Je suis, tu es, il est.

Токарева Виктория

Traducción de Margarita Nikolaeva 



Ana esperaba en casa a su hijo adulto.
Ya eran las dos de la noche pasadas. Ana daba vueltas a todas las variantes posibles en sus pensamientos. Lo primero: su hijo, en una residencia estudiantal, con una rubia teñida, que tiene el Sida. El virus ya está metiéndose en un capilar suyo. Un momento más — y el sida está en el sisema sanguíneo. Se está bañando a su gusto, descansando. Y ahora su hijo esrá muriendo de inmunodeficiencia. Primero se enflaquecerá, se volverá transparante y se derretirá como una vela. Y ella lo va a enterrar disimulando la cuasa de su muerte. ¡Dios mío! Más vale que él se hubiese casada aquel tiempo. ¿Por qué, por qué lo habría disuadido hace dos años? Pero cómo se podía sin disuadir, era una chavala de Mariupol, seis años mayor que él. Y eso no era todo. Tiene un hijo, pero no lo tiene al mismo tiempo. Lo había entregado al gobierno antes de que cumpliera tres años. Lo dejó con gente ajena, y huyó a Moscú en busca de un marido nuevo. Y este tonto se entusiasmó, se enredó en su propia generosidad, como en mocos. Ya estaba por ir al registro civil. Ana le escondió el pasaporte.
¡Qué cosas tuvo que oír! Y lo de las que dijo ella misma. Estuvo yendo a la inglesia. Rezaba arrodillada. Pero lo consiguió.
¡Victoria! Pero ahora una tiene que estar esperándolo.
Anda mal de los nervios. Hay que hacer de tripas corazón. Hay que hablar consigo misma.
“Deja –se dijo Ana –. ¿Qué tipo de fantasías tienes? ¿Por qué en una residencia? ¿Por qué el Sida? Puede estar con amigos, no con una mujer. Estarán bebiendo en alguna cocina. Y después se iran a casa.”
¿Y si acaso pase una pelea de borrachos? El pega, lo pegan, y ya está tumbado, sangriento. O puede ser que lo han tirado por la ventana, y está en el suelo dañado, con la cara rota. Dios mío... Si estuviera vivo, llamaría.
Siempre llama. Eso quiere decir que no está vivo. Y no estar vivo quiere decir estar muerto.
Ana se acercó al teléfono y llamó 09. Preguntó por el servicio de urgencias. Le dieron el número.
    Diga...-respondió una voz soñolienta.
    Perdone, ¿no han recibido a un hombre joven?
    ¿Edad?
    Veintisiete.
    ¿Ropa?
Ana empezó a recoradar.
    Valya –, dijo una voz descontena –. Pero, ¿qué tipo de té has hecho? ¿Y te crees que me voy a tomar ese brebaje?
“A la gente le pasan desgracias, y ellas están charlando del té.”
Aquel momento llamaron a la puerta.
Ana colgó. Se tiró hacia la puerta. La abrió.
Se hicieron realidad las dos cosas: estaba borracho, y acompañado por una mujer.
Aunque estaba vivo. Sonreía. A su lado estaba una rubia. Hermosa. Pero poco la interesaba a Ana, sólo la miro con de reojo, pero notó que era hermosa. Se podía mandarla a un concurso de belleza.
— Mami, te presento a Irochca –. los labios borrachos apenas le dejaban hablar a Oleg.
     Encantada –, dijo Ana.
Le daba vergüenza darle un bofetada a Oleg en presencia de Irocha, pero tenía muchas ganas de hacerlo. Se le iban manos por hacerlo.
— ¿Puede Irochca pasar la noche? Ya no podrá entrar en la pensión. Que les cierran las pusertas.
“Así, la residencia –, notó Ana –. Una aprovechada más.
    ¿De qué ciudad eres? – preguntó Ana.
    Es de Stávropol – contestó Oleg por ella.
La otra fue de Mariupol, ésta es de Stávropol. Los pueblos griegos.
Ana se apartó dejándoles pasar a los novios. Los dos olían a alcohol.
Se metieron en la habitación de Oleg. Se oyó un disparo. El colchón del sofá se derrumbó, Ana conocía aquel sonido. Luego se oyó una carcajada, como de un estanque de rusalcas[1]. Como si estuvieran en un aquelarre[2].
Era difícil tener un hijo adulto. Cuando era pequeño ella temía que se cayera de la ventana, cambió el apartamento por uno en el primer piso. Y desde entonces ya no se podría cambiarlo. Cuando se fue a servir en la mili ella temía que los vetiranos lo mutilasen[3]. Y ya estaba mayor, pero no había cambiado nada.
