вторник, 28 февраля 2012 г.

Recuerdos de un pececito


Soy un pececito de oro y la reina del mar. Antes solo los peces machos podían ser reyes, pero soy hija única en la familia real y por eso la ley fue cambiada.
Cuando era pequeña, hacía muchas travesuras. Mi padre – el rey del mar – me quería mucho, nunca me castigaba y siempre cumplía mis deseos.
Tengo muchas varios recuerdos de mi infancia. Tengo una memoria muy buena. Estoy enfadada cada vez que oigo que la gente dice de alguien que nada puede recordar que tiene una memoria de pez. ¡Es falso! Los peces tienen memoria de elefante y no de pez. Os contaré una historia.
Un día cuando daba como siempre una vuelta en el mar cerca de una costa me pescó un pescador. Afortunadamente era un anciano bondadoso.
- Devuélveme al mar, - pedí al anciano, - y te daré todo que deseas.
- Nada, - contestó, - no necesito nada.
Y me devolvió al mar.
Tuve muchas ganas de agradecer al anciano. Al otro día cuando me acerqué a la costa, ya estaba esperándome y llamándome a gritos.
- ¿Necesitas algo, abuelo?
- Mi vieja me mandó para pedirte una artesa nueva.
- No te preocupes, - contesté yo, - vuelve a casa. Te daré una artesa nueva.
Para mi padre – el rey del mar – todo era posible.
El día siguiente encontré al anciano en la costa de nuevo. Estaba muy triste. Pues me había caído bien, porque era parecido un poco a mi abuelo que había muerto hace varios años.
- ¿Necesitas a alguien, abuelo?
- Mi vieja me mandó para pedir una casa nueva. No quiere vivir en la chabola, tiene ganas de vivir en una casa fuerte.
- No te pongas triste, - contesté yo, - vuelve a casa. Te daré una casa fuerte.
Mi padre cumplió ese deseo también.
Pero la mujer del anciano era una verdadera bruja. Sus demandas fueran cada vez más grandes.
Primero me pidió hacer la rica que vive en un castillo con muchos sirvientes y criadas. Después me pido hacerla princesa y cambiar el castillo con los sirvientes por palacio real con vigías armados.
Al final quiso hacerse reina del mar y casarse con mi padre. ¡Qué horror! No podía figurármela como mi madrastra y a mi misma como su hijastra. Y además quiso controlarme.
Mi simpatía por el pobre anciano desapareció, estuve enfadada por la avaricia de su mujer.
- Vivid como habíais vivido en vuestra chabola con una artesa rota, - pensé yo, pero no dije nada al viejo que, sin embargo, lamentaba mucho porque era muy desdichado. Todo volvió a ser como había sido antes y yo no le volví a ver nunca más.

Андрей Иванов  

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