativa. Yo podría haberme ido en aquel momento a los Estados Unidos, allí tengo parientes, amigos. Todo estaba dispuesto para mi partida. Pero... vosotros sabéis qué es lo que sucedió. Yo no quería emigrar. Yo no quería irme de Cuba. Yo anhelaba ver otra Cuba. De verdad creía en ello... Tenía ante mí un futuro, y ahora es como si no lo hubiera y como si no fuera a haberlo más, en todo caso aquí, en la patria. A rasgos generales el resto todos lo conocéis: el juicio, la cárcel. Bueno, debe de ser que así lo tenía yo destinado”. - hondamente suspiró. Reynaldo y yo asímismo suspiramos profudamente, aunque por lo nuestro. “¿Y sabéis qué es lo que me hace feliz? - inesperadamente se pronunció en otro tono completamente distinto, - ¡no, nada en este mundo sucede en vano! ¡Mis hijos han nacido en Cuba! ¡Ésto es lo que me hace feliz!”. Con esta nota optimista se incorporó de repente y avanzó con decisión a través de la terraza y el vestíbulo hacia la puerta de entrada. “¡Adiós! Volaremos al amanecer. Desde Varadero” ³.

                                  Transcurrieron los años. La casa de Toni iba decayendo completamente. De vez en cuando fueron usándola como un auténtico antro, ya para un Ministerio, ya para otro. A través de las persianas abiertas de par en par podía escucharse una muy ruidosa música, se vislumbraban torsos femeninos desnudos y excitados rostros masculinos, el cubo de la basura siempre estaba lleno de botellas vacías. Mas, cosa extraña: la casa de Toni aun así perduró como su casa a pesar de su deterioro, los aguaceros, el sol abrasador y los de cuando en cuando cambiantes dueños. Como si la casa de Toni poseyera su personalidad propia, su “yo”, al que ninguno de todos aquellos forasteros funcionarios u oficiales podía someter, ni fundirse con él, ni identificarse, ni siquiera aproximarse a su concepto. La casa de Toni permaneció perpetuamente como casa de Toni.

                                                                                                                                      

                                                                                                                                         1992






                      ¹ Comité de Defensa de la Revolución – Comités para el resguardo de la
                         Revolución, organizados tras el triunfo de la Revolución prácticamente en
                         cada manzana, y con una cobertura de casi el cien por cien de toda la
                         población de los barrios habitados en cada localidad de la isla de Cuba.

                       ² High ball – combinado a base de ron como ingrediente principal, y también
                          hielo y gaseosa.

                      ³ Varadero – famosa zona de descanso en Cuba, en la cual se halla un pequeño
                         aeródromo. En una época los vuelos a Florida se realizaban exclusivamente
                         desde este aeródromo.      

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