Ana no podía dormirse. Daba vueltas en la cama. Sin saber por qué contaba cuántas letras tenían los nombres de las cuidades: Mariupol tiene diez, Stávropol tiene nueve. ¿Y qué? Si hubiese tenido dos hijos no se habría vuelto tan loca. Pero no querían dar a luz a un otro hijo: se llevaban muy bien con el marido, todo el mundo les tenía envidia: “Qué familia más buena.” Y sólo él... Y sólo ella sabía qué frágil era todo. Ana quería un amor nuevo. No lo buscaba, pero lo esperaba. Un otro hijo la dejara sin capacidad de maniobra.
Ana andaba y miraba en su alrededor, por encima de la cabeza de su marido, como si estuviese buscando una felacidad verdardera.
Todo se acabó en un instante. Su marido murió en la entrada de su instituto de investigación científica. Se fue al trabajo, y una hora después le llamaron. No había persona.
Ana le acompañó a la morgue. Iban en un coche de ambulancia.
Su marido estaba tumbado como si estuviera dormido. No habrá notado que habría muerto.
Ana miraba su cara sin parar intentado leer sus últimas sensasiones. Miraba su vientre, el lugar que siempre había estado tan vivo. Si allí todo estaba muerto, entonces él de verdad había muerto.
Una vez tuvo un sueño. Vio a su marido frente a ella, sonriendo.
— Pero si estás muerto...
    La cosa es que me he enamorado –, le explicó el marido –. Encontré a una mujer. No pude separame de ella. Pero sentía pena de ti.
Y me fingí muerto. Pero en realidad estoy vivo.
Aquel día Ana se despertó con lágrimas. Claro que sabía que su marido ya no estaba. Pero el sueño le pareció verdad. Su marido habría amado a alguién, pero no se atrevó a pasar de la familia.
Tiraba de la cuerda y murió. Más valía que se hubiese ido.
Después de su muerte Ana se quedó sola. Tenía 42 años. Aparentaba 35. A muchos pretendientes se les caía la baba. Pero no logararon hacer una familia. Cada tenía su familia en casa. Trataban de hacerse sus hijos, para que les diese de comer, de beber, les metiese en la cama y todo les hiciera por ellos.
Clara que hubo amor, no hacía falta decir lo contrario... Hubo una persona rara, se parecía a Vershinin de Chejov: limpio, infeliz y con una mujer loca. Y pobre, claro. Pero todo eso había sido antes de la perestrioka. Y los últimos tiempos entró en una coopertiva, empezó a ganar dos mil a mes. Aparecieron unos ceros en sus finanzas. No era una hombre, sino un perro galgo. Y ya no tenía angustias ni sufrimeintos: estaba hecho un azacán. ¿No tenía tiempo?
Ponte a trabajar. ¿Estás cansando? Vete a casa. Se ofendía, como si le dijesen algo ofensivo. Quería un amor además de los ceros.
Un día Ana se dio cuenta de que lo había tenido todo.
En el tiempo pasado. Pluscuamperfecto. Y lo que le parecía temporal sí que era verdadero: el marido, el hogar, el hijo. La familia. Pero ya no tenía marido. Y llegó el silencio. La unión más honesta es la unión con la soledad.
Una mujer no puede sin un refugio espiritual. Su refugio era su hijo. Listo. Guapo. Se concentró en el hijo.
Y el hijo se estaba concentrando en Irochca tras la pared. De Stávropol. Diez letras. Mariupol tiene las nueve. ¿Y qué le quedaba? Sólo contrar letras.
***



[1]Un aquelarre es el lugar donde las brujas celebran sus reuniones y sus rituales. En ruso la palabra corresopndiente (shabash, rus. шабаш) llegó a ser un nombre común que se usa referiéndose a una reunión muy ruidosa acompañada con aciones indecentes.
[2]Dentro de la mitología eslava, una rusalka (plural:rusalki) era un fantasma, ninfa del agua, súcubo o demonio que vivía en un canal. De acuerdo con muchas tradiciones, una rusalka era una sirena, quien vivía en el fondo de los ríos. A medianoche, acostumbraban salir y bailar en los prados. Si veían a un hombre hermoso, lo hechizaban con canciones y bailes, y entonces lo conducían al fondo del río a vivir con ellas.
[3]Aquí se trata del fenómeno de “dedovshchina”: actitud escarnecedora de los veteranos hacia los bisoños, trato denigrante hacia los quintos en el ejército por parte de los ”abuelos”. Aquí y luego notas de traductor.

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